Opinión

José Tomás: un año en los ruedos

José Suárez-Inclán | Miércoles 18 de junio de 2008
Ni quiere morir, ni es locura, iluminación mística, deslumbramiento ni ofuscación cerebral. Es extraño. Él es extraño porque su actitud -hoy más que antes, ahora más que nunca- es extraña. Tanto como consustancial al hombre. José Tomás tiene un compromiso con un lugar recóndito de su vida y lo quiere cumplir. Ese lugar, insondable y personal, que fuera en un tiempo público -en los tiempos heroicos- vuelve a hacerse tal, es decir, del conjunto, por la naturaleza de la tarea elegida: torear y dar muerte a un toro bravo en una arena cercada por la mirada de miles de personas expectantes.

Lo íntimo se desvela, la timidez se transfiere en gesto enardecido, y la luz y la sombra del animal y el hombre revelan en el ruedo circular un enigma misterioso y hermoso a descifrar que inunda la inteligencia y la emoción. El toreo, como el carnet del Atleti (la otra gran pasión de JT) es personal y transferible. En el toreo personal y transferible de JT, la ética le ha ganado el terreno a la estética, ha ocupado su lugar. El sitio, "ese sitio donde él se pone" del que todos hablan, no es sino un espacio ético; los enganchones en los engaños, que escandalizan a los estetas y son la puerta de la controversia, son vanos intentos del animal por desengañarle, conatos superficiales de romper y desbaratar el engaño, de disuadirlo de su labor; las cogidas, la seda rota, el oro por los suelos, la carne abierta, la sangre generosa, son consecuencia inevitable de su compromiso. Un compromiso que no busca la sangre pero no la elude y que en ningún caso es sangre gratuita. Es el corolario de una aparición: la de la dignidad sin tapujos, en carne viva, sin trampa ni cartón. Como en toda tragedia. El hombre trágico que todos somos mira al destino de frente, cita de frente al toro, y en ese espejo la dignidad deja reflejada las muy humanas virtudes del valor y la templanza.

La plaza entera se mira en el gesto sereno de Tomás, casi impávido; y se entusiasma con él, se contagia de él porque es una lección moral. Tan humano y antiguo espectáculo nos desborda la emoción y conmueve nuestros misterios hasta el extremo porque los hombres aún somos sensibles a las lecciones de dignidad. El año pasado, en esta misma fecha, JT volvió de su exilio a reencontrase con su destino. Entonces, en artículo para el diario El País que titulé “La nostalgia”, hablé de su vuelta como lo que propiamente significa el término: un deseo doloroso de regresar. Hoy, tras un año en lo ruedos, ganada con dignidad su condición de hombre, le podríamos atribuir las palabras que Homero brinda al héroe troyano en la Ilíada: “Al mismo Héctor palpitole el corazón en el pecho; pero ya no podía manifestar temor ni retirarse a su ejército, porque de él había partido la provocación”.

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