TRIBUNA
Francisco Massó | Sábado 08 de octubre de 2016
Iban para gobernantes, venían de una negociación clandestina, opaca y desleal; pero, llegaron a la catarsis del tomatazo. ¡Qué nivel! Los de Buñol le dan sentido lúdico y festivo, sin pretensiones de hombres y mujeres de Estado.
No quiero entrar en disquisiciones ideológicas, ni siquiera en el debate político, me limitaré a examinar el empaque humano de los dirigentes de los partidos políticos, que avocan para sí gestionar la cosa pública, porque se consideran con redaños para gobernar la Nación, pero son capaces de encallar en una zaragata de bar de pueblo. Ese espectáculo no lo merecemos.
La política es una actividad que comporta actitud reflexiva, ponderación y prudencia, puesto que es un saber hacer que exige sensatez y se aleja de corazonadas, golpes de intuición y ocurrencias improvisadas. En este ámbito, las emociones juegan el papel secundario de servir de orientadoras, avisos sobre las consecuencias previsibles tras cada decisión.
Nunca la emoción puede ser protagonista absoluta de la acción. La emoción, e-movere, es casi siempre entrópica y caótica, revolucionaria, convulsiona energías para afrontar emergencias y resolver problemas, cuando no ha habido previsiones adecuadas. Sólo cuando la emoción está embridada por la razón se transforma en motivación integradora.
Hay decisiones sobre procesos que afectan a millones de personas, alteran los planes de vida de los ciudadanos y por tanto condicionan su libertad, modifican la estructura de la sociedad, incluida la institución de la Justicia y orientan el desarrollo cultural, educativo, económico y aun moral de toda la sociedad. Quienes adoptan tales decisiones deben ser personas cuajadas, bien pertrechadas en el plano intelectual, emocionalmente estables, capaces de analizar con la distancia necesaria y la empatía obligada, por hábito de pensar en los demás.
El espectáculo que montó el PSOE el pasado primero de octubre, similar al que puede ofrecer cualquier otro partido, de un momento a otro, nos habla de gente taimada, marrullera, llena de ambición y carente de escrúpulos, que anda a la greña por prevalecer, sin importar el coste.
Cuando el deseo se convierte en ley y lo aliñamos con narcisismo, el cuadro está definido por la Psicopatología. En las cárceles y en ciertos programas de tele-basura, abundan personas que sufren esta desgracia y hacen de la violencia, verbal o física, palanca de supervivencia.
¡Qué lejana queda la Carta VII de Platón, cuando plantea que la cuestión fundamental de la política es la concordia social! Claro que, en “La República”, pide que ésta sea regida por un rey filósofo…, nada que ver con los señores Rufián y asimilados que detentan la representación del soberano pueblo español, al que, quizás despectivamente, o tal vez para no desentonar, ya lo llaman la gente.
Y no, no somos gente. Somos personas, unas con más formación y otras con menos, iguales a ellos en dignidad, acreedores a su respeto, necesitados de referentes, esto es, líderes respetables a los que elegir, a fin de poder mirarnos en ellos como espejos modélicos a los que imitar y seguir. El conjunto, plural y diverso, de las personas constituye la sociedad que, en el campo político, se llama Nación, con su historia, su cultura, su idioma, sus tradiciones, sus creencias…
Hace poco, uno acusaba a otro de “indigno”… Una vez más, resulta verdadero el aforismo de los antiguos romanos -similes similibus curantur- que no hace falta traducir, de tan explícito y contundente que suena. En el lenguaje zumbón del pueblo llano, se dice: Dios los cría y ellos se juntan, que tanto da. En efecto, el acusado viene gastando lenidad para las trapacerías de los suyos; pero, el acusador ha negociado en la clandestinidad, mentido a propios y extraños, traicionado a los suyos y está dispuesto, como Sansón, a tirar las columnas del edificio, si bien él procurará no dejarse pelos en la gatera. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
En cada partido hay muchas personas decentes, cargadas de buena intención, luchadoras honestas por mejorar la sociedad, que logran posiciones de poder y hacen una labor encomiable, que demanda gratitud. Junto a ellas, cohabita una colla de buscavidas, oportunistas sin remilgos de conciencia, que han llegado para resolver sus vidas, no reparan en límites y copan muchos resortes de poder instrumental, porque son más avezados, o utilizan aranas, embustes y todo tipo de trucos.
La democracia interna de los partidos se rige por la ley del más listo, aunque sea miserable, mediocre y simple. Las ideas son temidas, los proyectos no cuentan y quienes ofrecen un pensamiento autónomo resultan sospechosos. En cambio, el amiguismo y el compadreo se utilizan para buscar apoyos entre conmilitones; mientras la insidia, la calumnia y la descalificación sirven para desbancar al contrincante del propio partido. Así, la democracia interna es un fantasma atorado en medio de la jauría, cuya presencia sólo sirve para justificar la acción pública. Este espectáculo tampoco lo merecemos.
Las rehalas de pancistas, cuando toman el poder, siguen con sus prácticas de nepotismo y camarilla, aprendidas dentro del partido. En la gestión, no dudan de soslayar las leyes, troceando los proyectos para adjudicarlos sin concurso público. A continuación, vienen las comisiones. Luego, llegan los sobrecostes; más encarecimiento de la obra pública, más coimas y más dinero negro a blanquear, o hacerlo emigrar hacia algún paraíso. Entretanto, emerge el despilfarro, gastos multimillonarios en obras innecesarias, pero que les dejan rentas putrefactas, a costa del erario público, que alimenta el pueblo soberano con sus impuestos.
Por otra parte, la democracia externa también sirve para promulgar leyes que defienden intereses oblicuos de oligarquías y grupos de presión, al margen de los intereses del bien común. Esto lo demuestran las puertas giratorias, por donde transitan muchos traficantes de influencia y cobradores con chaqué, sean de izquierdas, sean de derechas.
Sólo dos miembros de la Mesa del Congreso de la pasada Legislatura fallida han sentido vergüenza y renunciado a los privilegios de casta que, legalmente, les corresponde, como si hubiesen trabajado cuatro años. ¿Quién decía que la indignidad sólo afectaba a un político?
Ninguno de todos estos espectáculos es merecido por la sociedad. Cuando la clase política, la casta, se queja del desprestigio que les caracteriza, ha de reconocer que no le faltan méritos, que tiene bien ganado el desprecio del estupefacto pueblo soberano. ¡Cuánto sarcasmo, en esto de la soberanía!
¡Esperanza!, ¿dónde estás?, ¿por dónde andas?, porque estar, estás. La toma de conciencia anticipa tu venida. Y en ese esfuerzo, andamos.
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