Olvidados por España a pesar de los lazos de sangre, echados de sus países por crisis económicas y de empleo y despreciados por los racistas estadunidenses, los hispanos en los EE.UU. aparecen de nueva cuenta como activos desechables: los políticos los buscan por el valor de su voto, pero nada hacen en realidad para reconocer su estatus y luego los olvidan.
Como candidato en dos ocasiones, Barack Obama entusiasmó a los hispanos y les suplicó su voto a cambio de una reforma migratoria, pero en las dos ocasiones dijo que no se podía aunque en los hechos sólo envío algunas iniciativas tibias y no utilizó el aparato de poder de la Casa Blanca para consolidarlas.
Ahora Hillary Clinton se reúne con comunidades hispanas organizadas en busca del voto, pero ya enfrió los ánimos al decirles que no habrá reforma migratoria mientras los republicanos sigan controlando la mayoría en las dos cámaras y que ello puede durar muchos años más. Aún así y sin ofrecer algunas propuestas intermedias, Hillary pidió el voto a su favor.
El caso más representativo es Donald Trump. Arrancó su campaña con el discurso antimexicano contra los migrantes ilegales y prometió construir un muro fronterizo y con ello alejó el voto de los hispanos; sólo que en los últimos días sus asesores le dijeron que la posibilidad de ganarle a Hillary se localiza en la conquista de algunos votos hispanos, no en masa sino individuales. Por ello Trump ha comenzado a disminuir la belicosidad de su discurso anti hispano y poco a poco ha logrado conseguir apoyos importantes.
Los últimos datos generales revelan que en los EE.UU. existen 55 millones de hispanos, no todos legales pero todos --eso sí-- integrados a las reglas del juego locales: cobro de salarios bajos, pago de impuestos y consumo generalizado. En este sentido, los hispanos tienen presencia poblacional de 40% o más en California, Arizona, Nuevo México, Texas y Florida.
Por razones de ausencia de políticas de identidad articuladas a sus países de origen, los hispanos llegan a los EE.UU. a subordinarse al modo de vida estadunidense, tratando, en diferentes niveles, de guardar algunas de las tradiciones de su cultura. Pero ninguno de los países de origen tienen políticas de rescate de esos nacionales y pocos han desarrollado estrategias no decisivas de defensa de los derechos.
La cultura hispana --sobre todo la mexicana que tiene más raíces de fondo y está asociada a referentes religiosos en cuanto a fiestas tradicionales-- ha encontrado espacios propios más en la literatura que en las prácticas cotidianas. Las comunidades organizadas por países o zonas de origen apenas pueden mantener la celebración de las fiestas más importantes. Sin embargo, el modelo educativo anglosajón se ha negado a reconocer la particularidad cultural de los hispanos, a pesar de su aportación cultural.
El gran debate electoral en los EE.UU. que involucra a los hispanos es de carácter político: la legalización de cuando menos 11 millones de mexicanos y su inserción en la vida estadunidense implicaría una reorganización en la estructura electoral porque serían once millones de nuevos votantes. El padrón electoral de votantes en las presidenciales de 2012 fue de 129 millones, contra una población total de casi 313 millones y 235 millones de ciudadanos inscritos para votar. Obama ganó la segunda presidencia con 66 millones de votos, contra 61 millones de Mitt Romey. En este contexto, nuevos votantes hispanos avalados por los demócratas le darían desventaja a los republicanos.
La polarización racial ha beneficiado siempre a los demócratas porque en los republicanos se han refugiado los grupos racistas, aunque las políticas de deportación han sido más bruscas y radicales con los demócratas. De ahí que el gran desafío racial en los EE.UU. radica en encontrar los caminos de integración racial. De acuerdo con el censo del 2010, el 72.4% de la población estadunidense es blanca, el 12.6% es afroamericana y el 8.7% es latina. Con un dato interesante: se asume la población originaria como anglosajona --mezcla inglesa y alemana--, pero sus cifras son minoritarias: 15.2% de origen alemán y 8.7 de origen inglés. Eso sí, la cultura anglosajona domina a través del modelo wasp: blanca, anglosajona y protestante.
La población hispana en los EE.UU. carece de posibilidades de ir más allá de la legalización formal porque la cultura dominante es la estadunidense; grupos blancos no radicales ven con desconfianza las promesas de Hillary Clinton porque la legalización beneficia sólo el estatus migratorio pero no implica una incorporación a la cultura local; y ahí el tema es la falta de compromiso hispano con el trabajo, las reglas y la disciplina.
Lo malo para los hispanos es su marginación no sólo dentro de los EE.UU. sino en sus países de origen. Pero quizá la marginación más severa sea la cultural: España se ha alejado demasiado de Hispanoamérica y carece de programas de interés para las comunidades hispanas en los EE.UU., a pesar de la vinculación del idioma y la historia. Los gobiernos hispanoamericanos no alcanzan a atender las necesidades de sus locales como para preocuparse por los que se fueron a buscar bienestar a otra nación. La cobertura consular es insuficiente y baja. Y en medio de todo, tienen que votar por candidatos que los ven como votos, no como ciudadanos.
España y los gobiernos hispanoamericanos deberían tener programas de acercamiento cultural con una comunidad que hermana por el idioma y el origen histórico. Pero en la realidad los hispanos en los EE.UU. aparecen como desarraigados, despatriados y abandonados.