Opinión

Diana Quer: ¿qué hacía sola a las dos de la mañana?

MACGUFFIN

Laura Crespo | Martes 13 de septiembre de 2016

Estaba claro. Desde que los padres de la joven madrileña Diana Quer denunciaron la desaparición de su hija en la localidad coruñesa de A Pobra do Caramiñal el pasado 22 de agosto se veía venir el circo mediático. Es lo que se conoce como MWWS por sus siglas en inglés, el Síndrome de la Mujer Blanca Desaparecida, que describe la mayor atención mediática que reciben las desapariciones cuando la víctima es una mujer joven, de físico atractivo, de clase media o media alta y raza blanca, y que algunas asociaciones de familiares de desaparecidos han denunciado durante los últimos días. Una tendencia prácticamente esencial de la cobertura mediática, hoy acentuada por la cultura del exceso informativo, el acceso fácil y los foros hiperabiertos que fomenta Internet. En una cadena que nace y muere en las redes sociales, ya tenemos una pequeña biblioteca audiovisual de cómo era Diana Quer, cómo vivía, qué le gustaba, quiénes eran sus amigos… y podemos emitir cualquier juicio de valor al respecto, faltaría más.

Dejemos a un lado la cantera de criminólogos formados en CSI –con especialización en Las Vegas, Miami o Nueva York- que pretende estos días resolver el ‘caso Quer’ en 140 caracteres. Navegando por Facebook, Twitter o los comentarios en las propias noticias de medios digitales, se puede tomar el pulso a un tic social que venimos arrastrando del pasado y que, aunque parezca superado, ni mucho menos lo está: el “ella se lo ha buscado”. Dicho (escrito) así suena fuerte, ¿no? Pero es un sentir generalizado que está ahí, entre líneas, y que enraiza con la todavía sociedad machista en la que vivimos, nos educamos, nos informamos y opinamos. Las aportaciones sobre la idoneidad de que “una chica” de 18 años volviera sola a su casa a las dos de la mañana o sobre si su forma de vestir era adecuada para salir sin compañía no han sido pocas.

El caso más flagrante, por no estar protagonizado por un usuario anónimo de Internet, sino por una de las grandes cadenas de televisión del país, es el del reportaje especial ‘Diana en la red’ que emitió Antena 3 el pasado 6 de septiembre. El espacio, de poco menos de media hora, repasaba el caso y trazaba un perfil de la desaparecida apoyándose en sus publicaciones en redes sociales. Cuentan que algunos amigos con los que estuvo la noche en la que se le pierde la pista aseguran que antes de irse a casa estuvo con un chico. “Que no es este”, dice la voz en off sobre una foto del perfil de Twitter de Diana Quer en la que besa a un joven. “Ni este otro”, continúa sobre otra imagen de la desaparecida junto a otro muchacho. Destaca la narradora que Diana no oculta sus relaciones de los últimos tres años en las redes sociales y que se mostraba “desinhibida”.

Aunque aún no sabemos si Diana Quer se marchó por su propio pie o se encuentra retenida, comentaristas y medios tienden a cuestionar la actitud de la víctima, repartiendo responsabilidades en caso de que alguien pudiera haberla dañado. Porque iba sola por la noche, no sentía vergüenza de tener relaciones y vestía como le daba la gana. El problema es que son actitudes a destacar como disonantes –y problemáticas- de acuerdo a la idea asimilada de lo femenino. ¿Se diría de un joven desaparecido que llevaba unos pantalones demasiado cortos?, ¿que volvía a casa solo? No lo creo. Porque es a las chicas que salen a una fiesta y beben cerveza a las que les pasan cosas malas. Las que flirtean y provocan con su ropa.

A las mujeres se nos infunde desde pequeñas un concepto de la seguridad distinto al de los hombres. Tenemos que estar atentas cuando andemos solas por la calle, y si podemos llevar las llaves entre los nudillos a modo de arma de defensa, mejor. Si sabes que vuelves tarde a casa, mejor no lleves una falda demasiado corta o tacones demasiado altos, mejor no llamar la atención. Sé discreta. No seas demasiado “desinhibida” con los hombres. Hay toda una estructura del miedo que se nos inculca desde la cuna: miedo a sufrir un tipo de agresiones que ocurren por el hecho de ser mujer, y toda táctica para evitarlas es responsabilidad nuestra, entendiéndose que, si algo falla, una parte de la culpa es nuestra por no haber sido precavidas.

Muchas de las reacciones al caso de Diana Quer no han hecho sino afirmar que existen este tipo de razonamientos. Las manchas pequeñas y sin importancia aparente esconden a veces enfermedades endémicas. Pero confío en que no estamos en fase terminal y que es cuestión de educación y generaciones que nos curemos. Porque no se trata de quien decide ponerse este o aquel pantalón, sino de quien cree que la forma de vestir de alguien es un pretexto válido para insultar o agredir. Así que, en lugar de dejarles escuchar en la tele que esa chica que ha desaparecido tenía muchos novios y salía a las fiestas de su pueblo, y permitir que hagan la relación equivocada, habrá que decirle a los niños y niñas que no; que una chica que va a su casa por la noche no va pidiendo nada; que las mujeres pueden tener tantas relaciones como los hombres, y disfrutar y hablar de ellas; que un pantalón corto o un escote no significa sexo consentido. Que ninguna mujer agredida ha hecho nada para buscárselo. Y así, sin la excusa aprehendida, puede que también se reduzca el número de agresiones.