Opinión

Tediosa solemnidad

MACGUFFIN

Laura Crespo | Martes 30 de agosto de 2016

El discurso de investidura de Mariano Rajoy en la sobremesa ha disparado el consumo de café entre quieres queríamos ver cómo terminaba la hora y veinte minutos en la que ha estado encaramado a sus papeles en la tribuna del Congreso de los Diputados. Sabemos que el presidente en funciones no es la alegría de la huerta, pero que el candidato a la reelección se deje invadir –y lo demuestre- por la apatía y el hartazgo de la situación política que ya hace mella en buena parte de los ciudadanos es un salto cualitativo. Sobre todo porque mete el dedo en la llaga profunda que España vive desde el mes de diciembre, la de saber que estamos insertos en una inmensa y aguda pérdida de tiempo.

Parecía que el líder del PP había dejado atrás su estrategia del inmovilismo: al contrario que en diciembre, había aceptado el encargo del Rey, mantenido reuniones con los líderes de otros partidos e incluso logrado un acuerdo con Ciudadanos como demostración de que los populares también podían hacer eso de pactar que, en vistas de dos resultados electorales con pocas diferencias, es la condición sine qua non para sobrevivir en el nuevo tablero político español. Pero no. El día en que Mariano Rajoy tenía que demostrar confianza y determinación en su nuevo ‘yo’, decide robotizarse más que nunca y componer un discurso a base de retales oídos de su boca en tantas intervenciones anteriores. Como un niño obligado a hacer los deberes, resignado a hacer lo que toca por el simple motivo de que toca. Un análisis de la situación, en la que ha vuelto a celebrar los resultados de su política económica como argumento para su continuidad, más parecido a los interminables y grises debates sobre el estado de la nación que a una sesión de investidura. Un discurso tan plano e insustancial que Rafael Hernando ha tenido que salir a explicar que, entre palabra y palabra del presidente, había una propuesta al PSOE. Ojiplática se ha quedado la sala de prensa al unísono, repasando sus notas para encontrar en qué punto se había dirigido Rajoy a Sánchez para intentar sacarle de su abstención. Sin menospreciar el recurso de la sutileza, un discurso que tiene que explicarse no es un buen discurso.

Rajoy ha acudido al Congreso sin alma. Sin esperanza en su propia investidura. ¿Podría haber dicho algo para descolocar al PSOE y provocar un giro in extremis? Claro que no. El problema es que acudir al debate con la derrota abiertamente asumida lo coloca en la misma posición que tanto le criticó a Pedro Sánchez en su intento fallido de marzo. Y la hemeroteca escuece. Tanta solemnidad, tanto ritual político hueco y esa voz atónica durante noventa minutos… Tiempo perdido de nuevo.

En las Antípodas de Rajoy, la valoración posterior de Juan Carlos Girauta, la cara del acuerdo PP-C’s en el bando naranja, merece una mención especial. Si el líder del PP se ha limitado a leer a “sus señorías” un cuento para dormir, el portavoz de Ciudadanos parece haber tenido que morderse la lengua pare no ser más explícito en su opinión sobre la intervención. Sí, Giratua ha calificado de “correcto” el discurso, aunque los titubeos mientras buscaba los adjetivos adecuados sugieren una brecha entre la que tiene que ser la posición oficial de un partido que acaba de pactar con los populares y la real de los integrantes de ese partido. Al final, se ha conformado con pedirle más “fe”, “voluntad” y “energía” a Rajoy de cara a mañana. “Si no se lo cree él, ¿quién se lo va a creer?”, se ha preguntado Girauta a pesar del escenario desfavorable. La pasión de los nuevos frente al cansancio de los veteranos, quizás. Y, quizás, por eso España necesita un cambio.