Lunes 26 de septiembre de 2016
La holgada victoria del PNV no es suficiente para gobernar en solitario, por lo que necesitará pactar. Por otro lado, se esfuma la hipótesis de un eventual “frente de progreso” de Bildu, PSOE y Podemos que el propio Pedro Sánchez se había atrevido a insinuar: si el PP apoyase al PNV, sumarían más escaños que todos los demás juntos.
En escaños precisamente empataban populares y socialistas, lo que jamás había ocurrido en Euskadi. Semejante batacazo electoral, casi equiparable al de Galicia -donde el PSdG obtiene el peor resultado de la historia; casi una constante desde que Pedro Sánchez está al frente del partido-, hace que el mapa de la izquierda cambie ostensiblemente. Las sinergias de Bildu y Podemos son más que evidentes, relegando al PSE a cuarta fuerza política, y además empatada con el PP.
Por otro lado, parece claro que el soberanismo en Euskadi ha retrocedido de forma ostensible. El discurso del propio Urkullu, de hecho, nada tiene que ver con los de Ibatteche o Arzallus, con unas dialécticas felizmente superadas. El PNV no va a renunciar a sus reivindicaciones históricas, pero sus actuales líderes han tomado buena nota del desastre que está suponiendo para Cataluña la deriva secesionista de lo que era CiU -ya extinta-, y quieren evitar que algo así les suceda a ellos. Corresponde, pues, a Iñigo Urkullu, decidir si gobierna con antisistema y proetarras o con opciones constitucionalistas.
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