Opinión

Autobuses en el Parlamento

TRIBUNA

Antonio Barnés Vázquez | Sábado 03 de septiembre de 2016

En el Congreso de los Diputados de la Carrera de San Jerónimo hay asientos individuales para cada una de sus señorías, pero esta disposición es engañosa, pues no es el Parlamento español una asamblea de ciudadanos libres y responsables con pensamiento propio, sino un conglomerado de clientes al servicio de un caudillo (cada uno el de su grupo) que es quien le ha puesto ahí, quien le da de comer y quien, como un ventrílocuo, establece lo que tiene que decir y que votar.

No es el Parlamento una asamblea de diputados. Es, más bien, un conjunto de autobuses (cada grupo parlamentario completaría un vehículo), cuyo chófer no es el servidor de los pasajeros, sino el jefe, quien manda y disciplina el voto de su pasaje (y quien dispone de micrófono).

Todo parte de unas listas cerradas de candidatos cuyo imprescindible mérito es ser amigo o cliente de quien confecciona la lista. La profesión de diputado o concejal es la única de este país para la que no se exige un currículum. Un socorrista de piscina, por ejemplo, ha de demostrar que sabe nadar y que posee un mínimo de habilidades que permitan ejercer esa función. En cambio, para regir los destinos nacionales, regionales o municipales (y manejar sus cuantiosos presupuestos), el único mérito es la aquiescencia de la cúpula local, regional o nacional del partido correspondiente. Como se votan listas, sus componentes no tienen que fajarse ante ninguna asamblea ciudadana. Por eso, concejales y diputados más que representantes de los ciudadanos, son delegados de sus partidos por la provincia tal o cual. ¿Saben qué votará un diputado por Albacete en un litigio con Murcia que se debata en el Parlamento? ¿Votará en el sentido de lo que demanden sus paisanos? No: votará lo que ordene su jefe de filas.

Este vicio de origen provoca que sus señorías sean una especie de clones cuasiparlantes que actúan en bloque. Por eso el autobús es imagen mucho más exacta que el asiento individual. También porque varios autobuses en un hemiciclo muy difícilmente pueden maniobrar. En efecto: es imposible maniobrar. Los grupos parlamentarios como autobuses o vagones de tren, como placas tectónicas, colectivos, clases, grupos o manadas de homínidos en formación marcial son lo más lejano de una asamblea de humanos dialogadores.

Esta organización política de lista cerrada y partido piramidal es hija de unos sistemas de pensamiento (buena parte de los tardomodernos y contemporáneos) que son excluyentes, acorazados, dogmáticos y agresivos. ¡Qué lejos de esos diálogos del humanismo donde unos y otros debaten sobre ideas, sin programas enlatados urdidos en cenáculos a puerta cerrada y sin estigmatizar al otro por ser estoico, cínico o epicúreo!

El paradigma colectivista desconfía de la persona y se muestra fascinado ante el grupo de homínidos que se adapta al medio y supera a los rezagados. Por eso utiliza metáforas espaciales –izquierda o derecha-, heraclíteas –el cambio por el cambio-, o velocípedas –progresista o conservador-.

Cada diputado (o concejal) debería ganarse su puesto personalmente, no en comandilla. Cada diputado debería ser capaz de pensar por sí mismo y articular un discurso propio. Solo personas libres y responsables pueden construir un país libre y responsable.