La sorpresa del lector frente a tal intitulación habrá sido tan mayúscula como la del articulista al tener noticia del tema sobre el que emborronará los siguientes renglones.
El anciano cronista ha de confesarlo paladinamente coram populus. Al escribir en su más roborante madurez un libro acerca de tan trascendente asunto de nuestra contemporaneidad más reciente no se le pasó por las mientes abordar, siquiera al desgaire, su poderoso influjo en la guardia de tráfico y, en conjunto, sobre la Policía Municipal del Ayuntamiento de la Villa y Corte. En lectura sin duda apresurada y desmañada por parte del articulista de varios sueltos aparecidos en diarios de la capital de la nación, se atribuía a su insomne Sra. Alcaldesa o a algunos de los cerebros grises de su extensa nómina de colaboradores directos la tajante tesis de que el espíritu inquisitorial y la incoercible tendencia de los agentes del aparato coactivo del venerable Ayuntamiento, creado nada menos que por Felipe II en el año de gracia de 1561, debíase al espíritu del nacionalcatolicismo en el que fueron educados en los colegios e institutos de la época ya del tardofranquismo avanzado, cuando los ábregos vientos del Concilio Vaticano II soplaban con creciente fuerza sobre la cerrada e intransigente cristiandad hispana…
Impactante aserto que choca como brulote o verdadero antuvión sobre la historiografía española del periodo reciente, llena toda ella, como saben los lectores, de tópicos, lugares comunes y afirmaciones de la más cruda banalidad cuando no del más penoso sectarismo. A partir de ahora, un tema esencial de sus análisis, sobre el que escribieron largo y tendido pensadores de la talla de D. Pedro Laín Entralgo, D. José Luis López Aranguren o D. Julián Marías, entre otros no menos relevantes, se aislará del rutinarismo y del reduccionismo en que hasta el presente permaneció en sus líneas vertebradoras, para someterlo a estudios más acribiosos a la luz de las buidas investigaciones realizadas en punto a su génesis y evolución por el staff intelectual de la primera edil madrileña, con aportes muy probablemente de su propia y fluyente pluma.
Bien mirado el asunto, este no podría menos de suscitar la zalagarda del cronista. Habent sua fatta libelli, sentenció el viejo e infalible Horacio – (por cierto y entre paréntesis, tendrá derecho a una calle en el enciclopédico “nomenclátor madrileño?-… À rébours de las aireadas opiniones de la intelligentzia edilicia de la antigua la villa del Oso y el Madroño, el susomentado libro del articulista podría conocer un éxito que se le negara por el juez más insobornable y perspicaz a su versión original, ya que al menos la crecida plantilla de su policía municipal tendría que saludar sus páginas para mejor desintoxicarse de sus afanes pesquisidores e inclinación inembridable a las multas y sanciones sobre los sufridos viandantes y los agobiados o estresados conductores. Pero ni aun así, y no obstante las fuertes pulsiones de su ego literario, quisiera aquel que se trivializara tan descollante cuestión de nuestra convivencia antigua y moderna sobre la que los más eximios profesionales de Clío distan todavía de lograr introducirla plenamente en su jurisdicción.