Me fui a ver la exposición de El Bosco en el museo del Prado el día que comenzó la tremenda historia de estúpidas mentiras del caso de José Manuel Soria, el anterior ministro de Industria que tuvo que dimitir por ocultar arteramente que tenía dinero en paraísos fiscales. Pensé en escribir sobre las posibilidades de evitar las terceras elecciones, pero después del impacto político generalizado del caso Soria, ahora veo muy difícil que Rajoy pueda lograr los votos necesarios, pues entre otras circunstancias, las elecciones vascas y gallegas resultarán afectadas por mal ambiente electoral, reduciendo las posibilidades de alterar el bloqueo del Congreso de los Diputados.
Ha sido todo un símbolo de cómo está la política española en el mundo: nuestra influencia, la del ministro Luis de Guindos, ha sido dañada, en medio de una increíble frivolidad cargando la responsabilidad del nombramiento de Soria al titular de Economía y Competitividad. Todo gobierno es siempre un gobierno en coalición con su ministro de economía, y esa relación parece que ya no funciona.
Hemos llegado a un capítulo nuevo eligiendo gobierno: en menos de los dos meses que restan para que se convoquen automáticamente elecciones, un mecanismo ciego acabará arrollando a las personas que hasta este momento creían controlar el proceso. El carrusel de jinetes montados en bestias demenciales que se ve en el “Tríptico del jardín de las delicias”, impulsados por un movimiento imparable, arrastrados los hombres por un alucinado sueño, me sirvieron para acercarme a esta realidad cotidiana que tiene rasgos de El Bosco.
Jheronimus van Aken (1450-1516), quien firmaba como Jheronimus Bosch, conocido en España como El Bosco, representa, en mi opinión, el tipo de creador al que pertenecen otros personajes de su tiempo: Erasmo de Rotterdam (1466-1536), Maquiavelo (1469-1527) o el mismo Lutero (1483-1546).
Los consideramos como ejemplos personales de una época que llamamos Renacimiento, y desde otro ángulo, en parte opuesto, la Reforma y la Contrarreforma cristiana. Desde una perspectiva aún más amplia, la época, y personajes como El Bosco, se caracterizaron por representar el cambio inmenso que puso fin a la Edad Media en Europa.
Erasmo abre espacios para libertad de pensamiento, emancipado de la escolástica eclesial ; Maquiavelo muestra la política y el poder como son, liberados de los modelos de la teología papal y de la doctrina imperial; Lutero descubre al cristiano que puede relacionarse directamente con Dios, y su conciencia está por encima de las normas clericales. ¿Y El Bosco?
Como en los tres personajes anteriores, El Bosco reacciona dentro de un universo religioso, que hunde sus raíces profundas en la Edad Media, pero que ya no es medieval, en el sentido de que el mal y el pecado sean consecuencia de la transgresión de las normas naturales que ha definido Tomás de Aquino.
El mal que pinta en sus lienzos El Bosco está por todas partes, y no hay garantías de que el mundo de los hombres regrese a un pasado regulado por leyes justas y naturales.
En otras palabras, El Bosco expresa una visión del mundo que es única hasta ese momento, momento que podemos llamar “Renacimiento”. En eso forma parte del genio europeo: sus obras contienen un rechazo de algo nuevo en el mundo: los excesos del capitalismo, un sistema económico que inicia su marcha triunfante alrededor del globo terráqueo, es decir, cuando comenzaba la primera globalización.
En sus pinturas más hermosas y notables, “Tríptico de la Adoración de los Magos”, “Tríptico del carro de heno”, “Tríptico del Juicio Final”, “Tríptico del Jardín de las delicias”, “La nave de los necios” y “La Muerte y el avaro”, entre otras que se contemplan en la exposición del Prado, se puede seguir esa actitud crítica con los excesos del capitalismo globalizado.
En las esculturas y grabados de los monasterios e iglesias medievales, existen precedentes de figuras como las que pinta El Bosco. Pero son una excepción dentro de un arte residenciado en edificios religiosos. Lo nuevo de El Bosco consiste en que la descripción del mal y del pecado se convierte en el tema central; que el mal fundamental es la avaricia; que la avaricia produce locura en los humanos y destrucción de la naturaleza; que el espacio donde se extiende esta fuerza excesiva es el mundo entero.
Excesos en lujos, riquezas extravagantes, abusos contra los humildes y desprotegidos, aparecen en las pinturas de El Bosco como signos de una Europa que se crea precisamente por aquel tiempo. Pero el capitalismo, otra invención europea, será global desde el comienzo. El Bosco da testimonio de esa extraordinaria expansión: plantas, animales, especias de otros continentes, son muestras de que los viajes abren mercados; razas humanas distintas a la europea, confirman que El Bosco, al revés que los artistas medievales, entiende el significado del cosmopolitismo (aunque critica también sus defectos).
El Bosco participó de una corriente cristiana que se llamó “Hermanos de la vida común”, a la que perteneció Tomás de Kempis (1380-1471), un místico agustino venerado por católicos y protestantes, por sus propuestas de vida austera. Esa corriente religiosa, cuya idea de “vida común” tuvo una larga y especifica historia europea, que está en el fondo tanto de las doctrinas para regular el capitalismo, como de suprimirlo con el “comunismo”, aparece hoy -y El Bosco como su expresión primigenia-, con la fuerza de un sentimiento contrario a los abusos del neoliberalismo capitalista.
Por eso El Bosco nos grita en sus obras. Nos sitúa dentro de Europa, entonces, porque Felipe I de Castilla y su esposa la reina Juana le conocieron y compraron obras suyas, y a Felipe II le fascinaron sus pinturas; y ahora, porque regular el capitalismo con el Derecho es la tarea que la Unión Europea debe llevar adelante en esta globalización.