Opinión

¿Salus politicorum suprema lex?

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 26 de septiembre de 2016
“Salus publica suprema lex”. ¿Y la salud del político? ¿Existe un derecho a saber y, en correspondencia, una obligación de comunicar? El tema se plantea ante la opinión pública cada cierto tiempo, y en estos días vuelve a salir al ágora al hilo de las elecciones presidenciales norteamericanas del próximo mes de noviembre.

La actividad política profesional supone un innegable desgaste físico y emocional (al margen de si el deterioro es mayor cuando se está en el poder o en la oposición, por rememorar la célebre observación atribuida a Andreotti) y, por otra parte, exige estar en plenitud de condiciones, dada la mencionada intensidad de la misma y la trascendencia de las decisiones que lleva aparejada.

Es este un tema que no suele aparecer en los manuales de Ciencia Política ni, con carácter general, ha ocupado las reflexiones de los estudiosos del poder. Y ello a pesar de que es un tema tan antiguo como la res publica. Alejandro y César sufrieron epilepsia, inicialmente ocultada, y, para cuando fue conocida, pudo ser “vendida” como “la enfermedad de los dioses”. Por lo general, primaba el ocultamiento (en muchos caso con el fin de no abrir la tantas veces temida crisis sucesoria, llegándose hasta el ocultamiento del mismo fallecimiento), algo posible en unas sociedades en las que el mandatario aparecía rodeado de misterio, siendo pocos los que podían compartir su entorno o, incluso en algunos contextos, contemplarlo.

El advenimiento del liberalismo democrático (o pseudodemocrático en sus primeras etapas) y la conformación de la moderna opinión pública por mor del papel de los incipientes medios de comunicación cambiaron la situación, insertando la cuestión en el debate político. Baste recordar para ello la pugna entre Pitt y Fox a propósito del estado del Rey Jorge III, y la necesidad o no de que su hijo asumiera la regencia. Sorpresiva también para la opinión pública fue la revelación del estado mental del exitoso (había desplegado sus artes con maestría en el Congreso de Viena) Ministro de Exteriores Castlereagh, quien se suicidó en 1822. Avanzado el siglo, no faltando incluso la ocultación (por otros motivos más escabrosos) de las circunstancias concretas de la muerte de un Premier, Palmerstone, será la avanzada edad de los gobernantes la gran cuestión, con las dudas sobre la salud de Disraeli o la persistencia en aguantar hasta el final del viejo Gladstone, empeñado a pesar de sus más de 80 años en solucionar la cuestión irlandesa. La nueva política del siglo XX será en principio implacable con la debilidad y, así, Bonar Law ha de dejar Downing Street ante el diagnóstico de un cáncer (que en pocos meses lo llevaría a la tumba), lo que, por cierto, abrirá una crisis profunda en el partido conservador. Frente a ello, y mucho más recientemente y en otro contexto, Mitterrand esconderá con celo una enfermedad similar, finalmente revelada ante las cámaras de televisión, en unas imágenes aún sobrecogedoras.

Pero, sin duda alguna, es en Estados Unidos en donde el tema que nos ocupa ha cobrado mayor importancia, en conexión con la desnudez total que se exige de los Presidentes en ejercicio y, más aun, de los candidatos a ocupar la Casa Blanca. El hegemon mundial requiere de un piloto en perfectas condiciones. En relación con esto último es recurrente el debate acerca de la edad de los candidatos presidenciales (curioso, por otra parte, en una sociedad cada más envejecida), cabiendo recordar las inmisericordes críticas a Eisenhower (especialmente en su segundo mandato), a Reagan (resueltas dialécticamente por éste de manera insuperable en su célebre debate con Mondale), al honorable McCain (a cuya edad se “unían” las secuelas de su cautiverio en Vietnam) o en estos días a Hillary Clinton y al propio Trump. La situación descrita contrasta sobremanera con lo que era habitual y, es más, se requería en otros tiempos: experiencia e incluso avanzada edad, siendo frecuentes las limitaciones de edad mínima (el propio nombre de Senado es bien ilustrativo de ello). A lo señalado habría que añadir el hecho de que en un país y un sistema político dominado como ningún otro por la imagen (aunque este rasgo se ha extendido ya, con carácter general, a la política contemporánea) se exige buena apariencia, “desechándose” los candidatos sin buena “presentación” (enfermedad y, según los disparatados cánones modernos, avanzada edad serían incompatibles en muchos casos con tal requisito).

Por lo demás, esconder las debilidades del principal mandatario del mundo ha estado y está a la orden del día. Desde que el Presidente Harrison muriera apenas un mes después de haber jurado el cargo como consecuencia de una neumonía debida a no haberse puesto abrigo en la fría mañana de Washington en que tuvo lugar tal ceremonia, el celo por no mostrar ningún signo de debilidad, o minimizar los ya revelados, particularmente en el contexto de la guerra fría, no dando bazas al rival exterior o interior, ha sido la tónica habitual. Tumor oral de Cleveland, apoplejía de Wilson, polio e invalidez del segundo Roosevelt (la enfermedad era conocida, pero no se le mostraba al público en silla de ruedas), problemas cardíacos de Eisenhower, enfermedad de Addison de Kennedy, afición al alcohol de Nixon, cáncer de Reagan… Y eso sí, conocida la enfermedad (caso de Eisenhower o Reagan), ésta se ha situado en el centro del enfrentamiento político, algo desconocido en otras latitudes.

Es este un tema delicado como pocos, pues la salud es seguramente (podría afirmarse que incluso más que la orientación sexual) lo más íntimo de una persona. La indagación o pesquisa sobre el historial médico o la propia exhibición motu proprio de análisis clínicos es algo que bien cabe calificar como obsceno y degradante. El examen de los candidatos o los ya mandatarios cual ejemplares de una feria de animales de los que se predica o alardea sobre su portentosa salud no deja de ser un signo más de que algo no termina de funcionar correctamente en nuestras modernas sociedades. No es admisible, pues, una especie de selección genética de los “optimi”.

Distinto de lo anterior es el que, en ejercicio del poder, un mandatario sufra una enfermedad que le inhabilite para ejercer el cargo. En este punto el propio sentido de la responsabilidad del dirigente debe aconsejarle el abandono de la plaza pública. No faltan ejemplos de ello, cabiendo citar en nuestro país el de un Cambó que diagnosticado un cáncer de garganta, y a pesar de que había llegado su hora política, vaticinándosele como futuro Presidente del Gobierno, decidió retirarse de la política para garantizar su recuperación. Más recientemente, y con particularidades evidentes, tenemos el sobrecogedor ejemplo de Benedicto XVI. Con todo, ha de reconocerse que la pulsión normal por parte del mandatario es a continuar en el cargo “a pesar de todo”, ya sea por un mal entendido sentido de Estado o, menos confesable, simplemente por la atracción del poder. Para tales supuestos, límites en todo caso, los diferentes sistemas constitucionales prevén la incapacidad como causa obligada de cese. Es decir, los ordenamientos tienen remedios, si bien han de reservarse para las situaciones particularmente graves. Cabe evocar un caso particularmente “claro” como fue el que desembocó tras un derrame cerebral y posterior coma (que duraría hasta su muerte en 2014) en la incapacitación del primer ministro israelí Ariel Sharon (el primero acaeció en enero de 2006 y la declaración oficial del cese en abril de dicho año).

Justo es reconocer que habrá supuestos más difíciles de solventar y, por tanto, polémicos. En relación con ello, podría resultar conveniente una regulación más precisa y detallada de la cuestión (así, por ejemplo, en el ordenamiento español existen numerosas lagunas al respecto), si bien con la premisa de que “con la salud no se juega”, ni siquiera con la de los políticos. Únicamente en los casos de imposibilidad, de previsible mantenimiento en el tiempo, de ejercer las altas responsabilidades públicas cabría que la opinión pública, en definitiva, el propio sistema, hiciera de médico.

Poder y debilidad son términos antagónicos. De ahí que tradicionalmente se haya considerado que la enfermedad es incompatible con el primero. Es hora de normalizar la enfermedad (algo difícil en una sociedad que solo quiere lo bello, y, en general, buenas noticias), incluso tras los muros de la Ciudad Prohibida.