Opinión

Terceras elecciones, tres corrientes históricas y la tragedia hoy

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 23 de septiembre de 2016

La posibilidad de que haya unas terceras elecciones aparece como un destino trágico, algo así como un “fatum” o hado fatal de las tragedias clásicas. Humorísticamente recurriría al vaticinio marxista (no de Groucho sino de Karl Marx, igualmente genial) que afirma que los grandes hechos y personajes aparecen dos veces, una vez como tragedia, la siguiente como farsa.

Esa oscilación entre la risa y el espanto que me produce la vida política de hoy, me ha conducido de nuevo hacia los clásicos. Johann W. von Goethe, con su penetrante inteligencia (que admiraba intensamente Karl Marx), escribió sobre la naturaleza de la tragedia clásica, y sostuvo que, como género definido por los griegos y romanos, desde Esquilo hasta Séneca, desaparecería con la consolidación del cristianismo como civilización europea.

Para Goethe, el héroe trágico, sea Edipo o Medea, después de terribles pruebas, encuentra en su muerte la aniquilación absoluta. Los espectadores de la tragedia experimentan entonces la famosa “catarsis”, una mezcla de miedo y purificación mental, una práctica moral propia de pueblos, como el ateniense y el romano, cuya religión y sus divinidades eran inmanentes a la sociedad y al Estado (de ahí la importancia sagrada de la Ley en la Polis).

Por el contrario, el cristianismo es una religión transcendente, en la cual siempre hay esperanza después de la muerte, que no será aniquilación absoluta del ser humano, sino que éste vivirá eternamente, bien que en el Paraíso, o bastante menos bien, en el Infierno. Con el cristianismo ya no hay tragedia, porque el ser humano, aunque no confíe en la virtud de las leyes del Estado para salir del valle de lágrimas que es la vida, sabe que siempre hay esperanza por la pasión de Cristo (cuya muerte niega la noción clásica de la tragedia).

A través de un complejo proceso que hicieron, en gran medida, los cristianos ingleses y norteamericanos, la invención de la democracia representativa (distinta de la democracia ateniense, como nos enseñó Constant) abolió la tragedia en política. La democracia es imprevisible, pero mientras siga en vigor, es decir, mientras la Ley impere en la Polis, siempre habrá esperanza con soluciones pacíficas. Podrá haber drama en política, pero los destinos fatales no se dan mientras las leyes de la democracia se respeten.

A la luz de estas consideraciones, compararé la crisis que comenzó en 2008, con la anterior, la de 1929-1945, en tanto ambas crisis afectaron a las instituciones democráticas de un lado y otro del Atlántico.

A partir de 1929 entraron en confrontación tres modelos políticos, los tres convencidos de su respectiva superioridad: la democracia liberal representativa, el comunismo-leninista y el caudillismo nazi-fascista. En realidad, esa pugna por dominar los Estados europeos venía de los mismos tiempos de la Revolución Francesa del siglo dieciocho: los gobiernos constitucionales estuvieron muchas veces amenazados por la política revolucionaria, y a la vez, por la reaccionaria. En los años treinta, la democracia representativa estuvo a punto de sucumbir por la acción simultánea de comunistas y fascistas, dos fuerzas que entonces coincidían en su totalitarismo estatal y en su crítica al libre mercado.

Aunque comunistas y fascistas eran ambos revolucionarios, el sentido trágico sólo estuvo entre los seguidores de Lenin y Stalin: el comunismo era un destino inexorable, ante el cual se produciría la catarsis que alumbraría una sociedad y un ser humano nuevos. El capítulo que Karl Schlögel dedica al proceso y ejecución de Nikolái Bujarin, en su impresionante obra titulada “Terror y utopía. Moscú en 1937”, describe perfectamente lo que es la tragedia, según Goethe. Bujarin, condenado a muerte por ser “desviacionista de derechas”, se despide de Stalin, y de sus secuaces, sabiendo que le han acusado sin pruebas, con estas sinceras palabras: “siento hacia vosotros, y hacia el Partido y toda la causa, un amor grande e infinito.” Stalin estaba completamente equivocado, pero Bujarin creía entender el destino comunista.

En la actualidad ya no existe alternativa revolucionaria. Pablo Iglesias, de Podemos, y Alberto Garzón, de Izquierda Unida, siguen en la higuera de imposibles rupturas. En realidad, pretenden seguir con su mantra electoral, y para ello se niegan a extraer las conclusiones del fiasco revolucionario de Syriza en Grecia. Hasta el lehendakari Urkullu ha aprendido del fracaso rupturista de Ibarretxe cuando dice:”La independencia en el siglo XXI es como hablar de imágenes del pasado. Es imposible que hoy un Estado se pueda declarar independiente”.

Hoy, frente a la democracia representativa, sólo queda la alternativa del populismo. Como sucedió y sucede en toda política reaccionaria actual, el populismo puede ser revolucionario. Iñigo Errejón es un populista, y podría tener más recorrido que sus compañeros Iglesias y Garzón, cuya revolución es una pesadilla de muertos vivientes. Pero con otros registros, el populismo es el fantasma que se pasea triunfante en la Unión Europea.

Pedro Sánchez y el PSOE parece que siguen mirando los hechos como si la tragedia aún existiese todavía. Es cierto que las actuales circunstancias les conducen a un destino fatal, con las terceras elecciones. “No es que no” resume el criterio contrario del secretario general del PSOE, y el Comité Federal, hasta ahora, mantiene el mismo rechazo a que Rajoy sea investido. Pero el Comité Federal puede modificarlo completamente, pues un órgano democrático y plural debería estar reñido con trágicas posturas, y aunque Pedro Sánchez no puede ser censurado por ese Comité, ya que su legitimidad procede directamente de los afiliados, el órgano máximo del PSOE conserva la capacidad de decidir cuestiones como la alianza con otras fuerzas políticas, y esa posibilidad no puede depender del criterio de una parte de la dirección del Partido.