Opinión

México: negar transición

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Carlos Ramírez | Miércoles 21 de septiembre de 2016

Allá por 1975, enviados especiales de la llamada PlataJunta de España anduvo por México en busca de espacios para explicar su propuesta plural de transitar de la dictadura a la democracia. En una reunión que hubo en el PRI mexicano --partido en el poder desde 1929-- con su dirigente Jesús Reyes Heroles, Santiago Carrillo deslizó la sugerencia de que México debiera también transitar a la democracia.

Conocedor del modelo español en ciernes y desde luego lector acucioso de José Ortega y Gasset, Reyes Heroles explicó que México no era una dictadura: tenía partidos de oposición, medios críticos, oposición creciendo, constitución social y reformas constantes. El movimiento estudiantil del 68 había sido sólo de protesta contra la represión de fuerzas de seguridad; y el ministro del interior en ese año hacia 1975 era presidente de la república que había alejado a México de los EE.UU., usaba un lenguaje antiimperialista y había defendido a Cuba y Chile durante Salvador Allende.

Hacia 1975 el debate político en México, en efecto, no usaba el concepto “transición” sino que planteaba el dilema fijado por la crisis política del 68: democracia más funcional o --entonces sí-- dictadura para mantener al PRI en el poder. La crisis del 68 llevó al poeta Octavio Paz a pronunciar una conferencia en Austin, Texas, en octubre de 1967 con un contenido crítico y luego ese texto fue reescrito en el ensayo fundacional de análisis político moderno Posdata.

La crítica al agotamiento del viejo sistema/régimen/Estado priísta había estado presente en las goteras del pensamiento político mexicano, aún dominado por el contenido histórico oficial: las hazañas nacionales de la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana; y fue justamente Octavio Paz quien aplicó la ciencia política comparada para demostrar que aún con contenidos progresistas y nacionalistas, un régimen podría ser dictatorial y represivo: México y la URSS, señaló Paz en Posdata, estaban llenos de monumentos a la revolución y cárceles políticas. La crítica al sistema político priísta comenzó justamente con Paz.

La caracterización del régimen mexicano es la misma desde 1958 a la fecha: un sistema autoritario, excluyente, dominado decrecientemente por el PRI. La dominación política del PRI fue autoritaria, pero principalmente política y de estructura de poder. En 1976 el escritor marxista José Revueltas, la conciencia más lúcida de la segunda mitad del siglo XX, reveló en su ensayo México: una democracia bárbara el secreto de la dominación priísta: un Estado ideológico total y totalizador, basado en la hegemonía del discurso de apropiación de la historia por la élite priísta, una dominación por la ideología; pero también, decía, por el control de las relaciones sociales y de producción al interior del PRI, dejando entrever que el modelo de partido era más fascista y corporativo que tradicional.

En efecto, la clave de la dominación priísta ha estado en el PRI, cuya estructura fue creada por el presidente Lázaro Cárdenas del Río al transformar al Partido Nacional Revolucionario --creado a imagen del fascismo nacional socialista alemán-- en un espacio de representación social y productiva de las clases: trabajadores, campesinos y organizaciones populares nacieron como corporaciones del poder; la inteligencia política de Cárdenas, de acuerdo con una apreciación del politólogo Arnaldo Córdova, llevó a organizar a las clases productivas como masa, no como clase; y el sector empresarial hubo de negociar con el PRI y los propietarios pasaron a ser así sectores invisibles del sistema.

El sistema político priísta fue la estructura de operación, bajo control del gobierno, del presidente de la república y del Estado, de la lucha de clases; ha sido un modelo comunista pero sin dictadura represiva, aunque sí bárbara, como decía Revueltas: la política dura por parte del gobierno pero en nombre de la Revolución Mexicana, de Cárdenas, Madero, Juárez e Hidalgo, los héroes ideológicos --modelo Carlyle-- de la Historia (con H mayúscula) nacional.

Lo malo ha sido que este modelo de dominación priísta se ha ido desarticulando con la despriización de la sociedad; hoy el PRI apenas acredita 5 millones de militantes, apenas el 6% del padrón electoral y su votación previsible para las presidenciales del 2018 apenas llega a 22%. La oposición sigue no sólo abajo del PRI sino fragmentada en ocho partidos, y en muchas ocasiones ha votado con el PRI reformas constitucionales de operación del sistema productivo de mercado.

La protesta social, las movilizaciones en las calles y carreteras que han llegado a paralizar la vialidad y la baja en la votación por el PRI han mostrado ya el fin histórico del sistema/régimen/Estado priísta y que ha llegado la hora de transitar de ese modelo autoritario a una estructura no priísta de dominación. El debate radica en que no se trata de exigir la democracia que ya existe, sino más bien de estructuras de equilibrios de poderes, de leyes que dinamicen el funcionamiento de las clases y de un poder judicial vigilante de los otros dos poderes. Es decir, México requiere de lo que nunca ha tenido: una república de instituciones, porque los líderes del centralismo en la primera mitad del siglo XIX, los liberales juaristas de mediados de ese siglo, la dictadura de Díaz y la hegemonía del PRI de 1917 a la fecha han impedido la democracia republicana.

La presidencia de la república, el sistema de partidos, las leyes electorales, el poder judicial, el sistema de representación legislativa, las funciones del Estado y el sometimiento ideológico de parte de la sociedad han pervertido los avances democráticos a favor del PRI y a pesar de su condición minoritaria. De ahí la certeza de que México debe transitar del sistema de dominación priísta a una democracia de instituciones ajenas al PRI. La crisis, el caos y las protestas crecientes revelan que México transita a un sistema/régimen/Estado de instituciones o terminará como Venezuela, en el mejor de los casos.

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