Se tiene por admitido que la intensidad de un sitio resulta conmovedora cuando conserva el espíritu y la sensibilidad del ser humano que lo habitó. Una magia o un misterio otorgan a esos espacios una encantadora metafísica. Así, para los que amamos la música, al transponer la puerta de la sencilla residencia llamada Los Espinillos, es casi natural escuchar los acordes de El amor brujo; luego, nada nos impide imaginar a Manuel de Falla acariciando el teclado de su piano, en su sillón de mimbre concentrado en la lectura de un libro, o demorándose en el jardín para quitar un brote que entorpece el activo crecimiento del perfumado rosal que lo engalana. De inmediato el entorno nos revela una sala donde están los archivos, un pentagrama donde el maestro anotó algunas canciones y sus objetos personales. Tampoco nos cuesta imaginar que el amable caballero español, se adelanta y con su permanente sonrisa, la mano extendida, nos recibe con alegría y nos convida pasar.
Varios amigos que lo visitaban y acompañaron durante algunos tramos de su elegida soledad, como el memorioso periodista Edmundo Guibourg y el compositor Carlos Guastavino, nos hablaron de la bonhomía y sencillez de este genio de la música, que eligió a una provincia mediterránea, Córdoba de la Argentina y a un pueblo serrano, menos pintoresco que bucólico, llamado Alta Gracia, para vivir su resignado exilio. Allí murió, nostálgico y enfermo, con la sola compañía de su hermana, el 14 de noviembre de 1946.
A la par de Joaquín Turina, Isaac Albéniz, Enrique Granados y Joaquín Rodrigo, el nombre de Manuel de Falla ocupa un sitio indiscutido entre los grandes compositores de España en la primera mitad el siglo XX. Nacido en Cádiz en 1876 y bautizado con los nombres de Manuel María de los Dolores Falla y Matheu, recibió sus primeras lecciones de solfeo de mano de su madre, intérprete de piano, y de su abuelo, también músico. Pero fue su nodriza la que, según él, enseñándole nanas y canciones populares, lo marcó para siempre.
Sus comienzos, sin embargo, fueron inciertos y difíciles; a los quince años la literatura y el periodismo parecen interesarlo más que la música. Con un grupo de amigos funda la revista de artes y letras, El Burlón, y en 1890 participa en una segunda publicación titulada El Cascabel, que terminó dirigiendo. Ignora y concede poca importancia a ciertos reconocimientos que obtiene como literato y tras asistir a un concierto en Cádiz, donde se interpretaron, obras de Edvard Grieg siente, según sus propias palabras, que su “vocación definitiva es la música”.
El destino (también llamado fátum, hado o sino) ese poder sobrenatural, inevitable e ineludible que, según se cree, guía la vida humana y la de cualquier ser a un fin no escogido, parece haber elegido a Manuel de Falla para cumplir un consagratorio sendero musical.
Radicado en Madrid, asistió al Real Conservatorio de Música y Declamación donde se perfeccionó en piano con José Tragó, un condiscípulo de Isaac Albéniz. Poco tiempo después estrenó sus primeras obras: “Romanza para violonchelo y piano”, “Nocturno para piano”, “Melodía para violonchelo y piano”, “Serenata andaluza para violín y piano”, “Cuarteto en Sol” y “Mireya”. Por esa época, el joven músico añadió el de a su apellido y quitó los nombres que creyó sobrantes. Y como Manuel de Falla será conocido por su época y la posteridad.
En los comienzos del siglo XX compuso “Canción” y estrenó en el Ateneo de Madrid “Serenata andaluza” y el “Vals-Capricho” para piano. También en esos años realizó sus primeras obras de zarzuela, como “La Juana” y “La Petra” o “La casa de tócame Roque” (inspirada en la popular casa madrileña).
En esa época conoció a Felipe Pedrell, que despertó en él su interés por el flamenco y, en especial, por el cante jondo. En 1905 estrenó, en el Teatro Cómico de Madrid, “Los amores de la Inés” y por ese mismo tiempo conoció a Joaquín Turina en la Sociedad de Autores. No mucho después empezó en colaboración con Amadeo Vives las zarzuelas “Prisionero de guerra”, “El cornetín de órdenes” y “La cruz de Malta”, de las que sólo se conservan algunos fragmentos.
La siguiente etapa de su formación tuvo lugar en Francia. Se afincó en París, por consejo de Joaquín Turina y Víctor Mirecki Larramat, y allí entró en relación con Claude Debussy, Maurice Ravel, Paul Dukas, Isaac Albéniz, Alexis Roland-Manuel, Florent Schmitt, Ricardo Viñes y Pablo Picasso (este último le hizo un retrato que llevó siempre con él y es una de las piezas que se exhiben en su casa de la Argentina). Es difícil saber qué experiencia vivida puede cambiar el rumbo de una sensibilidad artística creadora, pero la relación que Falla mantuvo con estos músicos en París fue otro de sus influjos determinante en su producción posterior. Por ejemplo, Debussy quien había oído y admiraba el arte flamenco de España, le aconsejó que tomara esta música como fuente de inspiración; consejo que el español debió tener en cuenta en obras como “Noches en los jardines de España”, en que el impresionismo contemporáneo se utiliza casi como soporte para armonías, ritmos y sonoridades flamencas. En 1908 y debido a la mediación de Albéniz, el rey Alfonso XIII le otorgó una beca para que pudiera seguir residiendo en París y concluir las “Cuatro piezas españolas”. Durante ese periodo, se empapó de las grandes obras de la literatura francesa, quedando fuertemente marcado por la obra de Victor Hugo. Les Misérables es su tributo musical al novelista francés.
Como culminación a esa brillante etapa, estrenó en París “Noches en los jardines de España”, bajo la dirección de Enrique Fernández Arbós y con Joaquín Nin en el papel solista. Poco después los Ballets Rusos realizaron una exitosa representación de El sombrero de tres picos y El amor brujo en el Théâtre National de l'Opéra de París. Arthur Rubinstein, en tanto, estrenó en Nueva York la Fantasia Baetica.
A comienzos de 1922, de regreso a España, estableció su residencia en Granada. Allí se unió a Miguel Cerón, Federico García Lorca, Hermenegildo Lanz y otros miembros de la famosa “tertulia del Rinconcillo”, para celebrar un concurso de cante jondo a fin de rescatar el “canto primitivo andaluz”. Quedando como una fecha memorable, el festival musical se materializó los días 13 y 14 de junio en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra.
Tal vez allí pensaba quedarse para siempre, pero hastiado de tanta violencia, con el dolor del asesinato de su entrañable Federico, el 28 de septiembre de 1939, poco después de la Guerra Civil Española y ya comenzada la Segunda Guerra Mundial, se exilió en la Argentina. A pesar de la lejanía, el gobierno de Francisco Franco, le ofreció una pensión vitalicia si regresaba a España y lo nombró Caballero, con el grado de Gran Cruz, de la Orden de Alfonso X el Sabio en 1940. Se negó a recibir esos honores.
No sin dificultades económicas, vivió en su exilio argentino gracias a la ayuda de algunos mecenas enamorados de su música, entre ellos la familia Cambó, y lo hizo de forma tranquila, casi anónima, en la mencionada casa en las sierras, donde su hermana cuidaba de él, ya que casi siempre estaba enfermo.
Un día antes de su muerte, la cantante Conchita Badía, una de sus colaboradoras predilectas y gran amiga, que se volvía del exilio, viajó a Alta Gracia para despedirse. “Debe de ser el destino el que me manda volver a España”, le dice ella antes de irse. Y el maestro le responde: “Al destino no hay que provocarlo. A mí me ha elegido para seguir viviendo aquí o en cualquier otra parte de América. No en mi tierra. Adiós, Conchita. Hasta que volvamos a vernos. Y si no, en lo eterno”.