Opinión

¿Qué está pasando en España?

TRIBUNA

Emilio Arnao | Jueves 13 de octubre de 2016

Ahora muchos recordamos aquella España en que la quincalla se confundía con el oro, una España de independencias y patriotas, Goya y sus pinturas negras, una España en que pertenecer a ella era como torcer la bisemanal industria de la libertad. La historia de Celtiberia está llena de derrotas y victorias, de enanos ígneos y de gloriosas repúblicas. Mucho se ha vivido, al transcurrir de las circunferencias, en esta península con sus islas quilométricas de hazañas o de quevedos con meningitis. Pero ¿qué es lo que está pasando en este siglo XXI, cambalache y aspaventero? Yo lo diré con palabras que suenen a metáforas como traídas por los poetas salidos del orto:

España es una aguiyé que corta la garganta, un babas que atrapa concubinas, una modernidad donde la internacionalización pisa el brazalete de la culpa y el castigo. Nos hemos acostumbrado en este amado siglo XXI a ser excesivamente patriotas y maricones del boom de la eurización. Creímos que Europa era esa madre solidaria que nos iba a comprar todas las sábanas de Holanda, que nos iba a deshojar todas las rosas del azafrán, que nos iba a amontonar el españolismo y un sur a partir de una lectura de Eduardo Galeano. España es iberoamérica, no Bruselas. Tenemos más de Machu Pichu que de la cerveza negra de Múnich. Nos creímos salvados por el norte, pero éste se ha vuelto contra nosotros por culpa de nuestra avaricia, de nuestro Gürtel o de un partido como el Partido Popular encausado en una pieza separada por corrupción. Entonces, me pregunto, ¿hacia dónde vamos?, ¿por qué esta alcahuetería del soe?, y sigo, ¿cuándo Podemos realmente se va a hacer con las villas y con las gentes que están asqueadas de este bipartidismo colocado aquí durante la Santa Transición por la CIA?

España necesita un protectorado de políticos que hagan de su juventud un epítome de fama y de avance, de progreso y de Ortega y Gasset. España necesita un cambio en donde la gente se sienta realmente libre y que salga propagandísticamente de la pobreza y del terror de las tarjetas black. España tiene que ser un cronopio de avance y de sensualidad en la piel, un erotismo de mujeres valientes y una masculinidad obrera y avalada por la justicia social. España puede ser un gran país. Sin embargo, antes la política debe changear sus orfelinatos, porque hay demasiados hijos enfermos solos y demasiados ancianos que penden de la seguridad social. España tiene una única solución:

Que venga la generación de la humanística y que encarcele a esta tenebrosidad que hoy es la democracia escrita en un siglo XX en que nadie se acordó de la modernidad pos, de los jóvenes que siguen leyendo a Blanqui, de un tiempo en que vivir puede resultar algo parecido a sacar de la crisis al gas de la eurización y poner en su lugar una nueva tierra en que se vuelva a inventar el Estado del Bienestar y una izquierda que se parezca a la escultura “El Beso” de Rodin. Reconciliación.

Ésa es la palabra exacta y triangular que yo preveo que dominará este país en cuanto se acabe la ancianidad política y esta democracia como traída por la herrumbre de la socialización y el reparto de los presupuestos generales vistos desde las Torres de Kio, los cuales midan más pies que los pabellones de los atletas. España, hoy mismo, es un macrogameto que está a punto de salir de esta populosa y republicana vagina donde desde las orillas silben, con good lock y el recuerdo de Manuel Azaña, una ley que sea la ley que sube en ascensor hacia todos los mundos.