Opinión

Cuando el rugby curó el Bloody Sunday

EPPUR SI MUOVE

Antonio Hualde | Martes 13 de septiembre de 2016

Se cumple ahora un año de uno de los partidos de rugby más importantes de la historia. Lo disputaron en Londres veteranos ingleses y argentinos de la Guerra de las Malvinas, con un balón bendecido por el papa Francisco. Los equipos estaban formados por jugadores de ambas nacionalidades, y lo trascendente no fue el resultado, sino el ambiente de emotiva reconciliación que se vivió en el “tercer tiempo”. Allí, en el pub, pudieron brindar y abrazarse quienes 30 años atrás intentaban matarse -hubo casi 1000 muertos-. Aquello de que el rugby es un deporte de animales jugado por caballeros volvía a hacerse realidad, como tantas otras veces.

Bastante antes de la guerra de las Malvinas, del final del apartheid o de la independencia de Irlanda, un estudiante de teología decidió romper las normas. Fue en 1823, durante un partido de fútbol. Webb Ellis, que así se llamaba el tipo, cogió el balón con las manos y corrió todo el campo para depositarlo en la portería contraria, sorteando a quienes intentaban detenerle. Había nacido el rugby, llamado así por la localidad donde tuvo lugar la ocurrencia. El tal Webb Ellis, sin embargo, no debió de valorar demasiado su invento, ya que se pasó al cricket e hizo carrera en la Iglesia, llegando a ser obispo de Oxford. Pero el nuevo deporte se popularizó enseguida, así que unos cuantos jóvenes de colegios bien tipo Eton o Cambridge se reunieron en un pub -dónde si no- y, entre pinta y pinta, acordaron las reglas. También quedaron en reunirse tras los partidos en señal de fair play. Hoy esa costumbre se conoce como “tercer tiempo”, casi más importante que los dos de 40 minutos que se juegan previamente.

En 1920, cuando Irlanda aún era parte del Reino Unido, soldados ingleses irrumpieron en el estadio de Croke Park, templo del deporte irlandés, y empezaron a disparar indiscriminadamente contra el público, matando a 14 personas. Aquel domingo de noviembre fue conocido desde entonces como Bloody Sunday, y quedaría marcado a fuego en la memoria colectiva. Por eso, cuando en el año 2005 la federación irlandesa de rugby decidió que se disputase allí un partido del 6 Naciones contra Inglaterra -desde el Bloody Sunday, en Croke Park sólo podía verse fútbol gaélico y hurling, vetando otros deportes por considerarse “extranjeros”-, el país entero contuvo el aliento. Pero de nuevo el rugby lo hizo posible. Durante la interpretación del God Save the Queen, los 82.000 espectadores irlandeses guardaron un silencio tan respetuoso como la ovación que dieron al acabar el himno. De paso, dejaron atrás un buen puñado de rencores.

Algo parecido sucedió en la final del mundial de rugby que disputaron Sudáfrica y Nueva Zelanda en Johannesburgo, un domingo de 1995. Las heridas del apartheid aún estaban abiertas, y el odio que larvaba el país llegó a rozar la guerra civil. La mayoría negra consideraba el rugby como el deporte exclusivo de la minoría blanca afrikáner, por eso lo despreciaban. Pero Mandela entendió que aquel partido era una ocasión única para simbolizar que la reconciliación era viable, empeñando su prestigio personal en ello. Los Springbooks no solo ganaron a los All Blacks; también dieron una lección de confraternidad, que tuvo magníficos resultados. De todo esto tuve ocasión de hablar con un veterano jugador de rugby argentino, superviviente de las Malvinas e historia viva de un deporte lleno de valores fundamentales.