Por los medios impresos se tiene la impresión que la competencia electoral por la presidencia de los EE.UU. para el cuatrienio 2017-20 carece de interés, a pesar de que la próxima administración estadunidense tiene una agenda internacional revulsiva de carácter negativa. Más aún, el próximo habitante de la Casa Blanca tendrá sólo el espacio internacional para reconstruir su consenso nacional.
El segundo debate de candidatos a la presidencia dejó indicios de que nada bueno viene para el mundo. Como nunca antes, la libertad de información ha mostrado el lado oscuro de los dos candidatos, los trapos sucios de perfiles sin calidad moral ni sentido político. Las recientes filtraciones de WikiLeaks terminaron con la poca credibilidad que le quedaba a Hillary Clinton y los vídeos hundieron a Donald Trump.
Ante el mundo, los dos candidatos presidenciales, el sistema político y la crisis general estadunidense se mostraron con toda su descarnada realidad: nadie se salva y ganará el que superviva a la guerra sucia. Ninguno de los dos ha dado un diagnóstico real del colapso internacional, ninguno ha revelado una política de desarrollo, ninguno ha dicho cómo terminar con el conflicto en la zona árabe que sigue desangrando al mundo, ninguno ha mostrado una propuesta para la reconciliación nacional en una de las peores fases de violencia racial.
El mundo posterior al desmoronamiento de la Unión Soviética 1989-1991 no logró entender la dinámica de la reconstrucción internacional. Gorbachov encabezó una transición del Estado al mercado y fue atropellado por los jaloneos entre el viejo y el nuevo régimen. En 1992 George Bush Sr., que jugó un papel importante en la caída del Muro de Berlín instrumentada por Ronald Reagan, perdió su reelección y las presidencias de Bill Clinton, George Bush Jr. y Barack Obama se ajustaron a las contradicciones internas sin entender la dinámica de los reacomodos geopolíticos. El terrorismo que siguió al fin de la guerra fría careció de una reflexión estratégica.
La pequeñez de los enfoques estadunidenses ha llevado a niveles absurdos el reduccionismo político: Trump podría perder la presidencia por unos dichos de 2005 en un lugar cerrado por la histeria colectiva de defensores de la honestidad sexual --sí: en la tierra de
Playboy y otras revistas sexuales explícitas-- y Hillary podría ganar a pesar de las acusaciones, señalamientos, pruebas y caracterizaciones de la depredación sexual de su marido avalada por ella.
Trump quiere vender protección a aliados internacionales al estilo de los delincuentes del Chicago de los años veinte y Hillary privilegia su determinación de que no le temblará la mano para apretar el botón nuclear, los dos sin una política exterior definida, con enfoques propios de la guerra fría, con amenazas a los rusos y a los chinos, con decisión para seguir asesinando adversarios extranjeros sin preocuparse por las leyes internacionales.
El mundo, en realidad, esperaba otra cosa. De hecho, los EE.UU. estaban obligados por el fin de la URSS a un proceso de transición del mundo imperial de la guerra fría a un mundo más equilibrado ya sin la amenaza del expansionismo comunista. Los EE.UU. entraron en una zona de incomprensión de la realidad con tres presidentes volcados en sus intereses: Clinton y la frivolidad, Bush y el afán de venganza contra Irak y Obama como representante del establishment corporativo de Wall Street.
Los EE.UU. que se perfilan con Trump o Hillary causan preocupación en el mundo. Ninguno de los dos ha entendido qué ha ocurrido en el mundo, a pesar de que uno viene del mundo de los negocios y la otra fue cuatro años nada menos que secretaria de Estado, dos de las variables más sensibles de la crisis internacional. Los dos pusieron casi como tema dominante el asunto de los migrantes hispanos, pero con la certeza de que ninguno de los dos tenía una oferta de solución del problema. En lugar de ofrecer una salida de la crisis de Siria, los dos se centraron en recibir o rechazar a desplazados de ese país.
Obama se lució en Berlín en mayo del 2008 con un discurso que lo acercó a la comprensión de la crisis de los viejos modelos de la guerra fría y a un replanteamiento de las relaciones internacionales de dominación, pero sus dos periodos en la Casa Blanca fueron de más guerra…, con todo y el premio nobel de la paz: el absurdo orwelliano. El legado de Obama ha sido un mundo más incierto y desequilibrado con el fortalecimiento militar de otros países, en tanto que internamente la polarización racial raya en indicios de guerra civil.
El desafío estadunidense no radicaba en reconstruir una nueva visión imperial, sino en liderar la reorganización de los equilibrios de poder, la administración de la multipolaridad y sobre todo la reconstrucción de los sistemas financiero, productivo y comercial internacional toda vez que el viejo orden de Bretton Woods está destruido. Pero ante este escenario delicado, Trump y Hillary se enfrascaron en una guerra de lodo sexual.
Si los EE.UU. no han mostrado indicios de entender la fractura internacional que se viene, los líderes del mundo occidental debieran adelantarse y debatir los escenarios de corto plazo con o sin los EE.UU. o cuando menos para condicionar las intenciones imperialistas de los dos candidatos estadunidenses. Las fuerzas geopolíticas de China, Rusia, Corea del Norte e Irán se mueven en los linderos de la guerra fría y en nada contribuirán a reconstruir la estabilidad mundial. Y el bloque europeo y la comunidad iberoamericana no parecen ver más allá de sus propias limitaciones por crisis locales.
Las épocas de incertidumbres internacionales suelen caracterizarse por la ausencia de estadistas. Sobre todo, están precedidas de un conformismo pesimista que evita la reflexión y la crítica. Algo parecido padece el mundo en la víspera de la elección del próximo jefe del imperialismo estadunidense.
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