Opinión

Cine doctrinario

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 12 de septiembre de 2016

Salí a la calle a buscar un poco de fresco. Pero el bochorno era más insoportable que en casa. Eran las 10.30 de la noche y pasaba por la puerta de un multicine. No me lo pensé dos veces. Me acerqué a la taquilla y solicité una entrada para esa hora. Ya había empezado. Me senté y me vine arriba con el aire acondicionado. Pasados cinco minutos de mirar en la pantalla, empezó a resentirse mi alma. Era una película para mentecatos. El pedagogismo del narrador era insoportable. Estaba ante la película de un doctrinario. ¿Doctrinario? Sí, sí, se trataba de alguien que trataba imponerme una manera de ver las imágenes que él había rodado. Castigo por partida doble. Seleccionaba un trozo de la vida y, además, nos increpaba que eso era todo. No había más vida que la seleccionada por sus cámaras de cine. Un narrador con voz engolada me decía cuál era la manera exacta de interpretar las imágenes. Aparecía un majadero en la pantalla y la voz del narrador me repetía: “He aquí un majadero”. Aparecía una puta hablando con un descerebrado y la voz del narrador me repetía: “He aquí una puta con un cretino”… Y así toda la película… Nos trataba a los espectadores como menores de edad, o peor, como si tuviera que “reeducarnos” para que consiguiéramos sobrevivir en su selecto campo de concentración. El colmo.

Pensé que la gente se iría de allí a escape. Yo mismo, a pesar de los 8 euros y medio que pagué, estuve tentando varias veces de largarme de la sala… Solo me retenía en mi asiento el calor de la calle. Miento, las actrices eran guapas, las fotos eran buenas, la música excelente, el vestuario magnífico, no había ni un desarrapado con los pantalones rotos, y, en fin, era pasable todo eso que se llama industria del cine. La cinta era de un profesional con muchos medios y poco talento creativo. La película, la trama, el argumento, no era una vida de repuesto, sino una vida impostada. Falsa. No había arte. Todo era ideología. La vida había desaparecido. Todo era cartón piedra. Quizá fuera un placebo para que una sociedad de hombres masa, en el sentido que le dio a esta expresión Ortega, siga sin enterarse de que se muere por obtusa…Ya digo, amigos, se trataba de un doctrinario narrador, que nos machacaba con un escorzo de la realidad que describía él mismo como director del engendro. No se confundían las figuras del narrador y el director de la película, ojalá, sino que se engañaban el uno al otro. Basura ideológica.

La forma de ver las cosas, el mundo y la vida, es el engaño de esta película. Repite, repite y repite la fórmula de sus primeras comedias. Este individuo sigue adoctrinándonos sobre la carencia de una verdadera identidad en el ser humano. No cree que este pueda ser excelente. Niega que el hombre pueda construirse permanentemente. Este director de cine sigue dándonos la tabarra con el tema del viejo nazi: el hombre no tiene identidad. De modo vulgar este director repite el cuento de Heidegger acerca de la inautenticidad de toda existencia. El ser humano solo es un papel, un rol diría un sociólogo norteamericano, impuesto o prescrito por otros. Mentira. Por eso, toda esta película es mentira: oculta la realidad. El protagonista de la película no es, desgraciadamente, el protagonista de su vida: no se casa con la mujer que quiere; trabaja en lo que le imponen otros; está dirigido, naturalmente, por la tradición, en este caso judía; en fin, este hombre traga con todo, especialmente, traga con no considerarse nada. Un esclavo. He ahí el modelo de la peliculita. No hay posibilidad de ser idéntico si no es por prescripción de otro. Con un par. Desaparece cualquier posibilidad de identidad. De Yo.

He ahí el modelo de un tal Allen, Woody Allen, para sobrevivir en el siglo XXI: es imposible una existencia auténtica. Haga, viene a decir este señor, lo que yo: viva con la cara. Si estoy con los negros, digo que soy negro; viva como un gánster, cuando está con los mafiosos; acepte sin estridencias, incluso el mal de amores, todo lo que le echen… Acepte, sí, como un esclavo todo lo que venga. En los antípodas del gran estoicismo de todos los tiempos, Sociedad café o cómo se llame ese bodrio de Allen, una vez más, nos adoctrina sobre la superficialidad de la vida. Majadero. Adoctrine a su padre. Esta película es tan elemental y, a veces, tan de mal gusto, especialmente cuando trata el carácter judío, que casi llega a decir que a este pueblo le falta dignidad… En fin, alguien, intelectual, artista, director de cine o cualquier otra profesión “del espíritu”, que oculta la complejidad de la realidad, de la vida, no es un verdadero profesional de ese arte. Es solo un ideólogo. Nada.