Opinión

Del amor y otros tropiezos

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 22 de agosto de 2016

Algunos historiadores finolis se refieren a la paz como el paseo o la pausa entre dos grandes guerras; y algunos filósofos folclóricos proponen, de cuando en cuando, hospedarse en un hotel declarando un nombre falso y así poder viajar a lo largo y ancho del mundo con una libertad inédita, como Jack Nicholson en El reportero (1975), de Michelangelo Antonioni. La amnistía veraniega, tras la huida del secarral madrileño, nos permite jugar con estas posibilidades que nos ofrece el intermedio “bélico” que va de junio a septiembre y alojarnos “anónimamente” en las habitaciones de los hoteles de la costa norteña donde (casi) nadie nos conoce, subir a barcos abarrotados que huelen a sal, aceite y gasóleo y alcanzar la isla misteriosa, dejando atrás una estela, empujados por el sordo ronroneo del motor.

Acodados en la bamboleante borda del paquebote y sin perder de vista la costa larga que se perfila en el horizonte, observamos a lo lejos a los pescadores desaferrando las redes, dejándolas en suspenso, a flor de agua, para atraer los peces bajo los vuelos grises de las estridentes gaviotas atlánticas, que tanto amaba el viejo marinero de Coleridge. Y en el huracán de las aves y la turbamulta de la cubierta adivinamos los comportamientos humanos. Dicen los grandes pensadores que con el siglo XXI ha llegado la deconstrucción del idealismo en todas sus variantes y que asistimos a una centuria no idealista o anti-idealista. Es posible. En la disputa del alado tropel de gaviotas y las conductas de las parejas se deja entrever la enigmática proximidad y, a la vez, la distancia del otro, la propiedad y la apropiación, la soñarrera amorosa… Probablemente nunca han sido plenamente conscientes de lo que les ha sucedido y acaso el secreto sea no reflexionar sobre eso que se sostiene solo porque es inenarrable: “piensas demasiado”, solía decirnos la periodista politóloga (o viceversa), que lo acababa de dejar con un macarra alopécico que vendía cabinas de camión en un concesionario; “no te preguntes nada, no pienses”. La incomprensión es uno de los riesgos del amor, la sumisión de la voluntad en la jerarquía establecida entre dos. La caída en el escenario venido a menos del relato improvisado de unos novios que van de la ilusión a la previsible monotonía. Desde el momento en que dejamos en suspenso cualquier preocupación ética, en que dejamos de preguntar, de saber… ¿cómo podemos modelarnos sobre lo que hemos desmontado? “No pienses, no preguntes: te pierde tu facilidad de palabra”. Obviamente jamás le hicimos caso.

Emerge así el riesgo ineluctable de las mínimas preguntas sobre el sentido del amor o su esencia, cuestiones que nos obligan a reorganizar nuestro capital semántico, a justificarnos, algo que molesta a muchas personas que dan por hecho cómodamente, que no quieren saber… Ante la pregunta, la pareja se ve obligada a cambiar el concepto tradicional del amor, la inercia social, y, al mismo tiempo, a marcar una distancia con todo lo anterior y los demás: el horror llega cuando comprueban que ambos han deslizado en su relación todo aquello que critican. En ocasiones, el adentro puede ser tan inquietante como el afuera tranquilizador y eso algunos, con toda lógica, no quieren darlo a conocer. Por eso millones de parejas en todo el mundo no hablan más allá del deporte y la gastronomía: estos días, con las Olimpiadas, han tenido mucho tema de conversación y, terminadas estas, debe de inquietarlos el horizonte otoñal que se les presenta.

En el camino del amor de pronto surge esta desviación de forma natural, sin forzarla, en el fondo fruto de la proyección fascinada que el propio amor conlleva: resulta difícil mantener demasiado tiempo esa intensidad original. En uno de los restaurantes del puerto, antes de subir al barco, observamos a una silenciosa pareja que almorzaba en la mesa de al lado: no intercambiaron ni una sola palabra. Al acabar, se incorporaron, salieron a la calle y, contra todo pronóstico, él la agarró con fuerza del trasero sin que ella se inmutase. Ambos ya habían explorado los límites del discurso, pero el deseo sobrevivía en la idea de continuidad –suponemos–, el tradicionalismo, los suegros que los esperan los domingos para almorzar y esa cuñada tan simpática… La presencia externa y amenazadora de primas posesivas, suegras neuróticas –aunque se dice que han evolucionado mucho–, amigos chantajistas deseosos de la supresión pura constituyen esas oscuras fuerzas reactivas que se dirigen a desorientar el camino de los amantes. Esa sombra la definía Julia Kristeva como “aquello que es sin él, fuera de él y a pesar de él”. Y entonces aparece la España adusta que nos lleva al Régimen, a la represión y a la viuda lorquiana y castradora.

Los solteros no entendemos de esos códigos porque la soltería es una salvaguarda antitotalitaria: convertir una relación amorosa en un predicado accidental mantenido a perpetuidad nos parece igual de estremecedor que deshacernos del otro sin el menor esfuerzo, como si de una ablación indolora se tratase. Hay mucho de esto último en la cínica era digital que nos zarandea. La mayoría de nosotros iniciamos una relación sobre la cicatriz de las anteriores y vamos conformando un relato monumental, estratificado, contradictorio. La lógica de la repetición antes o después hace su aparición precisamente por esa huella y buscamos la différance y el movimiento. El amor se constituye, se produce, se crea, se conserva y, si uno se descuida un momento y se agacha a atarse los zapatos, se destruye. ¿Podemos acercarnos acaso al amor desde una posición que no sea la de la verdad, lo universal, lo infinito, lo atemporalmente válido? ¿Qué le ocurre al amor cuando se pone en duda su verdad, cuando se le pone en entredicho? Pero según la certeza del cogito cartesiano, la duda es necesaria; luego… difícil elección. Tal vez un acto de fe sería la mejor imagen para definirlo. Cómo determinar ese mínimo que dos deben tener en común para que les otorguemos el título de “pareja”, si no es por pura confusión, por casualidad.

El amor posee una esencia y una verdad propias y todo pasa por su quiasmo, por su intersección: hay determinados riesgos que bien merece la pena correr, sabiendo que la lucha contra el discurso dominante –ahora el cínico– no ha hecho más que empezar. Parafraseando a Freud, hemos de reconocer en el amor “el prototipo del fetiche”. La endocrina, que es muy nazi, nos ha prescrito que nos suicidemos tomando agua mineral, pero no le hemos hecho caso. El barco pitaba ronco cerca de los muelles de madera. Un novio hecho un Sansón en camiseta echa los calamares por la borda mientras su chica lo sujeta: a alguno no le sienta bien viajar ni la sidra ni el amor. Se trataba de los amantes mudos del bar portuario. Habíamos llegado a la isla pensando que la amnistía de ferragosto era poca, escasa, mientras las gaviotas se disputaban las migas de pan que les arrojaban los turistas. El cronista del gran mundo se había afianzado en sus principios y finales, aunque pagase por ello. Inevitablemente.

@DavidFelipe1975