Opinión

Erdogan, una coña marinera

POCO A POCO

Borja M. Herraiz | Lunes 08 de agosto de 2016
Mucho antes del intento golpista del pasado 15 de julio, la Unión Europea ya tenía un problema considerable con Turquía y, por extensión, con su presidente, Recep Tayyip Erdogan. La impasibilidad de las instituciones comunitarias ante el auge autoritario del líder otomano ha sido un acicate más para el terrible contexto que se avecina a las puertas de los 27.

Durante años, Erdogan fue tenido por un líder fuerte y confiable capaz de servir de guía y faro a la vez para Oriente Medio, en contraposición al hostil régimen de los ayatolás iraníes, a la dictadura de Hosni Mubarak y el posterior caos egipcio o a la medieval monarquía 'petro-saudí', los otros tres grandes referentes islámicos. Sin embargo, la deriva autoritaria en la que paulatinamente ha ido tornando su mandato ha hecho que hayamos llegado a las actuales circunstancias, con una Turquía sintiéndose capaz de chantajear a la Unión Europea con total impunidad y desvergüenza.

Bruselas, muy en su línea de llegar tarde y mal a todos los convites, no ha sabido anticiparse a la incesante erosión democrática que ha tenido lugar en Turquía, en pleno trasvase de un sistema parlamentario a uno netamente presidencialista, y, de aquellos polvos estos lodos, ahora lamenta el haber dado demasiadas alas a Erdogan, un islamista con ínfulas ególatras que tiene la sartén bien agarrada por el mango.

La crisis en Siria e Iraq y la posterior oleada de refugiados hicieron del país otomano una pieza esencial en la gestión humanitaria. El hecho de que millones de desplazados pasaran por Anatolia camino del Viejo Continente hacía casi obligatorio un pacto Bruselas-Ankara que facilitara una suerte de tapón. Otra cosa son las implicaciones morales del mismo. Sea como fuere, como contraprestación, la UE tiraba de chequera (3.500 millones de euros, nada menos), revisaba el acuerdo migratorio vigente y prometía desbloquear el utópico futuro comunitaria de Turquía.

Pero Erdogan sabe que su país nunca será miembro de pleno derecho de la familia comunitaria. Vamos, lo sabe él, lo sabe Bruselas y lo sabe hasta el apuntador. Primero porque no hay consenso, en el que se requiere unanimidad total entre los socios, en cuanto a la inclusión de un país más allá del Bósforo. Y segundo, y no nos andemos con paños calientes, porque a nadie le interesa ni le apetece tener un estado de confesión musulmana dentro del club de los 27. Más claro, agua. Además, el desviar el epicentro demográfico de la UE hacia el este con la inclusión de 75 millones de nuevos ciudadanos (un incremento del 24 por ciento sobre el censo actual) no es ni viable ni asumible en términos económicos, políticos ni estructurales.

Por tanto, Erdogan, harto de esperar y de promesas que no van a ninguna parte, ha decidido tirar por la calle de en medio y sacar pecho por su cuenta. El golpe chapucero del 15J, echado abajo en gran parte por el rechazo popular al mismo, le ha reforzado. Además, le va venido de perlas para llevar a cabo una purga entre el Ejército, la antaño gran institución del país guardiana de los principios fundacionales de Atatürk a la que lleva años domando, y en los Servicios de Inteligencia, amén de entre el funcionariado y la clase judicial, cultural y política. En suma, una limpia de 60.000 personas entre detenidos, suspendidos y despedidos.

Prueba de que campa a sus anchas por su jardín es que ya no teme reinstaurar la pena de muerte, una medida con la que sabe que jamás se ganará a los socios europeos, a los que echa en cara no haberle respaldado durante y tras la asonada, sino que además comienza a ser habitual la retórica retadora y abiertamente hostil hacia el oeste, azuzada ésta también desde el Kremlin, encantado con abrirle una nueva vía de agua a la UE tras Ucrania y la guerra comercial posterior a las sanciones de Bruselas.

Erdogan, admirador de las demostraciones masivas de populismo como las del pasado fin de semana, como buen sátrapa que es, no tiene intención alguna de rebajar el tono, sino de perdurar su legado personal, vaya este en beneficio o no de sus conciudadanos. Hace tiempo que se convence a sí mismo de que la UE le necesita más a él que al revés, de ahí su comportamiento y he ahí también su gran error.

La UE, llegados a este punto, debería revisar en profundidad su política bilateral y anticiparse a lo que no es sino una deriva autoritaria de libro. Desde un punto de vista geopolítico, Turquía es un actor esencial en la estabilidad de ambos lados del Bósforo y puente crítico con Oriente Medio. En este sentido, no es una cuestión de interferir en la política turca, pues no olvidemos que Erdogan es un mandatario elegido limpiamente por las urnas, pero sí de plantar cara ante lo que es una estrategia retadora, cuando no hostil, hacia los intereses comunitarios.

Ha llegado la hora de empezar a hacer valer el sueldo nada despreciable de la señora Federica Mogherini y su equipo, de desempolvar los manuales de diplomacia y negociación y, sobre todo, de empezar a gestionar de manera responsable y diligente lo que es una coña marinera desde hace ni se sabe: la política exterior oriental de la UE.