Opinión

Terrorífico verano

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 24 de septiembre de 2016

Muy pocas teorías de la rigurosa Física que le enseñaron en el Instituto los excelentes catedráticos que tuvo la fortuna de que fueran sus inolvidables docentes, recuerda o conoce ya el anciano cronista. La única excepción es, por su simpleza y plasticidad, la de los vasos comunicantes; y ello tal vez más por su cuotidiana expresión en la vida cultural y política de su amado país que por efecto de una deseada, pero no poseída mínima erudición en las llamadas ciencias “puras” o experimentales.

Naturalmente no tendrá aquel el pésimo gusto de hacer ni remota alusión al desastrado panorama que en el horizonte parlamentario presentó el estío que acaba de dejarnos. Con su pan se lo coman los representantes que hemos elegido en pleno uso de nuestras facultades cívicas e intelectuales, y que nos sirva de algún escarmiento, pues sería suicidarnos colectivamente imaginar que en las jóvenes generaciones no se reclutarán algunos hombres de Estado y vocados servidores de la comunidad plenos de ilusión, competencia y entrañado amor a la nación que los viera nacer. En íntima relación con su desmaña e indigencia de actitudes y aptitudes, la actualidad nacional del urente verano de 2016 ofreció una variada muestra de déficits, manquedades, atrofias, retrasos, incumplimientos y demás ejemplos de una sociedad gravemente enferma en su estructura y funcionamiento. Dichos males tienen, como es harto sabido y padecido, viejas raíces; pero tal vez en el pasado trimestre vacacional su patencia ha llegado a herir con particular intensidad la mirada de los muchos integrantes del buen pueblo español que se atrevieran hacer una recapitulación de sus idas y venidas en una estación singularmente ocasionada a la reflexión y contemplación morosas.

Por supuesto que el articulista no va a sustituirlos en tarea a la vez tan desapacible como necesaria y urgente para intentar paliar los –en el lenguaje de los admirados regeneracionistas del cruce del siglo XIX al XX- muchos males de la patria. Solo se atreverá a exponer coram populo tres o cuatro ejemplos bien desagradables e instructivos de un país empeñado en ir a la deriva. En la ciudad en la que tiene la suerte de estar avecindado, algunas de sus incomparables gentes olvidaron por unos días su tradicional buen quehacer y semejaron hacer huelga encubierta de parte de sus deberes sociales. Servicios públicos y privados dejaron al descubierto auténticos continentes de desidia e irresponsabilidad. Agencias de transportes que parecían haber sustituido el vehículo motorizado por el asnal; grandes almacenes y relevantes establecimientos en el ámbito de las publicaciones en los que los formularios de peticiones –unas urgentes y otras no- daban la impresión de haberse volatilizado por ensalmo; organismos edilicios de pétreo silencio ante las demandas más perentorias de una ciudadanía alarmada; teléfonos descolgados en administraciones y despachos varios; reiterados fallos en cadena y, larrianamente, insistentes “vuelva Vd. en el otoño”. Y, por doquier, la ausencia más absoluta de asunción de deberes y competencias…

Excepciones las hubo, claro es. Al cronista le agradaría sumamente dejar constancia de su gratitud individual y cívica de la diligencia, trato exquisito e imponderable eficacia de un policía nacional destinado en una comisaría ubicada en el barrio de más acendrada belleza de la refulgente –en materia estética…- de la ciudad ahora innombrable.