Opinión

Peña Nieto, el gran solitario de Palacio

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Carlos Ramírez | Miércoles 31 de agosto de 2016

El sistema presidencialista mexicano que llegó a deslumbrar a propios y extraños ha entrado en una crisis terminal. Equiparado como una monarquía sexenal por el poder absolutista piramidal por encima del poder legislativo, ahora es un poder personal que carece de legitimidad política.

El tema del presidencialismo mexicano debiera de convertirse en un debate nacional, un poco porque México se acerca al relevo presidencial en el 2018 y otro poco por el escándalo que provocó la revelación de que la tesis de licenciatura del presidente Enrique Peña Nieto tenía un 29% de párrafos plagiados de otros autores sin acreditar procedencia.

La tesis de licenciatura, presentada y aprobada en 1991, se titula “El presidencialismo mexicano y Álvaro Obregón”. El debate se ha centrado en el plagio, pero el tema del presidencialismo es vital para México porque paradójicamente a Peña Nieto le puede tocar la función histórica de enterrar al viejo presidencialismo que nació en 1833 con la asunción del general Antonio López de Santa Anna como presidente por primera vez --lo fue en once ocasiones--, se centró como poder personal fuerte con Benito Juárez, se expandió con la dictadura de Porfirio Díaz y se institucionalizó con la fundación en 1929 del partido del Estado (Partido Nacional Revolucionario-Partido de la Revolución Mexicana-Partido Revolucionario Institucional).

La vida política mexicana nació con el autonomismo de 1808 y se desarrolló sin instituciones de gobierno, apenas con Constituciones que no se acataban, hasta 1917 con la Constitución de la Revolución Mexicana. A lo largo de más de un siglo, el centro del poder fue el presidente de la república. La genialidad política de Obregón y Plutarco Elías Calles fue dotar a la institución presidencial del partido como el aparato de poder. Ahí se fundó lo que se llama sistema político mexicano: una estructura de poder que se sostiene por seis pilares: el presidente, el partido, el Estado de bienestar, los acuerdos con sectores fuera del sistema, la cultura política oficial como ideología histórica y la Constitución atando todos los hilos.

La funcionalidad del sistema político mexicano se basa en el poder del presidente pero los dos dependen de un factor determinante: el PRI como el partido dominante; hasta 1988, el PRI en promedio tenía el 80% de los votos presidenciales, la mayoría absoluta en las dos Cámaras y el 95% de los gobiernos estatales. El presidencialismo era absolutista porque la estructura de poder era del PRI y por experiencia y decisión el presidente era el jefe nato del partido como si se tratara de un sistema parlamentario. Pero el presidente sólo mandaba y controlaba al PRI, no lo dirigía en lo cotidiano.

El poder estructural, territorial y electoral del PRI se ha desplomado. Peña Nieto ganó las elecciones con el 28% de votos para el PRI y subió a 39 con alianzas con otros partidos. Las primeras encuestas sobre las elecciones presidenciales del 2018 le dan al PRI apenas el 20% de los votos. Ahora el PRI tiene la presidencia, pero perdió la mayoría absoluta en las dos Cámaras legislativas y gobierna el 46% de las administraciones estatales.

Las cifras electorales del PRI le daban legitimidad política y de poder al PRI por la mayoría que controlaba; por tanto, el poder presidencial derivaba de ese control político-electoral. Hoy el presidente de la república es rehén de un congreso con su partido minoritario, con la mayoría absoluta de gobiernos estatales en poder de la oposición y sin el consenso de cultura política que en el pasado asumía al presidente de la república como el rey justo sexenal (duraba sólo seis años en la presidencia y sin reelección) que tenía el control de todos, absolutamente todos los hilos del poder.

Uno de los instrumentos poco conocidos del poder presidencial en México radicó en la existencia de sectores “invisibles” dentro del sistema político priísta, sectores que no militaban en el PRI pero que reconocían al poder presidencial: la iglesia católica, los empresarios, los intelectuales, la oposición que aun no buscaba la alternancia en la presidencia, los medios de comunicación electrónicos que se auto asumían como “soldados del PRI y del presidente”, la prensa escrita y el gobierno de los EE.UU. que delegaba la administración política de México al presidente. En periodo 1929-1994 vivió México el esplendor del presidencialismo.

El presidencialismo era un modelo de Estado. El escritor marxista José Revueltas dio la clave sobre el poder del sistema político como forma de Estado: el Estado mexicano es un Estado total y totalizador, no totalitario, y la clave de su dominación radicaba en el control total de las relaciones sociales entre las clases organizadas corporativamente a través y dentro del PRI. El elemento cultural de cohesión y dominio social era la ideología controlada vía la educación oficial.

Toda esta estructura de poder se ha ido desmantelando. Hoy el presidente de la república que hizo su tesis sobre el presidencialismo de uno de los fundadores de la dictadura presidencial podría ser considerado como el último presidente salido del PRI. Y aun si el ganador de las elecciones del 2018 fuera del PRI, de todos modos carecerá de instrumentos de poder y de gobierno y tendrá que construir un presidencialismo más equilibrado y democrático…, o empezar una nueva fase de dictadura autoritaria represiva.

Como nunca antes, el actual presidente de México es criticado, destrozado, humillado, insultado, repudiado, desconocido, atacado en medios, acotado, vigilado… Cuenta con el ejército pero las fuerzas armadas son más institucionales que nunca y nunca reprimirán al pueblo. El novelista René Avilés Fabila escribió una novela cuyo título ilustra el momento del presidencialismo mexicano: El gran solitario de Palacio.

Las elecciones presidenciales de México en el 2018 tendrán que fundar un nuevo sistema/régimen/Estado o hundir al país en una crisis general de legitimidad.

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