Juan José Alonso Millán | Miércoles 18 de junio de 2008
Quién le iba a decir a Mario Antolín que iba a acabar su vida siendo un versado crítico de pintura. Una autoridad en el arte pictórico. Hace muchos años que no nos veíamos con la asiduidad de nuestra juventud. Últimamente, solía visitarle en la galería Alfama, de la cual Mario, era el director. Recuerdo una charla-coloquio recordando a los pintores vinculados con el teatro; como Redondala, Dalí, Caballero, Ontañón, Burgos, Mampaso, Viola o Cortezo. Seguro que la afición a la pintura le viene de estos grandes artistas. Mario Antolín, en cuanto se dejó ver por Madrid, principios de los sesenta, fue hombre de teatro. Venía de dirigir el TEU de Zaragoza y además estudiaba medicina. Un día conoció a la gran actriz María Fernanda D’ Ocond y se casó con ella para demostrar su afición por la escena.
Por los años sesenta, yo era un tío pesadísimo, que iba hasta arriba de comedias inéditas, con la pretensión de leérselas a quién no pudiera defenderse. Caí por el local, donde la compañía de Mario representativa la "Antígona” de Anouilh. Mario hacia el Creonte y naturalmente María Fernanda hacia una Antígona insuperable. ¿Quiere usted jugar con mi? de Marcel Achard fue otro éxito de esa juvenil compañía. Inmediatamente me apunté al carro de Mario, con la ilusión de ser estrenado. Nada de nada. Pero en cambio ha sido la persona, con la que más me he reído en esta vida. Nos unió la risa constante. Con Mario, era imposible estar circunspecto. Lo solemne borrado. La seriedad desterrada. Seguro que este estado de ánimo, era consecuencia de estar los dos más tiesos que una regla. Íbamos de café en café. Él ensayando cosas francesas y yo escribiendo sin conseguir estrenar. Era una época en que la gente hablaba de la censura andando. Todo el mundo andaba, por eso era muy difícil leer el rollo que servidor escribía. Mario se ganaba la vida-permítanme el eufemismo- como corresponsal de “El Heraldo de Aragón”, con crónicas que mandaba por teléfono.
Pasó el tiempo. Yo estrené y Mario colaboró conmigo en “Pecados conyugales”. Tuvo grandes éxitos con su compañía. Escribía versos, dio conferencias y en castigo le nombraron Director General de Teatro. Después de esta amarga experiencia abandonó el arte de Talia y de paso a María Fernanda, dejándola que triunfara por su cuenta. No volvió a frecuentar los cafés teatrales, ni quiso saber nada de la profesión. Había encontrado un nuevo camino: la pintura y en ese camino tropezó con Merche, una rubia como eran antes las rubias. Guapa a rabiar y enamorada de Mario. No solamente reía con él, sino que le escuchaba en silencio como debe ser. Porque Mario tenia voz de locutor y bigote de la época. Su tono era inconfundible, de ahí la admiración de sus oyentes sordos.
Una tarde, llegué al café Gijón y tomé asiento en la mesa de los habituales. Mario estaba relatando el argumento de una comedia. Todo el mundo se partía de risa. Un servidor, el primero. Al terminar el relato, caí en la cuenta de que lo que contaba con tanta gracia era una función mía. Naturalmente, mi obra era bastante menos graciosa que la narrada por Mario. Me parece que fue en el 2004, cuando me enteré que Mario nos había abandonado. Me figuro que al encontrar esta vida actual, sin ni pizca de gracia. De él, me queda su recuerdo inovidable, su sempiterna risa y un libro de poemas, que tuvo a bien enviarme Merche, su viuda.
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