Del primer largo de Belmonte a la última pedalada de Colmado, España logró en Río los mejores resultados de su historia olímpica desde Barcelona ’92: 17 medallas en total (7 oros, 4 platas y 6 bronces). No se alcanzan las 20 de Atenas ni las 18 de Londres, pero los oros (segunda mejor marca tras los 13 de Barcelona) permiten a la delegación olímpica española acabar en el 14º puesto del medallero.
A los metales se le suman los 38 diplomas olímpicos logrados por los españoles que se quedaron a las puertas del podio pero que terminaron entre los ocho mejores de su especialidad. Nueve más que los 29 de Londres. Desde el Comité Olímpico Español, en palabras de su presidente, Alejandro Blanco, da al equipo español “un 10”. Blanco incidió en el sobreesfuerzo hecho por los deportistas en el último ciclo olímpico ya que “la crisis económica da menos dinero al deporte y ha incidido mucho”, resaltando la ayuda de las familias y del Programa Podium, que ha patrocinado a 22 de los 88 deportistas con beca. Como aviso para el futuro, añadió que “hay que corregir el tema de las categorías inferiores, se debe invertir en deporte base”.
Este domingo la llama olímpica se extinguió y más allá de las medallas, estos Juegos dejan para el recuerdo el titánico esfuerzo de Rafa Nadal la primera semana, culminado con el oro en dobles junto a Marc López, con una Mireia Belmonte convirtiéndose en la mejor nadadora de la historia española (1 oro, 2 platas y un bronce), Maialen Chourraut mejorando su bronce de Londres con el oro en Río y Lidia Valentín disfrutando sobre el podio el honor que el dopaje le robó hace cuatro años. Por un plato Fátima Gálvez se quedó sin presea, cuarta, misma posición en la que finalizó Jonathan Castroviejo, cuatro segundos por detrás de Froome tras casi una hora y cuarto sobre la bicicleta.
Los sinsabores se iban acumulando con la eliminación de los combinados masculinos y femeninos de waterpolo y hockey, con un cruel gol a minuto y medio del final para los ‘red sticks’, de igual manera que las chicas del balonmano se iban fuera tras dinamitar una ventaja de siete goles contra Francia. Samuel Carmona y María Bernabéu mandaron el boxeo y el judo al ‘prime time’ televisivo, aunque el bronce se escapó de sus manos en el último combate.
Pero la segunda semana llegó, la natación se despidió y el atletismo entró en juego. En blanco se había marchado España del tartán del estadio olímpico en Londres y en Pekín, pero en Río llegó una nueva hornada de atletas empecinados en acabar con esa maldición. Y vaya si lo consiguieron. Bruno Hortelano voló sobre la pista azul para lograr situar el récord de España de 200 metros lisos en 20:12. Insuficiente para llegar a la final pero justo para recompensar el esfuerzo que lleva a cabo en Estados Unidos, donde entrena y estudia. Orlando Quintana corrió el 110 metros vallas y entregó a España la ansiada medalla. Los pronósticos la esperaban primero con Miguel Ángel López en los 20 kilómetros marcha, vigente campeón europeo y Mundial. Pero las duras condiciones de la ruta tornaron en pesadilla la carrera para él.
El epílogo del atletismo reservaba aún lo mejor para España. En el último día de pruebas dentro del estadio, Ruth Beitia -que aparcó su retirada tras Londres 2012 para volver a intentar conseguir la medalla que se le escapó entonces, a los 37 años de edad-, cumplió su sueño de la mejor manera posible. Con un salto de 1,97 sin fallo previo, la saltadora cántabra lograba la medalla de oro.
De la veteranía de Beitia a la juventud de Carolina Marín. A sus 23 años, la onubense hizo valer su condición de líder mundial del bádminton femenino para llevarse el oro con una autoridad aplastante. Estrella en el sudeste asiático, suma motivos para que se le otorgue más relevancia en casa.
El piragüismo español cumplió de manera excelente su papel en las aguas cariocas. Mandaron 16 palistas a los Juegos y todos ellos fueron no sólo fueron finalistas sino que se convirtieron en la veta predilecta de medallas para España. A la ya mencionada de Chourraut en en el eslalon de agua bravas, queda para el recuerdo el oro de Marcus Cooper con su espectacular remontada en el K1 1000 metros. El policía nacional Saúl Craviotto, con un oro junto a Cristian Toro en el K2 200 y un bronce en el K1 200, suma ya 4 medallas en su historial olímpico.
Del fiasco de la primera semana en boxeo y judo, el taekwondo volvió a dar alegrías. Eva Calvo llegó a la final en la categoría de hasta 57 kilogramos, en la que se tuvo que conformar con la plata pero con edad para pensar en la revancha en Tokio. Joel González, que afrontaba el reto de pasarse a una categoría superior –hasta 68 kilos-, superó con creces la prueba logrando un bronce olímpico.
La vela, tradicional foco de medallistas olímpicos, sumará Río a la lista que abrió Sídney como citas sin medalla. Tamara Echegoyen y Marta Betanzos se quedaron a un paso en la categoría 49er FX, pero una mala ‘medal race’ acabóq con el trabajo que las situó primeras hasta esa cita.
Culminando años de trabajo bien hecho, el baloncesto español logró una plata con sabor a oro en el lado femenino, cayendo en la final ante la todopoderosa Estados Unidos. Mismo rival que dejó a sus homólogos masculinos sin final, dando la oportunidad de despedirse a parte de la generación de los “júniors de oro” con un bronce agónico ante Australia.
Cerrando el último día de los juegos, al bronce de la España de Gasol lo acompañó la plata del conjunto de gimnasia rítmica, que se quedó a décimas de emular a las de Atlanta 96 con un oro que quedó a décimas. La última medalla, de bronce, la recibió Nicolás Coloma entre lágrimas tras un final de carrera con una celebración poco ortodoxa.
La semana de la natación nos dejó el adiós del más grande nadador de todos los tiempos: Michael Phelps. El “Tiburón de Baltimore” se despidió de la alta competición en el lugar que mejor conoce: lo más alto del podio, desde donde 28 medallas- 23 de oro- le contemplan.
En esa misma piscina Katie Ledecky (4 oros y 1 plata) y Katinka Hosszú (3 oros y una plata) lucharon por ser la reina del agua, donde el honor fue para la estadounidense. De esa misma nacionalidad es Simone Manuel, la primera persona afroamericana en lograr una medalla en natación (se acabó marchando con 2 oros y dos platas).
Otra estrella que brilló con luz propia fue Simone Biles, que en sus primeros Juegos Olímpicos dominó de manera indiscutible la gimnasia, marchándose a los 19 años con cuatro oros y un bronce.
En el otro epicentro, el estadio olímpico, el fulminante récord del sudafricano Wayde van Niekerk en los 400 metros lisos con 43,03 segundos, destrozando la marca que Michael Johnson mantenía desde 1999, estuvo a punto de eclipsar la culminación de la carrera olímpica de Usain Bolt.
La estrella jamaicana volvió a demostrar sin género de duda su absoluta superioridad en la velocidad. Bolt, con sus oros en los 100 y 200 metros lisos y en el relevo de 4x100, firmó su tercer triplete dorado en tres Juegos consecutivos. Mo Farah, con su doblete en el 5.000 y en el 10.000, repitió sus oros de Londres y también entró en la historia, de la misma manera que Allyson Felix, que con seis oros se convierte en la atleta más laureada.
Estados Unidos, con un total de 121 medallas -46 de oro-, dominó sin sustos el medallero. Suya fue la primera medalla de los Juegos y suya fue la última. Por detrás, muy lejos, Gran Bretaña confirmó la gran salud deportiva lograda con la obtención de los Juegos de 2012. De las 30 que logró en Atenas 2004, pasó a 47 en Pekín, 65 en Londres y 67 en Río, con 27 oros –dos menos que en 2012- que la sitúan por encima de China, tercera con 26 oros y un total de 70 preseas.
Por detrás, las exclusiones de deportistas rusos por dopaje de estado dejaron a Rusia con el peor resultado de su historia. Un cuarto puesto con 56 medallas de las cuales 19 fueron oro.
Los 16 días de los Juegos, que empezaron con la preocupación por la salubridad de las aguas, tuvieron su principal punto débil en el transporte. Largos trayectos desde la Villa Olímpica a sedes y campos de entrenamiento, conductores que se perdían y autobuses que directamente no aparecían. Las quejas de los deportistas se centraban en este aspecto mientras que en las diferentes sedes destacaba la cantidad de asientos vacíos. El Comité Organizador había anunciado la venta del 80 por ciento de los tickets, sin embargo las imágenes sostenían lo contrario.
El público brasileño y su animosidad mal entendida fue protagonista en varias ocasiones cuando algún deportista brasileño estaba implicado. Peleas en medio de un partido de tenis y abucheos cuando no tocaban, como cuando hicieron llorar en el podio al pertiguista francés Renaud Lavillenie, que ya fue víctima de los mismos cuando se jugaba un salto clave frente al local Thiago Braz da Silva, a la postre campeón.
Al final, las aguas que acabaron protagonizaron los mayores problemas fueron las de la piscina de saltos. Su paulatino cambio hacia tonalidades verdes empezó a preocupar a los saltadores, que siguieron compitiendo tras un comunicado del COI en el que además de decir que no había riesgos, afirmando incluso que “la química no es una ciencia exacta”. El problema se extendió también a la del waterpolo y la sincronizada. Ya para esta última competición se optó por una decisión salomónica para mejorar la visibilidad y se acabó por hacer un trasvase del agua limpia de las piscinas de entrenamiento.
Al hilo de las entradas de la ceremonia de inauguración salió a la luz un mafia dedicada a la reventa y que se ha llevado por delante al presidente (ya ex) del Comité Olímpico Irlandés, Pat Hickey, retenido en una prisión de máxima seguridad tras un episodio rocambolesco en su hotel que involucró a su mujer tratando de engañar a la policía brasileña y que al que se relaciona con una trama que aprovechaba los tickets correspondientes a su comité para revenderlos a altos precios.
La policía tuvo trabajo extra cuando la madre de Ryan Lochte reveló a la prensa estadounidense que su hijo había sido atracado a punta de pistola. Ante las versiones contradictorias de los nadadores implicados, se acabó descubriendo que tras un fiesta acabaron destrozando el baño de una gasolinera negándose a pagar los desperfectos. Tras multas varias, huida de Lochte y disculpa pública del mismo y del Comité Olímpico de Estados Unidos al pueblo brasileño, el entuerto quedó solucionado.
Tras la ceremonia de clausura, la llama olímpica se extinguió. Con ello se puso fin a los 16 días de frenesí polideportivo. Dos semanas en los que muchos sueños se cumplieron y otros tantos se rompieron. Días de gloria y de lágrimas, de victorias y derrotas. De bienvenidas al olimpo y de despedidas del mismo. El cierre de un ciclo de cuatro años trabajando para este momento. Hasta siempre, Río 2016. Hasta pronto, Tokio 2020.