Opinión

Burquini mental

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 10 de septiembre de 2016

Cada grupo social tiene su idiosincrasia, su personalidad colectiva, su volkgeist. Ahí, conviven una determinada cosmovisión, vecina de creencias de toda laña; prejuicios incautos que desplazan saberes y certidumbres; algún tipo de moral obligatoria, asociada a otras de conveniencia, en oportuna armonía; sublimaciones idealistas que desembocan en ideales pragmáticos. Toda esta ensalada la aderecemos con antinomias aparatosas, contradicciones relativas y sabrosas inconsistencias, aquende y allende los mares y los siglos.

Las guerras de religión han sido la lima con que los pueblos han suavizado sus diferencias de credo y, de paso, deslindado intereses más prosaicos de pan y mojar. Es decir, que, históricamente, ha ocurrido lo que ocurre.

El fenómeno de la inmigración no es una versión posmoderna del Caballo de Troya, porque detrás no está Ulises, la inteligencia, sino el hambre y la desesperación. Por ello, el emigrante de ahora carece de voluntad personal de encuentro con la civilización que le acoge, ni la admira, ni está dispuesto a respetarla e integrarse. Son personas que vienen a regañadientes, forzadas por la guerra, su penuria y el anhelo de encontrar un paraíso, una tierra ubérrima que les sacie y que nadie les ha prometido. Este es el punto de arranque de la contradependencia, que será funesta, si Ulises no lo remedia.

El flujo es diario, por decenas, centenares y millares, desde el norte, sur, oeste y este del Sahara y desde el sureste de otros desiertos. Pareciese que África y parte de Asia huyeran del cataclismo de su civilización, sin tener clara consciencia de su fracaso. Y entre nosotros, son un poder, o mejor, un contrapoder, un cuerpo extraño, invasor, que genera un proceso crónico de confrontación endógena. Se trata de una guerra sorda, que incuba odio soterrado entre semejantes y, de vez en cuando, provoca erupciones de lava sangrienta, alaridos y lágrimas, que amenaza con sepultar el viejo arsenal de valores de la anciana Europa, atesorado durante siglos de batallar interno.

Días atrás, algunos alcaldes de Francia, patria de la libertad, en pro de garantizar la igualdad entre las mujeres aborígenes y las sobrevenidas, han prohibido el uso del burquini en la playa. Con tal ocurrencia han logrado que la fraternidad sea más cainita, que las togas los hayan desautorizado y los políticos amenacen con cambiarles los cánones a las togas. Luis XVI habría entrado en confusión, otra vez, antes de perder la cabeza de nuevo. Y, encima, lo que simboliza la prenda no se puede cambiar ni con la fusta del código, ni con el látigo de la policía.

El burquini es una innovación atrevida con respecto a las modas del siglo VI, que diseñó San Benito y que aún gastan las monjas católicas; incluso resulta una prenda provocativa en comparación a los hábitos de las monjas ortodoxas, cuyos hábitos remontan sus orígenes al cristianismo copto del siglo III.

Cristianas o musulmanas, las indumentarias representan una antropología de la mujer, cuyo cuerpo, si no es virgen, representa un peligro para la ascesis del varón. El valor a preservar es masculino. La mujer es, simplemente, una herramienta reproductiva, cuya utilización resulta de alto riesgo. Por eso, esta antropología, denigrante para todo ser humano, incluidos los varones que la consienten, oculta el cuerpo femenino, o lo mutila; anteayer le ponía cinturones de castidad y ayer camisones con agujero para reducir el contacto carnal a lo estricto del débito; mantiene segregada a la mujer en las sinagogas y mezquitas y la excluye del sacerdocio.

Quienes acumulamos cierta edad hemos estudiado que los enemigos del alma son tres: el demonio por oficio, el cuerpo que habitamos, que despectivamente denominaban “la carne”, por su voracidad sensual de toda índole, y el mundo, creado entre todos, por ser progenitor de necesidades y curiosidades varias. Así pues, no sólo creamos enemigos fantasmagóricos, también sensitivos, y aún más, somos nuestro propio azote hostil, según el Ripalda Graduado. Esta moral respalda, absolutamente, la antropología anti femenina.

Las tres religiones que provienen del Libro obseden con el tema del sexo: reprochan esta conducta y sus elementos coadyuvantes como pecado bochornoso. Y, o bien previenen los desfallecimientos mediante el fragelo y el cilicio, o castran a la mujer, o sumerge su cuerpo bajo una tienda de campaña andante.

En pretensión antisexual deprimen las ansias de unos y otras con ayunos y dietas vegetarianas. Si no, quitan las ganas de todo con visiones dantescas del porvenir eterno que le espera al pobre pecador. Y si aún fuera necesario, zahieren con severidad penitencial toda concesión a la naturaleza, por inocente o perentoria que sea, e incluso castigan con la muerte las infracciones más graves. Estas obsesiones casan, castamente, con la antropología antifeminista que decía antes.

Si nuestra civilización europea se hubiera saltado el siglo XVIII, sin la exaltación de la Razón que cuajó en frutos de inmenso sentido común, durante la Ilustración, los alcaldes franceses de ahora no pregonarían bandos para menoscabar la libertad, ni tendrían que luchar a bastonazos por la igualdad de las mujeres, ni habrían hecho ciscos la fraternidad.

Tal vez, seguiríamos con la pedagogía calderoniana de los autos sacramentales y otros barroquismos tipo Montaigne. Así, la mujer quedaría a buen recaudo y, de no estar pariendo, se dedicaría a sus labores y otras menudencias ornamentales inofensivas. Afortunadamente, las razones de la Razón vencieron la sinrazón, entre nosotros, aunque en España el triunfo nos costó las seis guerras civiles del XIX.

Mi columna de hoy, cuando se menoscaba a la filosofía como lujo también prescindible, voy a cerrarla con una cita del Tratado de la Tolerancia de Voltaire, libro de triste actualidad, que habría que regalar a los alcaldes franceses, a ministros del Interior y del Exterior y a muchos vociferantes parlamentarios, de cualquier país y latitud. Dice Francisco-María Aruet: “la filosofía, sólo la filosofía, hermana de la religión, ha desarmado las manos que la superstición ensangrentó tanto tiempo, y el espíritu humano, al despertar de su embriaguez, se ha asombrado de los excesos a que le había arrastrado el fanatismo”.

¿Fanatismo?, ¿superstición?, son archivos del volkgeist, atavismos enranciados del espíritu objetivo… Y Voltaire, desde 1763, nos recomienda la filosofía como lavadora de sangre y desatascador de fanatismos.

Pensar siempre ha sido higiénico y, a veces, constructivo. Incrementar el nous, dar el poder a la palabra, al logos, a la razón en definitiva, es el camino que ha de hacer andando el caminante, tanto si viene en patera pública como si va en coche de lujo oficial.