Al utilizar las palabras como reclamo, haciendo de éstas una especie de vacuas facundias, se pierde la elegancia de llamar a las cosas por su nombre. A veces los oradores se enrocan en algo imposible de digerir cuando se adentran en los agujeros negros de la oratoria hasta conseguir con ello darle al discurso un cierto toque de mamarrachada verbal.
Pedro Sánchez parece haber ingresado en esa especie de laberinto del fauno, lugar en donde la realidad y la ficción entretejen diferentes maneras de entrar y salir de la fantasía inverosímil. Se ha descolgado con una de esas frases inmateriales que retuercen a uno la psiquis: “Sobre el denominador común de la regeneración democrática puede pivotar una fórmula transversal que dé salida al bloqueo” Ahí queda eso.
“Las decisiones se toman en el momento de tomarse” Aquí la evidencia de Mariano Rajoy tampoco deja lugar a otra cosa para el menudeo, ya saben, si tomo ahora mismo una decisión queda claro que el momento ya no sirve para otra cosa que no haya sido para lo que ha servido. Es como invitar a alguien que no se mueve del sitio a que se quite y deje el lugar a otro que quiera hacer algo.
Otro ejemplo de oratoria lapidaria la encontramos en Antonio Miguel Carmona cuando dijo aquello de “O soy alcalde de Madrid o me muero” Aquí existe una clara disfunción oral, puesto que si este político lo que quería a toda costa era ser alcalde para no morir me parece lógica su aseveración, lo contrario, es decir, no ser alcalde y morirse era irrefutable para él. De hecho hoy ya está catalogado como un cadáver político dentro de su partido.
Lo cierto es que la demagogia, esa manera dedicada a soltar cumplidos sin estar penalizados por no considerarlo atentatorios, suelen acabar en la galería de objetos perdidos. No es para menos, dado que el oído ajeno es proporcional a la resonancia que percibe, dicho de manera coloquial, lo que por un oído entra por el otro sale. Aristóteles definió al demagogo como “adulador del pueblo” y en verdad que es una estrategia política consistente en apelar a emociones, ya sean sentimientos, amores, odios, miedos o deseos, encaminadas a ganar el apoyo popular, mediante el uso de la retórica y de la propaganda.
Esto no es nada nuevo, como ustedes bien saben la historia deja testimonios para todos los gustos, pero el denominador común es inocular en la ciudadanía cuanta mayor confusión sea posible y con ello ir desterrando cualquier atisbo de pensamiento inteligente. El demagogo no necesariamente conduce a las masas a la ilustración cultural, sino que las instrumentaliza para sus propios fines personales. Es bueno tenerlo en cuenta porque a mayor confusión ganancia del orador.
En estos tiempos en donde la mediocridad aventaja en varios cuerpos a lo que por correcto era materia de entendimiento, ahora resulta que los vulgarismos se instalan con el aval de cuantos comunicadores alaban el gusto de quienes lo provocan en sus declamaciones, de tal manera que según la cuerda y el color de donde proceda la mamarrachada así es el énfasis en el medio de divulgación. Esto que a simple vista pudiera ser anecdótico, no es otra cosa que el éter de los demagogos y de sus propios adláteres que lo circundan.
Está visto que cuanto más mediocre resulta el orador, mayor volumen de diapasón y peor la calidad de sus alegatos. El trabalenguas es un género jocoso de la literatura oral nada exento de habilidad para su dicción, pero eso sí, en boca de ciertos iluminados se convierte en un léxico tan indescifrable como vacuo haciendo bueno el juego con fonemas o estructuras silábicas inexistentes.
En fin, la realidad es que todo vale ante una preocupante degeneración de la democracia tanto de palabra como de obra. Es como si lo que nos ha servido hasta el momento hubiera que demolerlo hasta convertir esta sociedad en una escombrera y a continuación regenerar un nuevo sistema. Pero no se preocupen, según los demagogos después se levantará una zona cero en memoria de las generaciones perdidas y si te he visto no me acuerdo.