Traducción de Isabel González Gallarza. Seix Barral. Barcelona, 2016. 384 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 9,99 €.
Por Pepa Echanove
Tres años después de su publicación en italiano tenemos entre las manos Esplendor, de Margaret Mazzantini, en castellano gracias a la traducción de Isabel González-Gallarza para el sello Seix Barral. Seguimos con devoción a esta escritora y actriz nacida en Dublín (1961) y afincada en Roma, desde que su nombre despuntara en las listas de premios y éxitos literarios en Italia y en el extranjero, gracias a títulos como No te muevas (1999), La palabra más hermosa (2009), Nadie se salva solo (2012) o Mar de mañana (2013). Su última novela significa probablemente la consagración de una carrera y un salto al vacío, como el del hombre de la portada.
Un salto esplendoroso y vital al universo transgresor de los dos protagonistas, Guido y Costantino, es lo que nos ofrece Mazzantini en estas páginas. “La sordidez es sencillamente el mejor lugar posible”. El relato arranca con el testimonio en primera persona de Guido y su recuerdo de aquel vecino, el hijo flacucho del portero, Costantino. Avanza luego hacia los años adolescentes, los noviazgos y matrimonios respectivos, de Roma a Londres, la madurez, los hijos, la vejez, los encuentros y desencuentros. Historia de amor, saga familiar, testimonio de crecimiento personal, novela de iniciación, relato erótico, drama sentimental, orgullo LGTB..., difícil calificar el género de esta novela porque contiene un poco de todos.
Fluido, ligero pero por momentos dramático, lujurioso y condescendiente al mismo tiempo, el recorrido por las inquietudes sentimentales y sexuales de dos hombres que se conocieron de niños y envejecieron en la distancia infranqueable de sus vidas paralelas no deja de sorprendernos por su veracidad, por su valentía. “La vida, créeme, no es un ramo de esperanzas perdidas, un apestoso bordado de mimosas, la vida grita y cabalga en su incesante esplendor”.
Mazzantini describe la esencia de las emociones más universales con una técnica precisa y punzante, como de cirujano. Se mezcla en su lenguaje lo más burdo con lo más refinado, el insulto con la metáfora, el grito y el silencio. Nos describe las heridas del amor-desamor, de la culpa, del secreto, de lo escabroso o del desprecio con maravillosas imágenes propias del mundo animal (golondrinas sedientas, lobo hambriento, conejo curioso, palomas pedigüenas, medusas luminosas, pavos decapitados...).
En realidad, en el contexto de esta obra el hombre no está tan lejos de la bestia, y la crueldad junto con la mansedumbre de la naturaleza expresan bien el pulso de la pasión turbulenta y cambiante de los personajes. “Porque así hace el amor, levanta la pata y mea como un perro, siempre en el mismo sitio, circunscribe los lugares, los marca con su sustancia”. En otros momentos es precisamente lo cotidiano, la rutina, las obligaciones lo que devuelve a Guido y a Costantino, cada uno desde su órbita, un poco de humanidad, de consuelo y de paz: “Hundo el sacacorchos en el cuello de una botella y la descorcho, y ese corcho con ese sonido suave y profundo es la única recompensa del día...”
Siempre presente entre las líneas de Mazantinni una sensibilidad inteligente y una tolerancia luminosa. El amor como resistencia, el recuerdo imborrable, lo imposible como reto, la esperanza, el destino, la aceptación, la razón frente a la pasión. Celebramos una novela sólida y esencialmente escrita desde la libertad en su forma más esplendorosa y rotunda, donde, además de una trama que nos mantiene en vilo, encontramos muchos personajes secundarios llenos de empatía, por sus grandezas tanto como por sus miserias. Toda la humanidad descrita con el mejor lenguaje, el del corazón. “Quizá sea eso un matrimonio, el cuidado mutuo en la alternancia de las estaciones”. Seguramente.