Esta semana termina con la Cumbre informal de presidentes y jefes de Gobierno de la Unión Europea en Bratislava, la capital de Eslovaquia. Será la primera vez que Gran Bretaña no acuda a una reunión institucional de la UE, y los restantes 27 Estados parece que quieren reaccionar al Brexit británico con ciertos signos de coherencia. La canciller alemana Merkel habló de situación crítica para la UE, y manifestó a continuación que “Debemos demostrar que podemos mejorar”. Jean-Claude Junker, unos días antes, afirmó en el Parlamento Europeo que la UE podría desintegrarse.
Es decir, Europa podría regresar al lugar de sus antiguos demonios nacionales. La “hoja de ruta” de Bratislava indica los tres problemas que amenazan desintegración: inmigración, desigualdad socioeconómica y terrorismo. Integración ha sido el concepto operativo durante años en Europa. ¿Entramos en una época opuesta?
En Bratislava se verá si existe una voluntad común para salvar la UE y sus valores democráticos originales. Pero Bratislava es solo una reunión informal. Después vendrá la Cumbre de Malta, y sobre todo, en la Cumbre de Roma de marzo de 2017 se sabrá si los europeos tenemos un camino común para avanzar en este panorama mundial inquietante. Puede ser elegido presidente Donald Trump, pero si gana Clinton, no está claro que tenga un rumbo firme en sus relaciones europeas.
La Cumbre de marzo próximo se celebra en la capital italiana coincidiendo con el 60 aniversario del tratado de Roma. En 1957 se funda el Mercado Común europeo, pero las claves de ese entendimiento de Alemania con sus antiguos enemigos (y pueblos víctimas) fueron que no se repitiera nunca una guerra como la que había acabado 12 años antes.
La idea de Europa no ha sido solo una propuesta de mercado común. Tampoco su heredero económico: el mercado único fue mucho más que mercado común, pues suponía la desaparición de las aduanas, impuestos indirectos acordados y moneda común. Ese modelo diferente es el que tenía Gran Bretaña, pues los gobernantes británicos habían conseguido no pertenecer a ninguna política común europea (ni siquiera la del euro). El drama del Reino Unido es darse cuenta que al salirse de la UE perderá el acceso al mercado único.
La propaganda de los anti-europeos británicos fundamentalmente ha sido el peligro de la inmigración de europeos del Este y de los refugiados e inmigrantes de Oriente Medio y de África. Parecido discurso desarrolla el primer ministro húngaro, Victor Orban, quien ha convocado un referéndum para el 2 de octubre, en el que pide a su pueblo que se pronuncie sobre su política restrictiva con los inmigrantes y refugiados. Orban va aún más lejos: quiere prohibir que entren en Hungría cualquiera que no sea cristiano. Los musulmanes no pueden ser recibidos en Hungría, y en Europa.
La idea de Europa surgió en paralelo a la Declaración de los Derechos Humanos, la base política, legal y moral del Consejo de Europa, creado en 1949, y que fue el fundamento profundo de una Europa que deseaba libertad y dignidad humana, tras años de totalitarismo y de guerras(1914-1945).
¿Podrá Víctor Orban aplicar una política diametralmente contraria a los Tratados de la Unión Europea y del Consejo de Europa? Si Hungría discrimina en sus fronteras por razones de religión, y la UE no reacciona de inmediato, la desintegración europea será imparable.
Yo confío que eso no ocurra. La única ventaja de la salida del Reino Unido será que la UE tenga menos reparos a expulsar a Hungría, al fin y al cabo un país mucho menos importante para el proyecto europeo.
La desintegración europea se produce cuando de nuevo aparecen juntos el populismo, la xenofobia y el nacionalismo. Europa se retrotrae a la primera mitad del siglo veinte. Es indudable que la crisis económica y el insoportable aumento de las desigualdades es el detonante de esos tres factores desintegradores. La desintegración también es interna y de cada Estado miembro de Europa. Por una parte, los jóvenes quieren creer en una Europa que ofrezca futuro laboral y también ideales no puramente consumistas. En el Reino Unido los jóvenes votaron mayoritariamente quedarse en la UE. Como dijo José Borrell esta misma semana, los jóvenes asumen que son unos nómadas cosmopolitas.
Pero los jóvenes son también objeto de las demagógicas campañas de los populistas de todo el espectro ideológico. El inmigrante quita empleos, y lo mismo sucede con la apertura de los mercados. Respecto de esta última afirmación, un estudio reciente demuestra que es falsa: se dejó de crear empleo cuando se detuvo, en esta última década, la apertura internacional de los mercados.
Y en cuanto a la inmigración, aún más claro. Europa es el continente más envejecido del mundo. Hoy tenemos unos 738 millones de habitantes, y en 2050, si no hay más emigrantes, Europa tendrá solo 707 millones de habitantes. ¡Necesitamos ese millón de refugiados e inmigrantes! Europa ha dejado de ser el centro del mundo por población. En 1900, Europa tenía 480 millones de habitantes, y África, un continente colonizado por los europeos, tenía entre 159 y 110 millones de habitantes. ¡Por eso también se pudo colonizar África! Hoy África tiene 1.186 millones de habitantes, y en 2015 podría llegar a 2.478 millones. Alemania, el país más poblado de Europa, en 2050 tendrá 8 millones menos de habitantes, mientras Nigeria, el país más poblado de África pasará de los 180 millones actuales, a 390 millones en 2050.
¿Podemos aspirar a influir en el mundo por nuestras libertades? Ese es el debate crucial.