Opinión

Pedagogía política

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 05 de septiembre de 2016
Oportuno, acertado y pedagógico fue Rivera al decirle a Rajoy, en el debate de la fallida investidura, “hay que hacer pedagogía política”: no es lo mismo ser el candidato de la lista más votada que tener la mayoría parlamentaria.” He ahí un gran discípulo de Ortega. Rivera, sí, es de los pocos políticos que en España han interiorizado la principal aportación de nuestro más grande pensador. La filosofía política de Ortega es todo un alegato a favor de la política democrática, que “es sin duda”, dicho en sus propias palabras, “algo que se hace por el pueblo. Toda la verdadera política democrática tiene que ser educación y enseñanza del pueblo; no hay, pues, excusas: los que no comunican al pueblo con precisión sus ideas sobre el Estado que van a hacer es que no las tienen y, hallándose por dentro vacíos, transmiten a las muchedumbres esas vacuidades interiores en sus discursos. Esto es lo que no puede ser, esto es lo que tenemos todos que protestar.”

Porque la filosofía política de Ortega es una tarea pedagógica permanente para elevar el nivel de la política en España, nadie se extrañe de hallar una reflexión sobre la política y la democracia en textos que, en principio, por sus títulos y asuntos fundamentales nada tendría que ver con lo político. También en eso Rivera ha aprendido de Ortega: si alguien estaba esperando que dijese un lugar común, como el resto de sus compañeros del Parlamento, por no haber conseguido conformar un Gobierno, se encontrará con un soplo de aire fresco: “Pido perdón a todos los españoles porque he fracasado para alcanzar un Gobierno”.

Contrasta la sencillez y elegancia de Rivera para seguir a Ortega, con la anfractuosidad y torpeza de algunos de los “intérpretes” supuestamente académicos del gran filósofo liberal. Acaso por eso me resultan altamente sospechosos, por no decir ideológicos, falsos, todos los intentos “reductores” a la hora de abordar la filosofía de Ortega. No se entiende muy bien qué cosa quieren decir, por ejemplo, quienes hablan de un Ortega republicano y otro franquista, un Ortega socialista y un Ortega reaccionario. El filósofo socrático, interrogador y escéptico de sus propios pensamientos sobre la política no puede ser aplastado, por utilizar su expresión, “con el rulo de un preconcepto simplista” de política, por ejemplo, política de derechas o política de izquierdas, o peor, Ortega demócrata u Ortega franquista, o peor todavía, Ortega socialista u Ortega liberal. Quien maneja esa brutal terminología para referirse a Ortega no sólo desconoce por completo la urdimbre de su pensamiento, sino que también está actuando como un parásito: mata lo que le da vida. Ejemplos de terrorismo intelectual contra Ortega abundan por todas partes. Valga citar aquí un ejemplo de ese tipo de barbarie académica perteneciente a dos supuestos especialistas en la obra de Ortega: “La tesis de Simeoni se centra en la temática de La rebelión de las masas, pero, sin embargo, a la hora de explicar el pensamiento político de Ortega, lo enmarca en gran medida en la etapa del franquismo (p.27). Esto desvirtúa un poco la forma que Ortega tenía de concebir la política, pues muchos de sus planteamientos tuvieron estrecha relación con el día a día de otros periodos históricos: la Restauración, la Dictadura de Primo de Rivera y la II República. Porque si, como algunos intérpretes dicen, el periodo más o menos largo que abarcaría la segunda parte de la República, la guerra civil española y el franquismo corresponde al de un Ortega conservador, no es de despreciar que otro periodo, también más o menos largo, es el de Ortega que políticamente se sumerge en el socialismo, el reformismo y el liberalismo democrático.”

Es difícil hallar un texto más burdo y plagado de errores que el citado, pero creo que es la expresión más reciente de la mirada sucia, o rulo preconceptual, para arruinar la complejidad y riqueza de un pensamiento tan refinado como bello. No son nuevas estas malas formas de acercarse a un gran filósofo, sino que reproducen muchos de los ideologemas de la Segunda República y el Franquismo contra Ortega. Intentemos salvarnos releyendo a Ortega, buscando en sus textos qué sea la genuina política. La política, sí, es destino. Necesidad. Ocultarla con éticas, teologías o mala prosa académica es renunciar a ser un genuino ciudadano. Exactamente en eso coincide Rivera con Ortega. Los dos están preocupados por elevar el nivel de discusión, de cultura, en fin, de vitalidad de su nación. Pendiente siempre de que la política sea la “menos mala”. Por cierto, reparen sobre la magnífica utilización que hizo Rivera, en el citado debate, de esa expresión tan rotunda de Ortega: en democracia solo se puede aspirar a una “política menos mala.”