Opinión

Donostian (en San Sebastián)

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 11 de octubre de 2016

Me sorprende mi facilidad para rencontrarme con la ciudad de siempre nada más llegar a San Sebastián, como si no hubiesen pasado los años y como si todavía pudiese encontrarme en este paseo mañanero, justo antes de comenzar mi intervención en el Palacio de Miramar en los cursos de verano, con los viandantes cotidianos: los funcionarios que acuden a sus puestos, los comerciantes que abren las tiendas, esa gente menuda que al lado de la bahía despeja su cabeza o acelera el ritmo de la marcha.

La facilidad para el reencuentro se incrementa porque ahora no resido en mi casa ni habito en mi barrio: de modo que en esta visita no me reincorporo a un sitio concreto de la ciudad y así puedo engancharme mejor a su idea ensoñada.

Hoy he dejado tempranamente la habitación del hotel, que no es el Londres, en el que dice Iñaki Gabilondo, según le oigo en la Televisión, que procura hospedarse cuando viene a la ciudad. Tampoco resido en las instalaciones del colegio Olarain que visito con frecuencia y a cuya entrada se encuentra una escultura que recuerda a Txantxillo. Txantxillo era un personaje de mi infancia: se trata de un tipo menudo de edad indefinida aunque de aspecto aniñado, al que solías ver por la Parte Vieja o el barrio de Gros, mayormente a la entrada de los cines, fuese el Trueba o del Pequeño Casino: no admitía que depositases en su platillo más de una peseta, a lo que correspondía tocando en su xilofón, dependiendo del público que lo atendiese, o la Internacional o el himno de San Ignacio. Iba siempre con un carricoche lleno de bolsas y vestía indefectiblemente la misma indumentaria fuese cual fuese la época del año: un abrigo atado por un cordel a la cintura. Txantxillo procedía de un pueblo de la montaña palentina y el apelativo era la transcripción de la palabra chiquillo que utilizaba su abuela insistentemente para reclamar su presencia. Gabriel Celaya le dedicó unos versos en los que evocaba su dignidad de pobre; sin embargo, aunque su libertad de pensamiento no ofrecía dudas, y tenía su mérito en el franquismo, no era pacífico el juicio sobre el estado de sus cuentas cuando falleció en el 2003.

Salgo del hotel y al momento desembocas en Ondarreta. Ondarreta es una playa que no solía frecuentar: quedaba un poco a trasmano, aunque tenía el atractivo, además de encontrarse a las faldas de Igueldo, de su proximidad a la isla de Santa Clara, que ésta sí excitaba nuestra imaginación, alimentada por los relatos de los novelistas juveniles de aventuras: Verne , Salgari y, especialmente, Baroja. La bahía para mí consiste sobre todo en la playa de la Concha: si paseas a horas convencionales puede que te encuentres con Fernando Savater, ya imposible con Sebas Ubiría; en otro caso te asomas a la barandilla: recuerdas los partidos de invierno en la arena, aterido de frío, condenado a la casi inmovilidad pues jugabas de portero, con la penitencia, además, si habías perdido, de acarrear las porterías a los vestuarios. Otra imagen imperecedera de la Concha eran las regatas de traineras por estas fechas de Septiembre en las mañanas del domingo: competición a pleno cielo y ante miles de aficionados venidos de toda la provincia que inundaban literalmente la ciudad: destreza y fuerza : sabiduría en las ciabogas medidas y empuje, dirigido, por el patrón de las embarcaciones. Si ganaba San Juan sacarían la bandera en el ayuntamiento; pero si lo hacía San Pedro la expondrían en el edificio de la tenencia de la alcaldía, justo en frente de la iglesia parroquial, arriba del Juzgado en que trabajaba tu padre, donde estaba la planta que presidía el magnífico óleo de Blas de Lezo. En el juzgado, por cierto, solían comparecer algunos tipos memorables: el médico forense del pueblo: un señor, impecable en su terno e imperturbable de Valladolid, y sumamente agudo que no paraba de fumar en ningún momento; un oficial, zamorano pero que decía tener casa en Madrid, adonde no iba nunca; y el sepulturero, personaje de una envergadura inolvidable que presumía, en un castellano tan malo como el que Cervantes atribuía maliciosamente a los vizcaínos que saca en su libro, de hazañas gastronómicas imbatibles junto a un compañero cuya naturaleza humana o animal no aclaraba.

Entraré en las inmediaciones de palacio por un lateral.Tras subir por unos peldaños, rodeado por una floresta magnífica, llegas a la ladera alta de Miramar, con unas vistas de la bahía inmejorables. Todavía sopla una brisa fina que despeja la cabeza y estimula tu mente. No te cuesta mucho enlazar con tus anteriores visitas al edificio, que lleva la impronta británica de la Reina Regente doña María Cristina, idolatrada en la ciudad. Recuerdas el curso que organizaste con Joseba Arregi sobre pensamiento político de posguerra, donde se pasó revista a la generación de intelectuales vascos, que tanto admiras, y cuyo equilibrado vasquismo te parece tan actual. Te alcanza una ráfaga de melancolía, por los que ya no están: Antonio Morales se ocupó de Caro Baroja; y José Ramón Recalde de Carlos Santamaría. Emparentaré, de otro lado, al comienzo de mi intervención al director del curso, mi admirado amigo Juan Pablo Fusi, con la saga formidable de historiadores donostiarras en que se integra: Fausto Arocena, Miguel Artola…Pero quisiera rescatar del olvido un momento especialmente significativo: el brindis que por el Rey pronunciaron en el Palacio, con el que concluyó la cena que ofreció el ayuntamiento de San Sebastián a los participantes en el Congreso de la Asociación Española de Ciencia Política y Derecho Constitucional, que se celebró en Octubre de 1985 y que organizó Luis Aguiar, el entonces alcalde donostiarra Ramón Labayen y el profesor don Manuel Jiménez de Parga…