Jueves 19 de junio de 2008
Israel ha sido capaz de mantener unas relaciones aceptables con su vecino Egipto –y Egipto con Israel, el esfuerzo ha sido conjunto-. No son precisamente amigos, pero han llegado a la conclusión, tras una larga serie de conflictos, que la confrontación es mucho menos productiva que el entendimiento. Precisamente, el verbo “entender” en su forma reflexiva –nunca mejor dicho- es el que han conjugado Jordania e Israel, para poder llegar a unas mínimas condiciones de convivencia pacífica. Entenderse. Qué difícil en ocasiones. Cedieron Israel, Jordania y Egipto. Pero ¿y Palestina?
Hoy, teóricamente, entraba en vigor la enésima tregua suscrita por el gobierno de Israel y Hamás. Pero los últimos acontecimientos, con lanzamiento indiscriminado de cohetes a suelo israelí por parte de unos, y la respuesta en forma de acción armada contra milicianos palestinos a cargo del “Tsahal”, no auspician nada bueno. Israel podría mostrarse algo más flexible en lo que concierne al bloqueo de Gaza. Igualmente, podría también aplicar algo de mesura a sus operaciones de defensa. Pero poco más se le puede pedir. Lo intentó con Jordania y Egipto, y salió bien. ¿Por qué? Quizá porque ni egipcios ni jordanos lanzan cohetes contra poblaciones civiles israelíes, ni entran armados en escuelas talmúdicas disparando indiscriminadamente, ni se atan cinturones de explosivos para hacerlos estallar en autobuses de pasajeros. En el momento que los palestinos se libren del estigma –y la realidad- terrorista, sus reivindicaciones, justas o no –que algunas lo son indudablemente, adquirirán carta de legitimidad. Hasta entonces, la única visión posible será la de un estado soberano que se defiende de quien les ataca. Y eso tiene que acabar. Por el bien de todos.
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