Opinión

La trampa del plebiscito en Colombia

TRIBUNA

Sebastián Pineda | Martes 04 de octubre de 2016

Durante cuatro años los cabecillas de las FARC conversaron con delegados del Gobierno colombiano para redactar, en 297 páginas, el Acuerdo para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. Lo firmaron como si se tratara de una boda el pasado 26 de septiembre en Cartagena de Indias, entre anillos de seguridad y aplausos de visitantes poderosos. Lo sometieron a plebiscito el pasado domingo 2 de octubre. Sólo que se confiaron demasiado en el triunfo del sí a la pregunta por la aprobación del Acuerdo. Las razones de semejante fracaso nos llevan a algunas dilucidaciones de filosofía y de historia política.

El liberalismo es un barco a la deriva que se estrella contra los acantilados socialistas si no se dirige al puerto católico. Semejante imagen contra el progresismo revolucionario la dibujó Donoso Cortés en el siglo XIX y la redibujó Carl Schmitt en el XX. Cobra de nuevo sentido para representar al gobierno colombiano de Juan Manuel Santos (¿liberal o neoliberal?) que, empujado por demócratas estadounidenses y por el FMI y hasta por el Papa Francisco, se ha quedado cuando menos varado en la bahía de Cartagena. Al tratar de atracar en el puerto católico, que aún habla en español y aún reza a Jesucristo (por usar un verso de Rubén Darío), los Acuerdos de La Habana sufrieron un aparatoso fracaso.

Los dictadores cubanos, que ya llevan más de cincuenta años con el poder absoluto, han resultado ser los anfitriones y padrinos de un pacto aún inconcluso con una guerrilla igual de anciana y criminal. ¿Acuerdos para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera? Conflicto y convivencia tiene la misma raíz etimológica. Sin conflicto no hay democracia. Para el cese de la violencia, además, no es el pacifismo sino la justicia lo que debería argumentarse. Todo ello debería llevar a preguntarnos si fueron enemigos de la paz los colombianos que votaron por el NO. O si, más bien, fueron bastante perspicaces al advertir algo oculto detrás de la palabra “paz”. ¿Acaso la palabra socialismo?

Muchos votantes interpretaron, aupados sin duda por la militancia incisiva de la oposición, pero también por la Real Politik cubana y venezolana, de esta manera la pregunta del plebiscito: “¿Aprueba usted el Acuerdo Final para la para la terminación del conflicto y la construcción de un socialismo estable y duradero?" Debieron también sospechar qué entendería por “paz” el presidente de Venezuela para desearla tanto para Colombia. Desde Caracas, mientras minimiza la oposición entre multitud de asaltos y crímenes, Maduro bien puede decir que su país goza de paz. La Habana es así la capital más pacífica de Hispanoamérica, puesto que la oposición contra los Castro, regada por el mundo, vive en el exilio.

Para suavizar la derrota del SÍ se ha dicho que ganó el abstencionismo del 62 % cuando, aquellos que no fueron a votar, manifestaron con ello su rechazo ante semejante plebiscito. Tal abstencionismo incluso hace más significativa la derrota del SÍ. Del presupuesto de los contribuyentes se financió, en lugar de hospitales o alcantarillados, una delirante publicidad que sin embargo no doblegó a aquellos que votaron por el NO.

Ahora bien: las técnicas demagógicas de nuestro tiempo han pervertido demasiado el concepto de paz. Inyectan en el ciudadano una conciencia “sucia” que lo hace sentirse culpable para que acepte como ovejas a quienes realmente son lobos. Lo hacen proclamar una sociedad angelical susceptible de ser armonizada sin conflicto. Por el hecho de que hace mucho no se haya vuelto a presenciar una guerra clásica en que dos ejércitos se enfrentan en el campo de batalla, no por ello ha desaparecido la guerra como tal. La acción guerrillera ya no busca dominar el espacio sino la mente. El terrorismo revolucionario, que hizo añicos todo el antiguo Derecho de Guerra (el Ius Publicum Europaeum), tiene un modus operandi inseparable del de la comunicación.

Las FARC, una empresa criminal cansada ya de la lucha marxista-leninista, ha abrazado el mito kantiano de la paz perpetua. En Hacia la paz perpetua (1795), escrito como correlato o nuevo guión de la Revolución francesa, Kant declaró que los ejércitos permanentes debían desaparecer, puesto que de los tres poderes –el militar, el de las alianzas y el del dinero– sólo este últimopodrá ser ciertamente el medio bélico más seguro. Pero el mito kantiano de la paz perpetua, como lo señaló el filósofo español Gustavo Bueno, se desmorona en la historia real.

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