Madrid está sucia. Calles y plazas, jardines y parques hace meses que no se limpian. Los magnolios de la Plaza del Carmen y los de la Plaza de Oriente no se cuidan y mueren de tristeza. Se apilan bolsas verdes de basura en una bella plaza, entre la calle Abada y Mesonero Romanos. El Pasaje de la Caja de Ahorros, junto al maravilloso Palacio de la Aduana de Sabatini, hoy Ministerio de Hacienda, no se limpia hace año y medio. Son solo unos pocos ejemplos del estercolero madrileño. Un paseo por la ciudad es imposible sin tropezarse con basura y mierda. La Alcaldesa es la principal responsable de que no pueda pasearse tranquilamente por Madrid. Tampoco la Oposición a la Alcaldesa se salva; mientras las calles sigan como basureros públicos, todos los políticos del Ayuntamiento son culpables de la catástrofe de Madrid.
Y me pregunto yo, mientras paseo por estos lodazales del centro de Madrid, ¿qué hará esta gente, estos políticos-basura, durante el verano? Ya sé, amigo lector, que usted los ha visto pasear por las mejores urbanizaciones y playas de España. Pero yo no me refiero a cómo dilapidan el dinero que le pagamos los contribuyentes, sino a qué leen, o qué escriben, o qué aficiones de carácter intelectual tiene este personal que es incapaz de limpiar las calles con el dinero de nuestros impuestos… En verdad, no es una pregunta original. No es mía. Se la debo al escritor que me acompaña este verano a todas partes. Al final de Mirabeau o el Político, una genial filosofía sobre las facultades que deben adornar al profesional de la política, Ortega y Gasset reconoce que desconfiará de quien se llama político y no cultiva con perseverancia alguna creación del espíritu. Quien es incapaz de sentir disfrute con una actividad intelectual, no es un ser apto para la política. Solo el político que se afana en un proyecto “creativo”, aunque no consiga rematarlo, podrá desarrollar una “forma de intelectualidad”, que es componente esencial para llevar a cabo su oficio.
El deseo de volar para el piloto, la pasión de la escritura para el escritor, la habilidad del futbolista para manejar el balón, como otras mil profesiones, no requieren para ser desarrolladas de una actividad complementaria, pero la profesión de político no sólo la requiere sino que es condición indispensable para ejercer la profesión con dignidad. Sin esa facultad es imposible que el político pueda ejercer su profesión. El político necesita de algo que, en principio, es lo más alejado de su ámbito de acción que podamos imaginar. Alguien que no se haya ejercitado en una actividad suplementaria y superflua a su oficio como puede ser leer, escribir o, sencillamente, imaginar una obra artística, no podrá tener eso que determina la profesión: “intuición histórica”. Es el esencial ingrediente intelectual del político, que solo lo podrá adquirir quien haya pasado por la experiencia de la fruición intelectual.
Quien no se haya apasionado con la lectura de un libro, por ejemplo, difícilmente podrá aspirar a tener “intuición histórica” que, en rigor, dice Ortega, es el rasgo esencial del político: “Pero es muy poco verosímil que pueda darse en una mente sin haber sido previamente aguzada por otras formas de inteligencia ajenas por completo a la política. César, mientras pasa en su litera los Alpes, compone un tratado de Analogía, como Mirabeau escribe en la prisión una Gramática, y Napoleón, en su tienda de campaña, sobre la nieve rusa, el minucioso Reglamento de la Comedia Francesa. Yo siento mucho que la veracidad me obligue a decir que no creeré jamás en las dotes de un político de quien no haya oído cosa parecida. ¿Por qué? Muy sencillo. Esas creaciones suplementarias y superfluas son síntoma inequívoco de que esos hombres sentían fruición intelectual. Cuando una mente se goza en su propio ejercicio y al audaz obligado añade el lujoso brinco -como el músculo del adolescente que complica la marcha con el salto por pura delicia de gozar su propia elasticidad-, es que posee su pleno desarrollo, que es capaz de todas las penetraciones contemplativas.” [1]
Sospecho que los actuales concejales del Ayuntamiento de Madrid no sólo no harán nada de eso que le atribuye Ortega a los grandes políticos, sino que ni siquiera sentirán vergüenza al leer la noble cita del filósofo más grande de España y madrileño de nación.
[1] ORTEGA Y GASSET, J.: Obras completas. Taurus/Revista de Occidente, Madrid, 2005, págs. 222 y 223.