En cierta ocasión, un periodista se quedó impresionado al ver a Madre Teresa atender con mimo a un enfermo de lepra. “Yo no haría eso ni por un millón de dólares”, le dijo. “Yo tampoco”, respondió ella, “esto sólo se puede hacer por amor”. Actualmente, más de 5.500 Misioneras de la Caridad siguen haciendo lo mismo en 133 países, cuidando a “los más pobres de entre los pobres”. Y hoy, día 4 de septiembre, están de enhorabuena, porque su fundadora es ya “oficialmente” santa.
Madre Teresa ha sido y es, quizá, una de las personas de Iglesia más aceptadas en la sociedad civil. Pocos como ella han gozado de un reconocimiento semejante; en gran medida, obtenido por la labor que llevó a cabo en todo el mundo, y que sigue dando frutos. De hecho, es curioso ver cómo las casas que las Misioneras de la Caridad tienen repartidas por los cinco continentes generan un indudable atractivo turístico: allí va gente no necesariamente creyente sólo por ver qué se hace, qué hay, en qué consiste. Y cómo logran llevarse tan bien con todos. En Calcuta, por ejemplo, la Casa Madre está en pleno barrio musulmán, y jamás ha habido problema alguno. Ayuda el hecho de que en Mother House se quiere por igual a musulmanes, budistas, hinduistas o cristianos. Es digna de ver la veneración que le profesan tanto a la figura de Madre Teresa como a sus Sisters.
Durante la JMJ de Madrid, Benedicto XVI recordó que “no se puede seguir a Jesús en solitario”, que el modo de hacerlo es “en la comunión de la Iglesia”. Es, básicamente, lo que hacía Madre Teresa, y lo que continúa su orden: cuidar de enfermos de sida, leprosos, ancianos sin hogar, niños y discapacitados de toda índole en el seno de la Iglesia. No hay rincón donde no pueda leerse “a Mí me lo hacéis” (Mateo, 25:40), porque ese es justo su principal cometido: amor al prójimo, total y desinteresado, con Jesús como norte y guía. Términos como “cooperante”, “ONG”, solidario” están muy en boga. Sin embargo, lo de las Sisters va más allá. Cada vez que uno habla con alguna Misionera de la Caridad, la respuesta es siempre la misma: “todos somos Iglesia”.
No es fácil ser santo. Que se lo digan a Madre Teresa. Durante su proceso de canonización se conocieron una serie de cartas en las que la santa manifestaba a su director espiritual tener “noches oscuras”, como ya le pasara a otros “colegas” suyos como San Juan de la Cruz. Aún así, nunca dejó de perseverar en su fe. Era de misa diaria y comunión semanal, algo que recomendaba a todo aquel que quería oírla.
Decía san Josemaría: “que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil, deja poso”. Madre Teresa lo dejó. Aquellas cartas con su director espiritual, lejos de ser oscuras, mostraban la enorme luz de una persona sencilla que luchaba por seguir a Jesús por encima de todo. Puede decirse que jugó muy bien sus cartas; o mejor dicho, talentos. Aseguraba que el amor de Dios era lo que en realidad movía el mundo, y advertía sobre ello siempre que tenía oportunidad. “Hay males que no se pueden arreglar con dinero, solo con amor” o “ama lo que tienes, antes de que la vida te enseñe a amar lo que perdiste” son sólo dos píldoras que a muchos deberían recetarnos en dosis de caballo.