Opinión

Vamos a contar(nos) mentiras

TRIBUNA

Nacho López | Viernes 26 de agosto de 2016

“En mi opinión, la mayor parte de la forma de nuestro pensamiento no es individual, se origina en nuestra cultura y nos impregna. Nos lo han transmitido nuestros padres, nuestros amigos, la escuela, los periódicos, los libros, etcétera. Nosotros sólo hemos provocado modificaciones muy ligeras, seleccionando lo que nos agrada y desechando lo que nos disgusta, pero su origen es común a todos nosotros”. David Bohm, “Sobre el diálogo”.

Como escribí en mi primera columna publicada en El Imparcial (“Optimismo financiero inteligente”): “El mundo de la política y el de las finanzas tienen muchas cosas en común y una de ellas es que los que venden optimismo y promesas casi siempre ganan. El portador de malas noticias no suele ser bienvenido”. Aunque, pensándolo bien, parece como si en realidad todo el mundo nos contara lo que queremos escuchar, ¿no creen? Igual no son solo políticos, financieros o vendedores de humo los ‘deshonestos’ sino que potencialmente cualquier persona a nuestro alrededor podría, para conseguir lo que quiere, mentirnos omitiendo o endulzando lo malo, ya que el precio por mentir, perjudicar o estafar cada vez tiende más a cero. Las promesas verbales no cumplidas no pueden ser rescindidas ni los mentirosos demandados por falsedad. Además, el engaño ya no es pecado, las mentiras digitales se pierden en ‘la nube’ y la popularidad parece más valiosa que la rectitud.

Críticas aparte, hoy también me gustaría hablarles de ese ‘otro tipo de mentiras’ que nosotros mismos nos contamos para seguir adelante. Todos vivimos en una especie de ‘autoengaño’ necesario para sobrevivir, ya que si no fuera así viviríamos deprimidos fruto de la dura realidad del destino. Pero, ¿dónde está la línea que separa las mentiras que nos tragamos para aguantar cada día de las que ya no podemos digerir? ¿Cuántas de las siguientes frases han resonado en su interior para hacer oídos sordos, justificar su comportamiento o calmar sus miedos existenciales?

Personales:

El dinero sí que da la felicidad.

Las personas son buenas por naturaleza.

Mis amigos y mi familia no hablarían sobre mí como yo hablo sobre ellos.

Mejor mal acompañado que solo.

Puedo reprimir mis impulsos sexuales.

La infatuación es amor verdadero.

No soy envidioso.

Viviré a través de mis hijos y ellos cumplirán mis sueños frustrados.

Yo no soy un número cualquiera, mi opinión importa, mi voto importa.

Mi vida tiene sentido, seré recordado, soy especial, importo.


Sociales:

La mayoría de los políticos trabajan para el pueblo, no son todos iguales.

Las farmacéuticas y los médicos se preocupan por nuestra salud.

Las religiones se preocupan por la verdad y los curas por nuestras almas.

Los periodistas y los medios de comunicación son íntegros y objetivos.

El sistema judicial se preocupa por la ley y la justicia.

Los mendigos están controlados por mafias y todas las ONGs son corruptas.

Los alimentos del supermercado, y más aún los orgánicos, son saludables.

La comida de este restaurante es buena y está cocinada de forma higiénica.

La comida basura es más nutritiva que nociva. La Coca Cola light no engorda.

Me gusta fumar.


Económicas:

El estado del bienestar está garantizado por nuestros gobernantes.

Aunque algunos digan lo contrario, tendré una pensión cuando me jubile.

El gasto público es bueno y necesario para el crecimiento económico.

Los bancos se preocupan por nuestro bienestar financiero: mi dinero está seguro allí.

Los gobiernos quieren combatir la pobreza.

La deuda pública no tiene por qué pagarse: se refinancia y puede seguir creciendo.

El sistema educativo se preocupa por educar y las universidades por el futuro laboral.

Los avances tecnológicos e internet son buenos para el desarrollo de la humanidad.

Si me tocara la lotería, mantendría a los amigos de siempre.

El que no roba es porque no puede.

El ser humano viene contándose mentiras desde el origen de los tiempos para explicar lo desconocido, para adaptarse a una nueva situación personal o para luchar contra el entorno hostil y la apatía. En eso no hemos cambiado demasiado. Lo que sí hemos cambiado son las reglas básicas de relación con el prójimo a la hora de complacer, de dar gusto o de gustar, ya que mentir sin vergüenza parece ahora habitual, en política, en los negocios y en los medios de comunicación, pero también en nuestro trabajo, con los amigos y sobre todo en internet y en las redes sociales. El ‘nuevo alter ego’ de cada uno opera en una realidad virtual que muchas veces no tiene consecuencias reales negativas, pero tampoco positivas. Entonces, si mentir(nos) de todas estas maneras, por dentro y por fuera, fuera deshonesto: ¿podría decirse que todos somos intrínsecamente igual de deshonestos, incluyendo, por supuesto, aquellos que dicen no serlo, o creen que unos lo son más que otros?