Si Carmena y sus secuaces conociesen un poco la historia, se darían cuenta que Madrid, “la capital del mundo” según Hemingway, ha vuelto a ser una ciudad del siglo de Oro. Sin embargo, no lo es por la cantidad de personajes ilustres que la habitan, ni tampoco por los aires que según el cronista Lucio Marineo Sículo, corren “muy delgados, por los cuales siempre vi gente muy sana. A este lugar viniendo el emperador Carlos fue librado de la cuartana que le había fatigado mucho tiempo”, sino por la inmundicia que llena sus calles.
El nuncio del Papa Clemente VIII, Camilo Borghese, a finales del siglo XVI apuntó: “Las calles son largas y serían bellas si no fuese por fango y la inmundicia que las invaden.” El viajero Cosme III de Médici, quien visitó la península entre 1668 y 1669, subrayó: “Tiene calles muy anchas, rectas y largas; pero como no hay retretes arrojan todas las inmundicias por las ventanas y sobre los tejados, o a un canalillo que las lleva fuera de casa, de suerte que toda la ciudad pocilga y se camina siempre a media pierna”.
Visto esto, es probable que la señora Carmena ha decidido que el regreso a la ciudad histórica atraiga más turismo, pero, desgraciadamente, no ha acertado en optar sólo por un aspecto de la urbe del Siglo de Oro que fue la falta de la limpieza. Los que se han acostumbrado a pasear por la ciudad y no “a media pierna”, estamos algo afligidos por no poder hacerlo por la basura y los olores que lejos de agradar provocan náuseas. Paseando cerca de la plaza de las Cortes, he encontrado un contenedor de basura con un letrero “¡Rata dentro!”. Los chinches de Lavapiés hacen lo posible para superar en cantidad a los habitantes del barrio.
La renovación de los contratos de limpieza de la ciudad no auguran mejoras. Seguiremos viendo como riegan las calles sin barrer, o cómo por las calles del barrio de las Letras, pasan las máquinas de barrer a mediodía, levantando el polvo entre los atónitos turistas y los moradores indignados, que se esconden enseguida en la primera tienda que vean. Cada vez menos gente levanta la vista al cielo madrileño, claro y diáfano. ¡Menudo atrevimiento es esto! El estado de la calzada ya no permite contemplar el cielo ni los edificios hermosos del centro madrileño.
La mendicidad se ha hecho un fenómeno corriente y agresivo: los mendigos, en general de aspecto normal, bien comidos y bebidos según los botes que les rodean, no te piden, te desafían. Las manadas de rumanos que circulan a primeras horas de la mañana por Moncloa ya es un fenómeno corriente, que da a Madrid un toque de miseria y la llena de tristeza. Hay algo sospechoso, algo raro en este súbito crecimiento de la mendicidad en una ciudad regida por una alcaldesa “de cambio”. ¿Cómo puede crecer tanto la pobreza en una ciudad donde lo social es lo primero? Sabemos bien que el año pasado a Carmena no le cuadraban las cifras de los pobres y de los niños desnutridos. Acaso, algunas fuerzas “de cambio” se ocuparon de “corregir” esta situación y demostrar a los madrileños que viven en una ciudad llena de miseria y pobreza. Los grupos políticos que predican el cambio se han instalado en las instituciones: nos han demostrado de sobra que el cambio no es siempre a mejor.