Opinión

El suplente

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 04 de septiembre de 2016

En política como en fútbol hay suplentes. El palmarés político de Sánchez está plagado de suplencias. De reserva en el banquillo del PSOE (todo un lujo como tener a Sarrachini en el banquillo del Hércules C.F.), accedió al cargo de concejal en el Ayuntamiento de Madrid y, en dos ocasiones, al de diputado al Congreso. Al recibir el mandato de Su Majestad para formar gobierno, Sánchez mientras se despojaba del chándal iba viéndose de presidente. Ni siquiera saltó al césped. Tras la investidura fallida de Rajoy (un siglo después de aquél Maura no, la nación vuelve a las andadas), el socialista busca, como espontáneo en Las Ventas, su oportuniá, que más cornás da el hambre. En política, el paradigma del suplente lo encarnó el norteamericano Stanley Hoods, quien abrumaba con constantes peticiones de cargos al presidente Woodrow Wilson. Cierto día Hoods, enterado de la muerte de un destacado político, abordó a Wilson: “Señor presidente, ¿se acuerda usted de aquella persona a quién nombró ayer miembro del Comité General de Comercio? Pues bien, se ha muerto esta mañana. ¿Tienen usted inconveniente en que yo ocupe su puesto?” Wilson miró fijamente al potencial sustituto y contestó: “Ninguno; hable usted con la funeraria”.

Sánchez se desanima pero como fiel y obediente reserva no desespera. Y que siempre ha tenido un plan, dice, a base de tres noes o de un no con tres partes de no: No permitir un Gobierno de Rajoy, no ser candidato alternativo con mercancía de contrabando (populismo e independentismo), y no provocar terceras elecciones. Como broche otro “no” más: No convocar al Comité federal. Fijo que su referente político es Molotov, ministro soviético de Asuntos Exteriores y hombre que sabía decir no en cincuenta y seis idiomas. Más que riqueza idiomática, lo que rezuma Pedrín es infantilismo. No es de extrañar, pues sabido es que los niños aprenden antes a decir no que a decir sí, lo que explica su propensión a la pataleta. Enrabietado por su cadena de derrotas, Sánchez se ha tomado su suplencia no como una cuestión ideológica, sino personal. No se pone al teléfono cuando llama Rajoy. Se niega a dialogar con él. Y desde lo más hondo de su negatividad desea arrearle con la revancha. Ese inaguantable complejo de inferioridad política le lleva en toda ocasión que tiene a combatir al adversario atacando al hombre y no a los argumentos. En otro arranque de ingenuidad o soberbia infantil, se ofrece a proporcionar estabilidad a España liderando un gobierno apoyado en Ciudadanos y Podemos. O sea, en la unidad nacional y la disgregación territorial. En la Constitución y lo anticonstitucional. En la democracia y el totalitarismo. Mira tú por donde: La cal viva y la hipoteca naranja unidas por el chicle de MacGyver, al decir de Iglesias. Con un Gobierno así solo nos quedaría gasolina hasta noviembre. Y ya vamos en reserva. ¿Y si nos conduce un suplente? A falta de pan, buenas son mayorías absolutas.

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