Opinión

Fidel Castro, el cumpleaños número 90

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 16 de agosto de 2016

Una de las noticias curiosas de este 2016 es el cumpleaños 90 de Fidel Castro, celebrado en el teatro Karl Marx de La Habana, donde se escuchaban los gritos "Fidel, Fidel, Fidel". Entre las visitas más importantes que llegaron a la isla destaca el presidente de Venezuela Nicolás Maduro, quizá la expresión más visible y actualizada de los ideales revolucionarios, llevados a la práctica por Hugo Chávez a través del socialismo del siglo XXI.

El dictador cubano nació el 13 de agosto de 1926. Hace unos días publicó un artículo en Cuba a Debate, titulado "El Cumpleaños", donde hace un repaso apurado sobre algunos aspectos de su vida, señala que "la especie humana se enfrenta hoy al mayor riesgo de su historia" (por el crecimiento poblacional), valora a potencias como China y Rusia, que "no pueden ser sometidas a las amenazas de imponerles el empleo de las armas nucleares", y lamenta que Obama no se excusara en su reciente viaje a Japón por los ataques criminales a Hiroshima y Nagasaki.

No se refirió mayormente a unos temas tratados ampliamente en Fidel Castro Biografía a dos voces, la larga entrevista que le hizo Ignacio Ramonet (Barcelona, Debate, 2006): la situación de Cuba, a la Revolución de 1959, al régimen vigente desde entonces, a la sociedad que se ha creado en la isla, primero como experimento y luego a través de décadas de repetición de un sistema que transcurre en paralelo a cambios extraordinarios que han sucedido en el mundo en las últimas seis décadas. Y eso resulta notable: el régimen cubano se quedó petrificado en el pasado, resistió a la Guerra Fría, pervivió a pesar de la caída del Muro de Berlín y de la disolución de la Unión Soviética, perpetuó un modelo a pesar de la derrota histórica de los socialismos reales y de los avances democratizadores en todo el continente.

Fidel Castro ha demostrado ser, desde antes del triunfo de la Revolución, un hombre extraordinario, capaz de triunfar, consolidar un régimen a pesar de la adversidad, lograr buena prensa que parece perdonarle todo, y contar con admiradores en todo el mundo. Esto puede deberse, parcialmente, a que derrotó a la dictadura de Fulgencio Batista, y también a que representaba una esperanza para una América Latina pobre y subdesarrollada.

También influye un rasgo distintivo, que François Furet aplicó para la Unión Soviética, pero que es perfectamente asimilable al caso de la experiencia cubana: “haber sido inseparable de una ilusión fundamental, cuya evolución pareció validar su contenido durante largo tiempo antes de disolverlo” (El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, Fondo de Cultura Económica, 1995).

Esto último podría resultar más controversial en el caso de Cuba. ¿Se disolvió la ilusión? ¿Sigue presente la noción de construir una sociedad más justa en los jerarcas verde olivo? ¿Qué diría el pueblo cubano si pudiera opinar y decidir? El tema es de una enorme complejidad. Cuesta comprender hoy el significado de un Fidel Castro joven y dinámico en torno a 1959, icono del futuro, líder de la vanguardia, desafiante y admirado, representante de una luz de esperanza en “el hemisferio oscuro que esperaba por fin una victoria verdadera”, en palabras del poeta Pablo Neruda en su homenaje a la Revolución Cubana, la Canción de Gesta (La Habana, Imprenta Nacional de Cuba, 1960).

Pero de eso han pasado casi seis décadas, y es difícil que los jóvenes se motiven con las imágenes de un patriarca que ya vive su otoño, por utilizar la fórmula de Gabriel García Márquez. Y hay otra cuestión que juega contra el líder de Sierra Maestra: si en 1959 los aplausos iban por la derrota de Batista y por la promesa de una sociedad mejor, en el 2016 los análisis se hacen a partir de la historia de Cuba desde ese año en adelante, por lo que resultan relevantes los logros y fracasos, y no solo los ideales y utopías.

Por eso la admiración que suscitó la Revolución entre los intelectuales se manifestó de manera tan elocuente en el fenómeno del boom latinoamericano. Sin embargo, como señaló Mario Vargas Llosa en su discurso al recibir el Premio Nobel el 2010, el entusiasmo inicial se transformó en decepción del estatismo y del colectivismo, experimentando la “conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética”. Añadía que hoy América Latina padece “menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela”, lo que ha llevado a mudar su admiración hacia personas como las Damas de Blanco, víctimas del régimen castrista, “que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren”, mientras algunos gobiernos democráticos -para su propia vergüenza- se muestran a menudo complacientes no con ellas “sino con sus verdugos”.

El escenario latinoamericano es muy distinto al de la década de 1960. En esos años se vivía una vorágine revolucionaria que animaba a exportar el modelo cubano como alternativa al capitalismo y a las “democracias burguesas”. Por el contrario, hoy la mayoría de las naciones estima que precisamente el régimen democrático, con elecciones libres, pluralismo ideológico y alternancia en el poder son -con sus limitaciones- una forma mejor de organizar la convivencia social. Como contrapartida, las dictaduras pasan a ser una expresión de la historia, pero no una alternativa de futuro.

Quizá eso explique la visita de Nicolás Maduro a saludar a Fidel Castro en sus 90 años, considerando que es el heredero más fiel y práctico de los ideales del socialismo revolucionario. El problema, como han denunciado distintos organismos y figuras internacionales, es que eso está llevando a Venezuela -en el afán de imitación del chavismo- a la dictadura política y a la ruina económica, con consecuencias imprevisibles y peligrosas, si no hay un giro decisivo y con voluntad de alcanzar acuerdos.

En cualquier caso, el nuevo aniversario de Fidel Castro nos ha permitido volver, tenuemente, a un momento crucial de la historia latinoamericana. Una historia plagada de ideales y fracasos, esperanzas y decepciones, logros visibles y derrotas repetidas. Conocer el surgimiento de la dictadura de Fidel Castro y la continuidad con su hermano Raúl es una tarea difícil, pero que debe abordarse urgentemente. Después de todo en la década de 1960 ese modelo buscó proyectarse y parecía la voz del futuro. Hoy lo podemos mirar como historia que deber ser conocida, para comprender mejor la vida de un continente que vive una etapa especial y llena de oportunidades.