Opinión

Literatura y periodismo: fronteras

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 15 de agosto de 2016

Meridiano de ferragosto y una improvisada cena en Madrid constata una vez más la fuerza de las letras y las afinidades electivas: conocimos ayer a Holly Brown, medievalista nacida en Washington y profesora de literatura en Nueva York que actualmente trabaja en un apasionante proyecto de literatura comparada, el rescate de tres desconocidas mujeres que escribieron en el Renacimiento y que traen fascinada a Holly. La Gran Manzana y Holly Golightly siempre han ejercido una poderosa influencia en nuestras vidas, entre la sofisticación y el desamparo: la literatura y el periodismo en femenino, en Truman Capote, en mujer. Y nos tomamos unas ostras y una tabla de quesos con Holly Kashin Brown, entre la teoría y la práctica de la ficción color chocolate, mientras hablamos de flamenco y del guitarrista Vicente Amigo. Y de la poeta Isabel de Villena (1430-1490) y de muchas otras mujeres que firmaron sus páginas en un mundo de hombres.

Holly es nieta del periodista de raza, novelista y activista de izquierdas Lloyd L. Brown, el mejor amigo del cantante e intérprete Paul Robeson, cuya filmografía completa tenemos en casa y del que escribió una biografía. La misma sangre libertaria, la misma mirada por la igualdad. Ahí es nada en un mundo pret-à-porter y lifestyle como el nuestro. Las mejores filólogas, las más importantes, andan volantes, en avión, y a veces aterrizan en Madrid para cenar y qué le casualidad, el hado o llámelo vd. como quisiere, las sienta al lado a tipos como nosotros, entre lo demodé y lo demasiado moderno, con intereses entre los trabajos del Arcipreste de Hita y los del periodista Mike Wallace, ambos cronistas de la vida, al fin y al cabo. Brown y Robeson se implicaron en España con la causa republicana y en este ferragosto viene una muchacha de Washington de largas pestañas y pelo a lo afro y nos dice que está enamorada de nuestro Medievo, así como quien dice “qué buen tiempo hace”.

La profesión del periodista no atraviesa un buen momento. Pero ocurre al igual que el escritor o el filólogo contemplan la movilidad de los hombres y profundizan en sus afectos efímeros, en la pugna de la vida contra la muerte, mitigada en el reposo de la literatura y el periodismo. Solo queremos acumular experiencias de veleidades edificantes, aunque vengan de Nueva York y de Washington con acento de Cádiz o de Córdoba –aquellas vacaciones raciales y flamencas– y tengan un marido de Salamanca que exporta Ribera de Duero a los Estados Unidos. Porque llega un punto en que el brillo del romanticismo declina y se llega a la intimidad desgarrada, entre copa y copa, de la atopía de Barthes, en realidad el mundo en el que vivimos. Cuando nuestras amigas vuelven con sus maltratadores, aquellos que destrozaban los muebles a patadas, o cuando nuestras ex cobijan en sus hogares a auténticos inútiles, varones castrados que viven genuflexos y arrodillados pidiendo perdón continuamente por opinar; la verdad del periodismo emerge como esa luz que debe brillar en la oscuridad, haciendo un poco la sombra, el claroscuro de Rembrandt o la Vita Christi de Isabel de Villena.

El jeroglífico vital para algunos de nosotros se articula en la literatura y el periodismo, en esa bisagra que el Poder quiere abolir y gracias a la cual todavía muchos respiramos, los mismos que nos vamos al teatro, que nos besamos por la noches en las callejuelas del Madrid castizo en un estéril ejercicio de mímesis sentimental. Porque lo leímos acaso en una novela de Sthendal o Balzac –Las ilusiones perdidas, ese bendito manual de vida– o lo vimos con lágrimas en los ojos en una película de John Huston o Michael Curtiz, a las tres de la mañana. Nos reconocemos entre los iguales en ese ágil y repentino salto del filólogo al periodista, salvando las distancias y las reservas que les corresponden a la mayoría de la gente. Ambas disciplinas comparten como señera la demora creativa, el retardo del que hablaba Duchamp: la conciencia del amor y la muerte, algo que tenían muy presente en la Edad Media y alguna chica de Washington.

El tiempo actual corta, niega y frustra las expectativas, condensa las emociones y conduce inexorablemente a una fiebre de las tareas. Nuestra obligación moral es detenerlo, conjurarlo, llevarle la contraria y mirar a los siglos pasados de cuando en cuando, como un acto de rebeldía hecho de poéticos amagos, frente a la peligrosa y cruda dinamita de la actualidad política. Se trata, en definitiva, de ofrecer una mirada nueva ante al aburrido despliegue de la vida, sin actitudes complacientes. Y Holly, como Isabel de Villena hace casi cinco siglos, está en ello, edificando sobre las ruinas, ofreciendo la literatura como alternativa. Sin fronteras. Chin-chin, Holly.

@DavidFelipe1975