No son esas pequeñas llavecitas que utilizamos para sacar el aire de los tubos de las calefacciones. Los purgadores son los sátrapas que se libran de los discrepantes, de quienes les estorban en la conformación de su poder absoluto. Inventan conspiraciones, azuzan el miedo, idean enemigos del exterior, fomentan la delación. Son neoinquisidores del siglo XXI, herederos del stalinismo, por el que siente aversión hasta Monedero (según ha dicho en una veraniega entrevista en chanclas). Son intolerantes, iluminadores, dogmáticos, son mecanicistas, fanáticos y violentos. Son temerosos de la libertad. Se alzan como descubridores de la fórmula mágica para la redención de sus pueblos y encuentran siempre, fatalmente, desbocados seguidores que les alientan en su omnipotencia. Los serviles no son solamente víctimas del hechizo, sino que se sirven y benefician de las migajas que les entrega el sátrapa, importándoles poco convertirse en traidores de sus conciudadanos. Que grande el espanto, como dice Stefan Zweig (Castellio contra Calvino), que nos produce la proclama dogmática de los que gritan y pregonan “Lo que nosotros enseñamos es cierto, y lo que no, es falso”.
Los purgadores contemporáneos hacen suyas las terribles palabras que lastraron la obra de Calvino: “la libertad de conciencia es una doctrina del diablo”. Y que su discípulo De Bèze tradujo “Mejor tener un tirano, aunque sea atroz que permitir que cualquiera pueda actuar a su modo”. No hay espacio en la mente minúscula de los purgadores para el pensamiento independiente que es el germen de la herejía y justifica la persecución a sangre y fuego.
Por supuesto que el sonriente Maduro, embutido en su terno technicolor, no ha leído nada, no sabe nada de historia y además no le importa. Al hijo del chavismo le sobran todos los que pretenden sustraerse a su tiranía, todos los que ansían vivir en libertad e incluso los que protestan porque los supermercados están vacíos. Y como le sobran todos esos descreídos, desleales y engañados por las fuerza del mal imperialista, ha anunciado que va a tomar medidas drásticas contra todos los que han firmado la solicitud del revocatorio, expulsándoles de su puesto de trabajo o asfixiándoles mediante cualquier expediente.
Tampoco Erdogan es un mal alumno. Ha entrado con la escoba en la Administración, en el Ejército, en la Policía, en la Universidad, en las Corporaciones profesionales y ha llenado las cárceles de miles y miles de presuntos conspiradores, simples hombres libres cuyo delito es no comulgar con la uniformidad. Ha instalado una nueva religión, y vuelvo a Zweig, la del miedo permanente frente a la autoridad omnipotente y omnisciente. El precio a pagar es muy alto.
Pero nosotros no estamos libres de grupos organizados que propugnan imponer su voluntad sobre la de la Ley.