J. F. Revel nos advirtió a finales de los ochenta que la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. Los españoles nos hemos enterado por los periódicos, como González cuando los GAL, que la primera de todas las fuerzas que mueven los decorados de la política nacional es la corrupción. Dirigidos por un científico llamado Atila (de tener caballo, imaginamos que será respetuoso con el medio ambiente), unos físicos húngaros trabajaban en un experimento para encontrar fotones oscuros disparando protones a una diana de litio. En el proceso observaron algo raro, solo explicable, de existir una partícula desconocida. Ahora están tras la pista de hallar la quinta fuerza de la naturaleza. Les llevará algún tiempo. Einstein no acertó a la primera: Noventa y nueve de mis conclusiones son falsas, a veces acierto a la cien, pero lo difícil es pasar de la noventa y nueve.
La Transición generó cuatro fuerzas de cohesión: la reconciliación entre los españoles, el consenso entre la clase política, la lealtad de los partidos regionalistas y la unidad de los partidos nacionales en caso de deslealtad de los anteriores. Cuarenta años después lo que mueve al régimen del 78, lo que hace y deshace pactos, lo que determina o no unas terceras elecciones en un año, es la quinta fuerza: la corrupción. Y muchos paisanos ya están hartos. Y otros tantos comienzan a empacharse por haber confiado en exceso en los políticos. Aquellos de la Transición ejercieron de referentes morales: integridad, honestidad y hasta valentía (algunos se jugaron su libertad y hasta su vida siendo opositores al franquismo). Los ciudadanos confiaron y delegaron en ellos como buenos gestores y servidores públicos para dedicarse a sus quehaceres cotidianos. A la larga, dejarles las llaves de casa, no ha sido una buena decisión. La aureola de infalibilidad y de eficiencia se esfumó y el clima ahora es de desconfianza y desafección, cuando no, resentimiento. La duda sobre ellos es razonable.
Según un proverbio indio quien monta un tigre no puede descabalgar cuando se le antoja. Rajoy y Sánchez, Sánchez y Rajoy, que tanto monta, viajan cada uno a lomos del felino de la corrupción en sus partidos y a pesar de sus deseos no logran poner pie a tierra. Cuando parece que pueden por fin bajarse, la taimada fiera acelera su paso y, como si fueran jinetes principiantes, se agarran inquietos y con zozobra a la bestia. Como el toro de Osborne, el tigre de la corrupción ya forma parte del paisaje nacional. Pero más que una dehesa con reses bravas, España parece una selva en la que las fechorías y los métodos de los corruptos dan lugar no a una lucha de hombres, sino de fieras. En política ha de tenerse una natural inclinación a jugar limpio. Otro proverbio, árabe, dice que cuando alguien te engaña, la primera vez es culpa suya, pero que a partir de la segunda, la culpa es ya enteramente tuya. Revel tenía razón.