Antonio Hualde | Miércoles 18 de junio de 2008
En tiempos de Roma, Hispania era uno de los enclaves principales de lo que, a partir de Augusto, se llamaría Imperio Romano. Citerior y Ulterior conformaban una suerte de unidad nacional, a la que se uniría Mauritania Tingitana –parte del Magreb, Ceuta y Melilla incluidas-. Conviene observar que Ceuta y Melilla han sido siempre españolas, sin haber pertenecido jamás a monarquía feudal-musulmán alguna. Ya en nuestra era, el declive del imperio hizo que entrasen a la península las llamadas invasiones bárbaras. Suevos, vándalos y alanos se establecen en distintos puntos de la geografía nacional, sin orden ni concierto. Una posterior unidad llegaría de la mano de los visigodos, aliados de Roma, cuyo reino en el siglo V dominaba ya casi toda la “piel de toro”, salvo territorio suevo que abarcaría Galicia, Portugal y la cornisa cantábrica. Sirva todo esto como precedente de que el concepto de España como antigua unidad territorial viene de muchos siglos atrás.
Y entonces llegaron los moros. Tarik, caudillo del gobernante omeya Musa Ibn Nusair –“el moro Muza”-, entra a sangre y fuego en España en el 711. Se inicia entonces una dominación que culminaría con la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492, último reducto musulmán. Se ha forjado la errónea leyenda de que, durante esos siglos, fue el Islam quien poco más o menos culturizó a un puñado de bárbaros. Semejante patraña no se sostiene, por absurda y falaz. Basta echar un vistazo, por ejemplo, a esa correa de transmisión cultural que fue el Camino de Santiago. Que se sepa, el Románico no se inició en Yemen, ni las Cantigas de Alfonso X el Sabio son sufíes. Anteriormente, ya los romanos nos habían dejado una herencia tremenda en organización administrativa y arquitectura civil. Y antes aún, los fenicios introdujeron en la península lo mejor del Mediterráneo, auténtico crisol multicultural. Que cuando entran los moros la situación política patria fuese convulsa no significa más que eso. Por cierto, tampoco en la actualidad es que estemos muy tranquilos, pero eso es otro cantar.
Sí aportaron cosas, como no podía ser de otra manera tras tantos siglos de intrusismo. El estilo mudéjar, la mezquita de Córdoba, la Alhambra –siempre tan sobredimensionada-, los aljibes y los pinchos morunos. Eso y su refinado trato a los cautivos, amen de su exquisito respeto por otros credos. Como cuando Al-Mansur –Almanzor- saqueó Santiago en 997, violó y mató, y se llevó de recuerdo las campanas de la catedral, a hombros de los esclavos que acababa de hacer entre la población cristiana. Detalles así, al igual que el vergonzante “tributo de las cien doncellas” de un par de siglos atrás harían que fuese forjándose una clara conciencia de que España merecía otra cosa.
Ello empezaría a cristalizar tras la Batalla de las Navas de Tolosa, en la que lo mejor de los reinos cristianos de entonces derrotaron a las huestes almohades. Por cierto, que allí se distinguieron con probado valor el señor de Vizcaya, don Diego López de Haro, vasallo de Castilla y abanderado de las tropas españolas -si el demente de Sabino Arana hubiese leído un poco más...-, y el rey Sancho VII de Navarra. Este último rompió la última línea defensiva del caudillo moro Al-Nasir: una empalizada rodeada por cadenas. De ahí su inclusión en el escudo nacional. En honor al tesón y nobleza navarros. Y por ende, españoles.
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