TRIBUNA
Natalia K. Denisova | Sábado 24 de septiembre de 2016
Las sabias advertencias no funcionan. Ejemplo es el sutil aviso que hizo José Ortega y Gasset en 1927: “La juventud, estadio de la vida, tiene derecho a sí misma; pero a fuer de estadio va afectada inexorablemente de un carácter transitorio. Encerrándose en sí misma, cortando los puentes y quemando las naves que conducen a los estadios subsecuentes, parece declararse en rebeldía y separatismo del resto de la vida. Si es falso que el joven no debe hacer otra cosa que prepararse a ser viejo, tampoco es parvo error eludir por completo esta cautela. Pues es el caso que la vida, objetivamente, necesita de la madurez; por tanto, que la juventud también la necesita. Es preciso organizar la existencia: ciencia, técnica, riqueza, saber vital, creaciones de todo orden, son requeridas para que la juventud pueda alojarse y divertirse. La juventud de ahora, tan gloriosa, corre el riesgo de arribar a una madurez inepta. Hoy goza el ocio floreciente que le han creado generaciones sin juventud.” Ortega, siempre sabio, nos da la clave para entender la madurez inepta de las nuevas generaciones de europeos.
Recordemos, amigo lector, que hace unos meses presenciamos un encuentro de los jóvenes en la Puerta del Sol, que acudían allí en manadas para cazar “pokemones”. Algunos miraron el acto con cariño paternal, nos reímos e hicimos chistes. ¡Que se diviertan! Mientras los jóvenes estén contentos, los padres tampoco se preocupan. Vivimos en un mundo feliz, donde los padres luchan por quitar los deberes escolares a las pobres criaturas agobiadas por el colegio. Es imprescindible aliviar del estudio a los niños, alegrar la vida de los estudiantes, inculcar que la vida corre rápido y el único provecho es poder disfrutar de cada instante con el mínimo esfuerzo. No sé muy bien qué es más falso: la doctrina predominante que acabo de describir o los juegos de la “realidad aumentada”, como el de Pokemon. Se me trasluce, que lo primero es más falso y, además, resulta más cruel. Los sofisticados juegos de la “realidad aumentada”, por lo menos, advierten desde el principio que son “juegos”, mientras que la doctrina de la “vida sin esfuerzo” es inculcada como una gran verdad hasta que, tarde o temprano, un mozo descubre que las nubes no son de algodón de azúcar.
Prestemos atención, el dato lo merece: la edad de los adictos al juego de Pokemon se mueve entre 25 a 35 años. Ya no son niños de la primaria, que dedican horas y horas a cazar a bichitos, sino jóvenes en su plena madurez. O, por lo menos, así debiera de ser: a partir de los veinte uno normalmente se dedica a conquistar su lugar en el mundo, si no el mundo entero, embriagado por la energía rebosante y por la plena creencia en las propias fuerzas. Sin embargo, no es así. El periódico británico The Guardian ha alarmado sobre el estado de “prolongada adolescencia” (suspended adulthood) que viven la mayoría de los jóvenes británicos de 18 a 30 años sin independizarse de sus progenitores y sin ni siquiera pensar en la posible salida de la casa paterna. Al conocer el dato, los ingleses, gente sensata y pragmática, se ha inclinado a la creación de un ministro que se ocupe del problema de la juventud sedentaria. Señalan como razón principal de ello las dificultades económicas, el desempleo, los gastos que implica separarse del regazo familiar.
Tendrán razón los sabios isleños, pero ¿acaso hubo algún tiempo en el pasado donde los jóvenes no tuvieron que probar sus fuerzas ante un mundo de difícil abordaje? La parte verdaderamente demoledora de esta encuesta revela que los jóvenes británicos (podríamos generalizar diciendo europeos) se perciben como desgastados, con baja autoestima y sumamente preocupados por el futuro (54% entre las mujeres y 39% entre los varones). Agobiados. Acorralados por los propios miedos se quedan quietos sin proyecto de vida y, como consecuencia, con pocas cosas que hacer. Entonces, no debe sorprendernos que más del 30% crean que tienen problemas de salud mental. ¡Y ésta, saber si uno está o no loco, es la principal preocupación de gente, entre 25 y 20 años, que es la edad, según todos los psicólogos, que antes caracterizaba la extrema confianza en sí mismo! La cosa es dramática. Para pensarla. La vida, sin duda, es para disfrutarla. Pero cuando la misma noción del gozo, de felicidad, está reducida al elemental consumismo, entonces no queda más que volver a releer a los clásicos del pensamiento español. Me vuelvo a Ortega.