Opinión

El filósofo, bueno e impío

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 08 de agosto de 2016

“El filósofo Gustavo Bueno”, dice la locutora, “ha muerto dos días después de la muerte de su esposa.” Siento un crujido en el alma. Recompongo la figura y me pongo en marcha para salir de viaje. Son las cuatro y pico de la tarde. Poca gente hay en las calles de Madrid. Voy a Asturias a decirle adiós al maestro. En el camino recibo un mensaje de mi amigo Paco Rosell: “Se nos ha muerto el bueno don Gustavo.” Así es, pienso para mis adentros, Bueno era bueno y, al lado de su bondad, tiene que figurar su impiedad contra los imbéciles, los hipócritas y los cínicos. Bueno es el paradigma del filósofo, o sea, de una figura a la búsqueda del ser. Como los dioses, el filósofo no tiene ser. Lo busca y lo busca, no siempre lo encuentra; pero, a veces, lo halla. Su búsqueda, su fracaso y su hallazgo, todos inequívocos, los hace transmisibles. Por eso, por su duda, indecisión y confusión, por su no-ser, despierta sospechas. Es temido, sí, cuando indaga; y odiado, sobre todo por los poderosos, cuando trasmite el ser hallado. Es un tipo que siempre hay que mantenerlo a distancia. En cualquier momento, su saber claro y distinto, inequívoco, acabará imponiéndose a la impostura, a la fealdad y a la necedad. Incluso su presencia puede fácilmente difuminarse en su diáfano saber, pero siempre estará dispuesto a comparecer en la ciudad para responder a lo que se le pregunte.

Bueno fue, es y será un hombre a la búsqueda del ser, un filósofo, dispuesto siempre a comparecer en la ciudad, en lo público, para pagar su prenda o ser sacrificado. Bueno es un modelo de filósofo que repitió con originalidad, creatividad y valentía la actitud del primer filósofo de la historia: Sócrates. Bueno no fue un filósofo-rey sino un filósofo-ciudadano. Su simbiosis con la ciudad determina su filosofía: es un filósofo español. Universal. Su razón no puede ser otra que aquella que defendieron Menéndez Pelayo y Galdós, Unamuno y Ortega: la razón es apasionada o no es razón. ¿Cómo razonar sobre la vida y la muerte sin pasión? Imposible. Por eso, Bueno insistía en que ni la vida ni la muerte son ideas sencillas. Su diálogo con el último capítulo de Don Quijote es una muestra genial de su confusión y encuentro con la verdad de la vida y de la muerte, de la búsqueda de ideas claras y distintas sobre algo de lo quizá solo alcancemos alguna corazonada: “En el último capítulo de la genial obra de Cervantes, después de afirmar que Don Quijote ´entregó su alma a Dios`, explica Cervantes: ´quiero decir, que se murió`. Esta explicación sugiere que Cervantes (¿acaso con mentalidad ´epicúrea`?) no creía en la supervivencia del alma; sin embargo, no podemos olvidar que los cartesianos más espiritualistas tampoco definían la muerte como algo que tuviese que ver con la ´entrega del espíritu`, con la separación del alma y del cuerpo, porque el alma -decían- se marcha del cuerpo cuando éste muere, a la manera como nos desprendemos de un traje cuando está ya demasiado usado. La idea de muerte, aún en el sentido epicúreo, necesita, entre otros términos, la confrontación dialéctica con la idea de muerte en el sentido cartesiano y en cualquier otro ´solvente`, y esto es cualquier cosa menos una tarea sencilla.”

¿No hay sistema filosófico, razón suficiente, capaz de darnos una explicación radical del principio y el final? ¡Quién lo sabe! Estoy entrando en ese espacio angosto de España: Asturias. Son la nueve de la noche y quiero llegar a Niembro para estar un rato a solas con la persona muerta. Quiero velarlo. Quiero seguir queriendo su gran lección: España no es un mito.

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