Opinión

Manifiesto blanco de Sitges (I)

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Viernes 30 de septiembre de 2016
Esto es muy importante y no se dan cuenta,
pero más tarde se darán.
García Lorca a Sebastià Gasch, 1928.

Conozco Sitges y sé que es un pueblo blanco. Por eso me admiraría verlo entregado al amarillismo. Pero como vivimos una época nueva, de una intensidad poética imprevista, arriesguémonos a imaginar.

Supongamos que un huésped de Sitges se calza sus abarcas de neumático y echa a rodar por la villa con feliz mansedumbre. Está de vacaciones y todo a su encuentro se le antoja cordial y habitable. Hasta que de repente se topa con un plafón cerámico que dice: “La cultura actual de Catalunya és inservible per a l’alegria de la nostra época. Res de més perillós, més fals i més adulterador”.

Pero què és això?! El paseante, que gusta de hablar en catalán porque otra lengua no siente, se frota los ojos. Pero ha visto bien. De hecho, cuando rodea el monolito lee atónito en su reverso: “Ens limitem a assenyalar el grotesc i tristíssim espectacle de la Intel·lectualitat catalana d’avui, tancada en un ambient resclosit i putrefacte. L’Amic de les Arts”.

El huésped intenta aparcar el asunto; quiere seguir gozando de su ocioso deambular por la blanca Subur. Pero pronto le asaltan otras dos novedades: un socavón donde antes estaba el Monumento a Facundo Bacardí; y la modificación del nombre de su añorada Carrer de L’Illa o Isla de Cuba, por el de Ronda de la Universitat Sitgetana.

Conturbado, nuestro andariego huésped enfila hacia el Baluarte para aventar la mirada en el horizonte sin tradición. Pero al pasar por la Plaza del Ayuntamiento lee incrédulo en su fachada: “Antiguo castillo de Sitges, parcialmente destruido durante el asedio que en 1649 expelió al invasor gavatx de la villa, devolviendo a sus hijos a la natural obediencia y gracia de S.M.: ‘Conozca el Principado, à costa de tan desdichada experiencia, que necios son los que en las rebeliones se prometen felicidades; i quite la mascara a esos fingidos patricios, que en llamandose con falso zelo defensores de la libertad de Cataluña, an sido los maiores enemigos della. Pues no hizo su Magestad en Cataluña guerra de enemigo, sino de Padre’. Alexandro de Ros”.

Casa de orates

La mare que als va pari!!!, apostrofa ya el pateado huésped. Y tras serenarse aguardando su turno en la Oficina d’Atenció Ciutadana –departamento de Información General sobre la Villa, sección Parque Histórico y Cultural Suburense–, pregunta al funcionario de servicio: ¿Podría, si us plau, explicarme la racionalidad de ciertos cambios que he observado en la nomenclatura y honoríficos del espacio público?

Usted dirá. ¿Qué significan, para empezar, esos insultos a nuestra cultura, firmados por un tal Amigo de las Artes? Esas leyendas, señor, pertenecen al Manifest Groc o Manifiesto Amarillo de Salvador Dalí, Lluís Montanyà y Sebastià Gasch, publicado en la señera revista local L’Amic de les Arts en 1928, y presentado por sus autores en este municipio en marzo del mismo año.

Home no foti! ¿Y no tenía otras frases, el manifiesto ese? El Manifest Groc es, en su integridad, el documento literario más influyente de la vanguardia catalana. Y en Sitges nos tomamos muy en serio a nuestros artistas: El nostre compromís amb la cultura del País es absolut.

Por supuesto, pero… ¿Y por qué, si es tan amable, han cambiado el nombre a la emblemática calle Isla de Cuba? Era necesario depurar la exaltación del botín indiano. Como usted sabrá, la participación de los catalanes en el tráfico y explotación de esclavos durante la sacarocracia cubana es un hecho incontrovertible; ahí están los estudios de Moreno Fraginals, Josep Mª Fradera o Jordi Maluquer de Motes.

Queda por determinar, es cierto, la implicación suburense en el mercado de brazos entre 1789 y circa 1880. Pero lo principal es que Sitges debe su resurgimiento al comercio ultramarino de entonces, y que por lo tanto tiene una deuda histórica en relación con la trata de negros, indios y culis chinos. Porque seamos claros, ¿realmente hay tanta diferencia entre enriquecerse por medios de esclavos, y hacerlo en medio de una economía asentada sobre los mismos? Quina bestiesa! Exacto. Tal es, efectivamente, la postura de este consistorio.

Entonces, el Monumento a Bacardí… Una lástima. Hubo mucho debate. Don Facundo fue un genio, el más grande de nuestros indianos. Y ante todo un patriota que, durante la primera sublevación isleña de 1868, se unió al Círculo Español de Santiago de Cuba para preservar y promover el elemento peninsular que nos hermana. Pero ya sabe, bastan dos pijadas en un libro cualquiera para que la envidia y el resentimiento pongan en marcha el rodillo implacable de la corrección política. ¿Algo más?

Bfff, pues…, esa lápida que he visto afuera sobre la Guerra del Segadors… ¿La guerra de qué? Ah, se refiere al admonitorio sobre aquella insensata rebelión doméstica durante la guerra franco-española del XVII: Amargo pero lúcido. Eso dictaminó el consorcio de patrimonio.

¡Si es delirante! ¡De un anticatalanismo sulfúrico! Y yo le recuerdo, amablemente, que este cabildo representa el clamor soberano del pueblo de Sitges. Y que ese mal llamado anticatalanismo es una de las hechuras que tenemos en Cataluña para afirmar nuestra personalidad. Así lo estima nuestra Regiduría de Cultura, siguiendo el encastado criterio de Milá i Fontanals o Camprodón Lafont. Lo que abarca los regaños del pronotario Alexandro de Ros –deán y canónigo de la Santa Iglesia de Tortosa–, desde el desencanto de su destierro napolitano. ¿Delirante, dice? Delirio es revolverse en armas contra uno mismo, en alianza con un enemigo que sólo quiere robarte el Rosellón: Bon dia tingui.

Razones de Edipo

El huésped sale del Ayuntamiento desfondado. Tenía preguntas y ha obtenido respuestas. Buscaba razones y se las han dado. Pero le sucede, como diría Pla, lo mismo que a cualquiera cuando se encuentra un muerto en casa, por muchas teorías que tenga uno sobre la muerte. Que va y se dice: No estoy conforme.

Y bien comprende, al escamado huésped, quien esto escribe. Porque tampoco yo estoy conforme con la hispanofobia programática que hallé este verano, en el parque público suburense, al apacible paso de mis abarcas. Doy tres ejemplos.

No estoy conforme, en primer lugar, con la eliminación en 2013 de los nombres Plaza de España y Calle de España, existentes en Sitges desde las mocedades de Alfonso XIII. Y es que no me convence eso del ejercicio de memoria histórica local para recuperar antiquísimos y originales topónimos. Pues este huésped juraría que dicho cepillado se debe más bien a lo que declararon sus impulsores entre su moción de 2012: Romper en todos los niveles que tengamos al alcance con el Estado Español, que expolia y asfixia al pueblo catalán, incluyendo el referente a la simbología y toponimia españolas todavía existentes en nuestras villas y barrios.

Tampoco me ahormo a la destrucción oficial, en 2014, del plafón cerámico erigido durante los años 70 en recuerdo de quien fue, en palabras del insigne cronista suburense Ventura Sella: “Un dels millors cronistes del seu temps, per no di el millor. Ens referim a César González-Ruano, de qui ens atrevim a afirmar que, en llengua castellana, ha estat l’autor que ha dedicat més escrits a Sitges i a la vegada els més bells”. Por citar, clá i catalá, lo que escribió Sella sobre González-Ruano en Sitges o la celebració, esa soberbia edición de 1991 escudada por el Patronat Municipal de Turisme del Ayuntamiento de Sitges.

No comparto, abundo, que pretextos blanqueados de higiene moral legitimen la purga de un patrimonio que recogía el piropo más hechizante y expansivo dado jamás a Sitges; aun considerando el comportamiento de Ruano, en el París ocupado por los nazis, algo tan poco edificante como, por ejemplo: amasar fortunas mediante esclavos. No comparto ni comprendo tan puritana iconoclasia; a no ser que los censores del cronista se vieran pellizcados por su prosa divina, cada vez que leían al pasar por la Ribera: Sitges es una villa pequeña y clara que limita al Este con las Indias de los Virreyes…

Ni puedo, finalmente, compartir la semiología rectal de los tres plafones que me emboscaron en la almendra del casco antiguo, con el estricto odio de sus estrechos datos:

“Torre Verdesca. Restes de la torre Verdesca de la muralla Vella de Sitges, enderrocada per l’atac d’11 galeres i 27 vaixells castellans als combats de l’11 al 15 d’octubre de 1649”.

“Ajuntament. Antic Castell de Sitges, parcialment destruit per l’assalt de les tropes castellanes el 13 d’octubre de 1649 durant la guerra dels Segadors”.

“Església. El 19 de juliol del 1672 fou inaugurada aquesta església, bastida en substitució de la románica malmesa per les mines i les bombes castellanes el 15 d’octubre del 1649 a la guerra dels Segadors”.

Jardines de España

¿Qué es este amarillismo? ¿Por qué un pueblo garboso y exquisito, que se ufana gay friendly, se muestra tan airadamente spanish hostile? Què és això? No. Sitges no es amarillo. Sitges no es la balumba del Manifest Groc, que en su pórtico advierte: Hemos eliminado toda cortesía de nuestra actitud. La transigencia o la corrección conducen a la más perniciosa de las influencias. Sólo la violenta hostilidad sitúa netamente los valores y las posiciones, y crea un estado de espíritu higiénico...

(continuará)