Opinión

La religión del fútbol

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 31 de agosto de 2016

El hombre es un ser lúdico. No hay demasiada diferencia entre el niño y el adulto; es más, a veces en la adultez se toma tal pasión por el juego que hasta se llega a perder todo criterio (Antón Pirulero, cada cual atienda su juego...). Robert Louis Stevenson decía, refiriéndose al arte, que “es un juego que debemos jugar con la seriedad con que juegan los niños”; ese concepto es acaso lícito hacerlo extensivo a la vida, otra forma de juego que pocas veces jugamos con la debida responsabilidad que nos corresponde como seres pensantes, y hasta lo llevamos al límite de lo terrorífico con guerras, represiones, torturas y otras yerbas propias del salvajismo humano. Homo homini lupus (el hombre es lobo del hombre), según conjeturaba el comediógrafo Plauto. Y así, unos jugando a ser políticos, otros militares, otros curas, otros empresarios, etc., etc., nos seguimos devorando, a veces despiadadamente y, por lo general, impunemente.

En un campo más acotado, eso suele ocurrir con el fútbol, la competencia más popular y universalizada de nuestros días, regida y negociada gracias al milagro y al comercio de la globalización satelital, presente en cada aldea de la tierra, que omite el status y se representa como una batalla de once contra once durante noventa minutos divididos en dos partes, con un lógico descanso intermedio, haciendo posible que en un campeonato mundial Camerún, por ejemplo, pueda triunfar –nunca lo hizo, pero podría suceder- sobre su ex opresor Alemania; algo que no deja de ser edificante obviamente.

Esta ocurrencia del hombre, esta religión que ha llegado a ser el fútbol, tiene sus devotos en todo el mundo, civilizado o no, y se expresa, en algunos casos de manera irracional, a través de sus seguidores más fanáticos (llámense hooligans en Inglaterra, tifosi en Italia, ultras en España o en México y barras bravas en la Argentina, Uruguay y Chile). Energúmenos incontrolables que están por encima de cualquier forma de cordura u orden.

Pero vayamos a los simpatizantes, al hincha común. Quien ha jugado al fútbol –y en la Argentina o en España es raro encontrar a alguien que no lo haya hecho- sabe muy bien que esta pasión es, por lo común, también ineludible. Todos, quien más quien menos, simpatizamos con algún club, somos hinchas y/o jugadores, o ex jugadores, y nos encanta, además, seguir de cerca en los suplementos especializados o en la televisión todo comentario que haga referencia a este popular deporte, que nos hace revivir bajo otra forma ese gusto que se adquiere en la niñez más allá de toda suspicacia.

Si hacemos historia vemos que el polémico asunto de la pelota ya poseía en la antigüedad sus apasionados adeptos. En la Odisea, Homero relata el fervor infundido por un partido y en el Museo del Vaticano se puede ver la estatua de un tal Aristónico Caristo (parece el nombre de un futbolista actual), con pelota debajo del brazo, erigida por los atenienses a un hábil jugador (de manera entonces que Pelé, Maradona o Messi no fueron los primeros ídolos).

Como muchas otras cosas, el juego de pelota pasó de Grecia a Roma. Se sabe así que los legionarios de Escipión, Pompeyo y Julio César, lo difundieron por las tierras conquistadas; al parecer jugaban a la pelota como ejercicio preparatorio al combate, de lo que se puede inferir que más que al fútbol, ese deporte se parecía al rugby.

Sin menos prejuicio que pudor, atravesó los años suscitando ininterrumpidos elogios y también denuestos. En el siglo XIV, en una de sus veinticinco sesiones, el concilio de Trento prohibió el “lodus globorum” a los frailes, que eran tan aficionados a la gula como a ese deporte practicado como una forma de distracción y –es probable- para aliviar algunos kilos. Un siglo después, en la Piazza de la Santa Croce, en Florencia, fue donde empezó a jugarse públicamente con las debidas hinchadas, y donde se reglamentó el hoy demasiado famoso calcio.

Si bien el juego florentino no se desarrolló en las Islas Británicas, de manera curiosa llegó a esas tierras, y una de las variantes le sirvió de modelo teniendo incidencia en la creación de los códigos actuales. Recuerdo que Borges repetía indignado que el imperialismo británico había tenido su verdadero éxito en la difusión del fútbol a todos los rincones del planeta.

Pero volvamos otra vez a nuestros días. Quizá si fuéramos más razonables no nos dejaríamos llevar por el tamaño fervor que despierta el fútbol de nuestro tiempo, en la mayoría de los casos en manos de mafias que arrastran a algunos adeptos hasta el derramamiento de sangre; cosa que si no vemos a diario, lo vemos demasiado seguido. De manera tal que la suerte ya está echada y “no hay tutía”, como diría don Quijote. Todo está debidamente aceptado y culturizado, y en nada nos diferenciamos de aquellos pueblos de la antigüedad que, como nos cuenta tan bien el mítico cineasta Cecil B. De Mille, arrojaban a los cristianos a las fieras traídas hasta Roma. Por consiguiente, nada cuesta imaginar que el fanatismo que hacía estallar al Coliseo alcance idéntica dimensión de efervescencia al que en nuestros días se da en el Camp Nou, el Maracaná o la Bombonera, ya que en todas partes se cuecen habas, y se juega al fútbol, claro.

“Me asombra el espacio que los diarios otorgan a esa imbecilidad y que en la televisión se hable de fútbol como si se hablara de filosofía”, se quejó ante mí Umberto Eco, que lo detestaba. Muchos siglos antes, con un dejo de ironía, impensadamente Píndaro coincidía con él y recomendaba: “Cuando no se tenga un tema de qué hablar, no discutamos sobre los juegos practicados por el hombre”. Pero, mal que nos pese, aceptémoslo, la religión del fútbol es otra forma de fe, quizá la más apasionada y difundida de nuestra contemporaneidad, lo que no excluye, como en toda religión, el vil metal.

Vayamos a los números. Hoy el fútbol mueve millones y no sólo hace inmensamente ricos a quienes lo juegan, sino también a quienes lo explotan. Esto, por supuesto, con la correspondiente cuota de corrupción institucional (llámense Fifa, Afa, UEFA, etc).

Más que cualquier otro deporte el fútbol ha prosperado en la globalización y casi la mitad de la humanidad vemos la Copa del Mundo y aceptamos como algo normal la corrupción y la complacencia en los niveles superiores, y cada vez se hace más difícil combatir las trampas en la cancha. Este singular espectáculo, este juego del hombre, es el fenómeno de masas que despierta más pasión en el planeta, a través de estados anímicos y rivalidades y, por sobre todo, es una potente industria que mueve al año unos 500.000 millones de dólares, es decir, más de una vez y media el PBI de la Argentina. Un negocio tentador que atrae a las grandes mafias.

Mi amigo Jorge Valdano, ha declarado que “once voluntades sueltas sólo serán un equipo de fútbol cuando se pongan de acuerdo alrededor de una idea, de un sentimiento, o de un interés”. Quizás corresponde a los clubes la tarea de definir esa idea según su historia y a los gobiernos la obligación de arbitrar (¡justamente!) para que este apasionante deporte llegue a las mayorías sin manchar demasiado a la pelota.