Opinión

El viajero

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 06 de agosto de 2016

Agosto es el mes de los desplazamientos. Sí, sí, estimado lector, de desplazamientos que no de viajes. El término técnico que utiliza la DGT suena mucho más apropiado para denominar el modo de viajar que predomina hoy en el mundo. Si prestamos atención a lo que dicen y piensan los que están preparando un viaje, podemos confirmar que semanas antes del dichoso periplo empiezan ya a cavilar cosas interesantísimas: de cómo me llevo mi bote de champú preferido y único, aunque esté prohibido por la aerolínea, o qué color de pantalón se combina mejor con el paisaje de tal sitio, o qué bálsamo de fierabras aplicar para que en un par de días el bañador del año pasado vuelva a quedar bien y no pequeño. Algunos van más allá y trazan los itinerarios del “tapeo” perfecto, de cenas “michelín”, de desayunos “ecológicos”. Así las cosas, nadie podrá decir que nos falta seriedad y esmero en planificación de viajes. Lo que sí falta, si me permiten la ironía, es el propio viaje.

De modo muy distinto se tomaban los viajes antes, cuando los medios de transporte eran mucho menos sofisticados que ahora, o sea no eran rápidos ni cómodos. Si uno ve los barcos que están en Santander en la Muelle de las Carabelas, al pie de la península más famosa de la ciudad, uno no puede creer cómo alguien en su sano juicio pudiera hacer un viaje transatlántico en estas, con perdón, “chalupas”. Por ejemplo, el viaje al otro lado del Atlántico dura cerca de doce horas, algunas más o menos, y al salir en el aeropuerto nos quejamos del cansancio, de películas aburridas, de comidas basura… Ahora bien, esto decía Francisco de Ajofrín al pisar la tierra firme después de cruzar el Atlántico en nada… 80 días: “Todo nuestro viaje fué feliz; no hubo enfermedad ni murió alguno en las tres embarcaciones. Sólo en el navío Oriflame cayeron al mar dos muchachos, y uno de ellos se ahogó; única desgracia en todo el viaje. Yo estuve muy mareado desde que me puse a bordo en Cádiz hasta que desembarqué en Veracruz, que fueron ochenta días, con tanto exceso y ansias tan mortales, que pensé, y pensaron todos, no llegase a Veracruz. Mi compañero Fray Fermín de Olite nada se mareó.”

Un viaje sin duda feliz, pero inconcebible para cualquiera en estos tiempos. Sin embargo, lo más sorprendente no es el aguante físico que pudiera tener un viajero de otros tiempos, no, lo más estimable es su curiosidad por andar, mirar y ver las cosas, las casas, las gentes. Pregunte usted a un recién regresado de las vacaciones no “¿qué tal lo has pasado?”, sino “¿qué has visto?”, y en la mayoría de los casos estará en apuros para dar alguna respuesta precisa y clara. Por fortuna, y para liberarse de las guías abrumadoras tan populares hoy día que para lo único que sirven es para marcar con pajarita los lugares visitados, el siglo XX español ha dado dos casos excepcionales de descripciones de viajes. Uno es José Ortega y Gasset. Pocos, muy pocos le conocen por sus descripciones de Cantabria, de Castilla, de San Lorenzo de El Escorial y sus inmediaciones. Sin embargo, es uno de los mejores espectadores, es decir, uno que mira, ve y sabe expresarlo en papel con tal claridad que se percata de los misterios más ocultos de cualquier paisaje y de la gente que lo habita.

En cuanto al otro andariego genial, auténtico y sagaz, Camilo José Cela, hablaremos en otra ocasión. Pero si no quiere esperar a mi cuento, visite usted la exposición de la Biblioteca Nacional dedicada a su centenario. Allí verá que la mejor manera de viajar es con una mochila, un lápiz y un cuadernillo. Lo demás son artilugios fútiles.

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