Opinión

Los tapices del Quijote

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 03 de septiembre de 2016

Muchos son los actos dedicados a la muerte de Miguel de Cervantes. O, por lo menos, así nos lo han anunciado desde las “instituciones culturales” del Estado. Sin embargo, si preguntamos a un ciudadano corriente, ¿nos nombrará con facilidad un acto o una exposición dedicada a Cervantes y a su obra? Tengo ciertas dudas de que nos citara una sobresaliente exposición. La multiplicidad de actos anunciados sólo es comparable con su irrelevancia real en la cultura. Pero el problema más grave no es sólo el poco relieve de estos ajetreos cervantinos, sino que este hiperactivismo inútil no nos deja descubrir algunas joyas del arte español. Tengo la sensación de que la gestión de las conmemoraciones de Cervantes, en particular, como la exposición del Patrimonio Artístico español, en general, distan de ser eficaces. Mucho Patrimonio Artístico tiene España para unos políticos tan cortos. No saben qué hacer ni cómo exhibir tanta riqueza artística. Y eso que la Nochebuena de 1734 acabó con la mayor colección del arte en Europa. Centenares de estatuas, más de quinientos cuadros, frescos, joyas desaparecieron bajo los escombros del Alcázar real de los Austrias.

La nueva dinastía, los Borbones, tuvo que asumir la reconstrucción de ese ingente patrimonio cultural. La labor comenzada por el emperador Carlos V, fue seguida por Felipe II y por Felipe IV, quien tuvo la suerte de contar con Diego de Velázquez como su embajador para conseguir las mejores obras de arte para las colecciones reales. El nuevo rey, Felipe V, se encontró con la necesidad de recuperar el edificio del palacio real y dotarlo con una opulenta riqueza artística. Felipe V y su segunda esposa, Isabel de Farnesio, fueron bien instruidos en artes, se dedicaban con gusto a los ejercicios de música y literarios. Isabel de Farnesio por decisión de su madre, vivió más de tres años aislada del bullicio de palacio, dedicada exclusivamente a las clases con los maestros y artistas de renombre. Pues, ella, no contenta al principio por la calidad de los pintores contemporáneos españoles, luego descubrió los grandes cuadros de Murillo, durante su estancia en Sevilla, y allí compra una serie de ciento cincuenta escenas de la Vida de Cristo, atribuida a Sagrestani, y así buscando y adquiriendo llegó a tener cerca de ochocientos noventa cuadros. Su esposo, Felipe V, atareado por los asuntos del Estado y el estado de las arcas públicas, juntó 318 obras.

En esta tarea por enriquecer el tesoro artístico, fue prioridad de Felipe V revalorizar el Quijote. Si a alguien se le ocurre pasar cerca del Palacio Real de Madrid, entre, amigo lector, porque su galería principal alberga ahora un tesoro, normalmente, escondido de los ojos del público. El amplio espacio de la galería nos lleva a los caminos de Castilla, Aragón, Sevilla, Barcelona, en fin, de España. Y nos lleva a este viaje bien acompañados por don Quijote y Sancho Panza. La conmemoración de la muerte de Miguel de Cervantes llegó al Palacio Real con una magnífica muestra de objetos y ediciones de esta obra magna y, entre ellos, destaca la monumental serie de tapices quijotescos. Allí la gran novela no se lee, se observa.

No es casualidad que Felipe V encargase a Andrea Procaccini y Domingo María Sani los cartones para ilustrar las andanzas del Quijote y Sancho. Desde su infancia, en los jardines de Versalles, Felipe V dedicaba sus ratos libres a traducir la obra de Cervantes, e incluso quiso continuarla. He ahí una prueba de que el Rey “Animoso” tenía, por decirlo con cariño, algo de loco. Lo cierto es que esos tapices, que ahora podemos contemplar en el Palacio Real, fueron los primeros que se hicieron en España. La fundación de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara sólo fue posible después de la separación de los Países Bajos, que gozaban del monopolio para vender sus tapices por todo el imperio español. Pero eso es otra historia, porque lo que ahora nos interesa es ver esos grandiosos tapices dedicados al Quijote. Grandiosas de obras de arte al alcance de nuestra vista gracias a la locura del rey Animoso, Felipe V.