Opinión

El silencio de la familia

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 01 de octubre de 2016

La palabra familia deriva del vocablo latino “famulus”, el que sirve. De hecho, en Roma, la familia de una casa eran sus sirvientes, el conjunto de esclavos y libertos que cubrían las necesidades domésticas. El grupo vinculado por lazos de sangre, la estirpe, se denominaba “gens”, palabra que hoy ha degenerado y tiene un semantema a veces peyorativo, a veces atronador.

Al contrario, la palabra “familia” se ha revaluado y ha pasado a designar el linaje, la progenie que comparte apellido, estatus y rango social. Sin embargo, sigue siendo una sindicación de servicios, que se prestan mutuamente los integrantes del grupo, según la edad y las circunstancias.

El primer servicio que presta la familia es alumbrar una vida nueva. La voluntad de trascender la pareja para traer a la luz a otro ser humano, refleja un estado de solidez avanzado, donde ha cuajado la madurez existencial de los integrantes de la pareja, que tienen generosidad, espíritu de sacrificio y capacidad de entrega personal suficientes para afrontar las demandas que va a plantear el nuevo ser. Al menos, es necesario que así sea, por el bien común de quienes están y de quien viene de viaje a la vida.

En el plano biológico, cada progenitor interviene mitad por mitad. Conviene mantener presente esta perspectiva, si queremos que la familia sea constructiva, dentro de parámetros aproximadamente saludables.

Aunque Freud dejara dicho que la familia es una institución neurótica, esto no es una fatalidad, sino un reto para variar el curso de la intrahistoria. Si los alemanes han logrado enderezar el Rin para hacerlo navegable, ¿cómo no va a ser metabolizable el neuroticismo de la familia?

La paternidad y la maternidad, tras el nacimiento de la criatura, se ejercen a lo largo de dos procesos simultáneos: la psicogénesis y la socialización. La psique hay que labrarla en la interacción, conforme el niño aprende e integra que puede sentir, expresarse y ejercer sus poderes; que es intuitivo, imaginativo y creador; que interactúa y es capaz de mejorar sus destrezas y habilidades. Incluso puede adquirir la dimensión de que es un ser capaz de pensar.

Mientras avanza el proceso psíquico, ha de ir fluyendo el de integración social. No es sólo el esfuerzo de adaptación al sistema social externo, sino de su incorporación a la estructura de la persona. El hombre es un ser biológico, psíquico, social y espiritual. Por tanto, el niño se adapta y adopta límites, respeto a los demás, pautas de convivencia, valores éticos, estéticos, aspiraciones, afán de superación. En definitiva, todo el equipamiento que lo hará un ser humano corriente. A ser posible, el mejor de quienes no llaman la atención.

El trasiego que exigen ambos procesos, el psicogenético y el social, deriva de un inmenso caudal de transacciones, unas rituales, que aparentan no tener relevancia, y otras sublimes, que denotan un alto grado de exquisito desarrollo personal, que los padres donan a sus hijos. Todas son igualmente importantes, porque en el campo de la interacción todo es simbólico.

Sin embargo, hoy la familia guarda un silencio estrepitoso, en el almacén de abarrotes que se ha convertido el hogar. Ya no nos acompañan dioses lares, ni penates, sólo cachivaches, trastos inútiles, cientos de juguetes efímeros, armarios a reventar de traperío a medio uso, restos de aparatos electrónicos, cables, mandos a distancia y un oceánico vacío de sentido.

Antiguamente, había familias patriarcales, o matriarcales, según que el ejercicio del poder girara sobre un eje u otro. Incluso había familiar elípticas, cuando había dos ejes: el de los padres y un segundo, generalmente encarnado por una abuela viuda, o tía soltera. Hoy, la familia está rota por el eje, varada entre las cosas.

Ambos padres están en el ir: van a trabajar, para ir a comprar, para volver a trabajar y seguir comprando, que es la clave de nuestro sistema económico y el pilar fundamental de sostenimiento del Estado. Entretanto, los hijos van a la guardería, o al preescolar, o al colegio, seguido de extraescolares variadas. La familia se reúne poco antes de la cena, entre bolsas de compra y junto a la play, un teléfono portátil per capita o dos, varios ordenadores,varios televisores encendidos y tablets. Aun cuando se sienten a cenar, que no siempre ocurre, siguen inmersos en el caos; todo el aparataje sigue funcionando, porque las necesidades más perentorias han decaído frente a la dependencia del fluido virtual y nos hemos convertido en títeres del consumo.

Antes, creíamos que una familia sana era un grupo primario abierto, dispuesto a integrar alternativas distintas, comprender la diversidad que ofrece la sociedad en cuanto a creencias y formas de vida y compartir fragmentos de su intimidad con la familia extensa, el vecindario y los grupos secundarios a los que se van afiliando los hijos. Hoy, la apertura es tan extensa y dilatada que la cohesión interna se ha diluido. Los padres no son catalizadores del respeto mínimo para que su modelo pueda ser efectivo. Tampoco tienen tiempo, ni espacio, para mostrar siquiera su modelo de trabajo, vincular y existencial, que el niño y el adolescente necesitan para crear sus referentes.

En el área de los remedios, es mejor prevenir que curar. El niño acepta sin crítica el mundo que se le ofrece, incluidos los límites. Por tanto, preservar su autonomía es responsabilidad de los progenitores, cuya paternidad abarca guiar, dialogar (mejor de forma mayéutica) y reflexionar en voz alta, que antes de llegar a sermón, debe quedarse en formular pequeñas apotegmas.

Si los padres quieren que su hijo sea libre, un explorador del mundo, dispuesto a organizar su singularidad y tener un proyecto diferenciado, no sólo es mejor que no lo invadan con los trastos del consumismo, han de descubrir ellos la peculiaridad de su hijo, llevar a su conciencia las aptitudes que observen y ayudarle en su desarrollo.

Naturalmente, la afectividad es una vía de acceso al otro y de creación de vínculos. En lenguaje posmoderno, se habla de inteligencia emocional. Bien. El cerebro medio está ahí. Y como dejó dicho Darwin, si las emociones no sirvieran para nada, la evolución ya habría prescindido de él.

La niñez es intuitiva y lúdica, la adolescencia un torbellino a soportar y la juventud pasional. Cuando llegamos a la madurez cronológica, sobreviene la seca cuadratura del pragmatismo, para volver a ser sentimentales en la abuelidad. En todo momento, es necesaria la empatía, la acogida incondicional y el entusiasmo por ver crecer, libres, a quienes amamos.