Opinión

Argentina o el país de las últimas cosas

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 05 de octubre de 2016

Es un error sentimental situar a las utopías en cualquier tiempo pasado; esa forma de nostalgia que ya en su época provocó una irónica sonrisa en el austero Jorge Manrique: Cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado, / fue mejor Es preferible, como quería Tomás Moro, su ilusionado artífice, divisarlas en el futuro, que de manera más lícita pueden ser el resultado de nuestra voluntad o de nuestra fe (“Cero pobreza, cero pobreza…” clamó en su campaña política, muy suelto de lengua, el presidente Mauricio Macri ¿?). Pero si insistimos con las utopías, tampoco hay que olvidar lo escrito por el escéptico Quevedo sobre el tan espinoso asunto: Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar. Sea como fuere aquí, en la Argentina, tras doce años de populismo kirchnerista, que hartó de puro relato fantástico a buena parte de la sociedad, y a casi diez meses de bizarras intenciones liberales, la difusión de los datos de pobreza que ha dado a conocer el gobierno, después de tres arbitrarios años de apagón estadístico, son estremecedores y desnudan la realidad de un país en franco descenso, arrasado por la corrupción, la mentira de sus dirigentes y una abrumadora realidad cotidiana con sagas de corrupción en todos los estratos sociales, que el periodismo, como en un palimpsesto, con cada nuevo hecho delictivo, tapa lo sucedido el día anterior con horrores más asombrosos.

Las difundidas cifras de pobreza de la pasada semana no sólo reactualizan la vigencia del principal flagelo estructural de la Argentina, sino que también exhibe crudamente los límites de una política de asistencia, basada en distintos tipos de planes sociales, como herramienta paliativa para combatirla. La ecuación no es tan compleja, sino más bien simple y ya fue planteada por Malthus en los lejanos días de la Revolución Industrial, según la cual el ritmo de crecimiento de la población responde a una progresión geométrica, mientras que el ritmo de aumento de los recursos para su supervivencia lo hace en progresión aritmética. Por esta razón el nacimiento de nuevos seres aumenta la pauperización gradual de la especie humana e incluso podría provocar su extinción. Conclusión, a mayor asistencialismo mayor crecimiento de pobres y mayores aumentos de precios de productos básicos. La antigua teoría de Malthus es un tema recurrente en las ciencias sociales y calza justo en nuestra actual situación. ¿No será que en esta desgastada Argentina nos estamos aproximando a la denominada catástrofe malthusiana?

Pero vayamos en concreto a los números que ahora nos abruman. Con una inflación que no cede y que muestra índices favorable por la baja del consumo, con caída permanente del producto bruto y de la calidad de vida, se han dado a conocer estas lacerantes cifras de pobreza que superan el “32 por ciento” y que, sumados a los de indigencia, casi se aproximan al “40 por ciento”. Sabemos así, por otros datos estadísticos, que la pobreza se ha consolidado incluyendo a “13 millones de argentinos”. De esa cifra, “11 millones y medio” los dejó el gobierno kirchnerista y “1 millón y medio” los agregó la actual administración macrista. Desde todo punto de vista esto resulta inconcebible en un territorio rico, productor de alimentos y con un bajo nivel de habitantes. ¿Cómo es posible que la Argentina, que fue llamada “granero del mundo” en la primera mitad del siglo XX haya caído en esta situación tan calamitosa? ¿A quién corresponde la responsabilidad de este patetismo donde los más vulnerables -los niños- se llevan, sin duda, la peor parte?

Si volvemos a las utopías del pasado, alentadas aún por algunos nostálgicos de la ex presidenta Kirchner, que afirmó alegremente, hacia el final de su mandato, que la Argentina tenía menos pobres que Alemania, pues estos no pasaban del “5 por ciento”, todo puede ser posible.

Ahora bien, cómo estabilizar la economía para atacar este flagelo. La experiencia de la región deja en claro que el crecimiento es condición necesaria, pero no suficiente para erradicar el hambre, desafío que también requiere combatir el alza permanente de precios. No basta con el libre mercado de oferta y demanda; se necesitan desarrollar políticas en otras áreas que permitan consolidar factores estructurales que incidan sobre este problema. Sin desconocer algunos avances conseguidos en los últimos años, creemos que se requiere más y mejor acción gubernamental en diversos aspectos claves, tales como la inflación, la salud y la educación. Ello no sólo permitirá el acceso a puestos de trabajo de calidad y reducirá la vulnerabilidad social, sino que, a la postre, sentará una de las bases para pasar del crecimiento al desarrollo.

En este aspecto, vista desde el exterior, la Argentina es una suerte de globo de ensayo por las reformas económicas que ha encarado, en un laboratorio donde se plantea cómo se sale del sistema populista sin derramamientos de sangre ni situaciones traumáticas, y qué oportunidad tiene en el contexto internacional el relanzamiento del liberalismo político con elementos desarrollistas. Seamos sinceros; hasta ahora el resultado no es positivo. No bastó con saldar la deuda con los llamados “fondos buitres” para que llovieran inversiones como se creyó en un primer momento. Sin una justicia que actúe con la debida seriedad que corresponde, el país no ofrece garantías para tentar a esos capitales. Todos sabemos, además, que el crecimiento genuino se da fomentando el crédito y a través de las pequeñas empresas, que ofrecen posibilidades de trabajo. Pero estas están cada vez más fundidas a raíz de las cargas impositivas que siguen siendo tan altas como las del gobierno anterior. Y así, las tentadoras tasas bancarias ofrecen más posibilidades a la inversión especulativa que a la producción.

Es bueno recordar, por otro lado, que en muchas naciones es celebrado el bipartidismo que los llevó al progreso y que nosotros nunca logramos poner en práctica con plenitud; nuestra democracia se aproxima más a ese “caos provisto de urnas electorales”, que condenaba Thomas Carlyle. Nuestra madre de todas las batallas se sigue librando entre populismos de diverso pelaje y liberales o neo liberales con tibio espíritu republicano.

Sin embargo, lo que más espanta es cómo la Argentina ha pasado de ser un país surrealista, con grados soportables de disparates, a ser un país gótico, alejado de toda lógica, o definitivamente disparatado, donde un ex funcionario, asistido por monjitas de la caridad, arroja bolsos con millones de dólares a un monasterio, un testaferro abre bóvedas ocultas que de la noche a la mañana se transforman en vinotecas, criptas y hasta en bibliotecas con primeras ediciones que fascinarían a los más exquisitos bibliófilos. Pero, como si todo esto fuera poco, en la residencia de un barrio exclusivo, el culto al dinero parece instalarse en esculturas de dragones que con cajas fuertes en sus entrañas sorprenden más que si echaran fuego por sus ojos. De esta manera la ya pasada saga kirchnerista se ha convertido en una novela gótica donde el terror, los enigmas psicológicos y la plaga de la devastación, que arrasa con las pasiones humanas, no encuentra límite. Lo único que nos falta es toparnos a Batman a la vuelta de cualquier esquina haciendo justicia por mano propia.

Pero con el hambre no se juega porque no es sólo un estómago vacío. El hambre es desnutrición, disminución de la energía, causante de severas enfermedades. Cuando hay hambre no puede haber una niñez venturosa. El hambre no da lugar a posibles transas. Las malas políticas públicas y sus descarados mentores, de cuyos nombres preferimos no acordarnos, cargan sobre sus espaldas con este horror. Es difícil encontrar reglas de convivencia cuando la desigualdad provoca tanto daño. ¿Hasta dónde seguiremos descendiendo? Sabemos que no existen límites para la caída y que podemos seguir cayendo infinitamente. El último Perón, cuando regresó en 1973, proclamó que “A la Argentina o la arreglamos entre todos o no la arregla nadie”. Ya entonces estábamos mal y seguimos peor. ¿Nos queda aún el derecho a la esperanza o debemos resignarnos?

El actual gobierno, de extracción barrial, usando aquel apotegma, debió haber llamado a la “Unidad Nacional”. Los desastres que dejó el kirchnerismo no los arregla un hombre bien intencionado y, menos aún, con meras expresiones de deseo. Las utopías, como pensaba Quevedo, significan que “no hay tal lugar”. ¿O la Argentina estará condenada a ser el país de las últimas cosas como en la novela de Paul Auster?

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