Opinión

El salvajismo antiespañol

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 13 de octubre de 2016

Los malabaristas de una “política sublime” no celebran la Hispanidad. Son muchos los que hoy no comparecen. Faltan evidentemente los secesionistas, pero tampoco están los populistas: ni la alcaldesa de Madrid, ni su jefe político. Nadie se extrañe, la Hispanidad es modelo de civilización y saben bien que su ausencia les define. Les ofrezco mis razones sobre la Hispanidad como modelo de civilización.

En efecto, hemos celebrado el día del Pilar, una fiesta cuya simple existencia es para muchos un escándalo, aparentemente por razones distintas. Para unos es su carácter cristiano, para otros la razón de su repugnancia es la misma referencia a España, o a la más escandalosa Hispanidad. Algunos desde su nacionalismo, que juzgan alternativo a la nación española, encuentran en esta fecha una exaltación del fascismo o de la violenta destrucción de las llamadas “culturas prehispánicas”. Se ensucian estatuas de Colón y se cuelgan banderas multicolores de signo indigenista. Otros deploran la presencia constante de intromisiones religiosas en la vida del Estado o denuncian el privilegio del catolicismo, reclamando mayor presencia de festividades islámicas en el calendario laboral.

Pues bien, el estupor que este escándalo me produce deriva de su presencia hegemónica en algunos sectores y lugares, así como de su constante extensión en el espacio de la opinión pública y de aquella parte de la opinión que se arropa, para más inri, con la bandera de una delicada civilización, con el signo universal del género humano, del respeto universal a las formas culturales y a la exaltación de la paz y del diálogo como medio exclusivo de resolución de conflictos. El pistolerismo político siempre se refugia en esas formas: en nombre de la humanidad mata a los hombres de carne y hueso. Ese irenismo cosmopolita es la máscara de la barbarie. Pretende servir – al parecer sin paradoja – para fundar naciones reales, no políticamente artificiales, naciones naturales fruto de una voluntad intacta y originaria de poblaciones que se reconocen extrañas al Estado que las reprime y coarta. Ese Estado español que celebraría con el 12 de octubre su exaltación no ya fascista, sino neta y brutalmente maligna. Parecería reproducirse en torno a la idea de España el contraste moderno entre la edad de la luz y la edad de las tinieblas.

Todo este magma ideológico, que concluye en ese maniqueísmo de la luz y la sombra, debe ser desecho; siquiera sea para cubrirse de “razón y derecho en la lucha”. Para convencer es necesario hacer ver la persistente voluntad por parte de la Monarquía Católica de sostener históricamente el orden cristiano que significó la comunidad universal de la vieja Europa. Esto resulta tanto más necesario, dado el actual riesgo de colapso o derrumbamiento, y sin que esto nos impida reconocer también sus límites reactivos y sus oscuridades. Es necesario hacer ver la inviabilidad de sociedades desvertebradas que sólo conciben su unidad bajo una identidad meramente comercial y abstractamente democrática. Es preciso hacer ver el escondido programa de una asombrosa modernidad en nuestra Hispanidad, distinta de la “modernidad” históricamente victoriosa, un programa oculto por la derrota de su valedor. Esa constitución histórica de España parece complicar su identidad como un Estado análogo a los de su entorno europeo, pero también permite ver y exige hacer ver los peligros de la substantivación del género humano en la forma de esta sociedad económicamente globalizada y recordar que en el nombre del género humano se han cometido crímenes de escala y naturaleza incomparables con las matanzas que invocaron el nombre de Dios. Es preciso delatar los riesgos de un edicto de tolerancia indeterminada capaz de anular todo atisbo de trascendencia y de conducir a una próspera inopia o, en términos de Octavio Paz, a una “prosperidad sin grandeza” o un “hedonismo sin pasión y sin riesgos”.

El irenismo absorto de esa ciudadanía escandalizada por la festividad del 12 de octubre no es en absoluto revolucionario, es – por el contrario – como el actual pacifismo europeo: “la otra cara del terrorismo: dos expresiones contrarias del mismo nihilismo” (Octavio Paz). No podemos cejar en ese esfuerzo de mostración, si no de demostración. Es preciso hacer ver porque el único modo de afrontar un problema es contemplarlo y esperar que las resistencias a esa contemplación, de las que no es la menor la exigencia de corrección política, concedan al menos la necesidad de un auténtico diálogo.